Los tres valores

Los tres valores

A Juan Carlos Atencio
en reconocimiento a su trabajo
educativo y cultural

Cierto día mientras estaba en mis acostumbradas tareas en el taller del orfebre, presencié con extrañeza la discusión entre dos niños acerca de los valores; la situación parecía salirse de control, de modo que decidí intervenir.

—¡Juanita, Pasto! ¿Y esos gestos? ¿Por qué discuten?

—¡Señor Toribio se trata de hacer un libreto relacionado con los valores: respeto, honestidad y solidaridad!

—¡Maravilloso! ¿Y entonces?

—Yo le estoy diciendo a Pastorino que es fácil, pero él insiste en que los valores no existen, que pasaron de moda, que se perdieron; ahora existen los desvalores.

—Entiendo, pe…

—Eso es verdad, Toribio, así lo dijo la maestra.

—¡Guao…! En realidad ese no creo que sea su pensamiento, pero es lo que se ha venido difundiendo precisamente para que la gente lo crea y se olvide de los valores y viva infeliz creyéndose lo único y más importante, sin interesarse por el otro, que es su prójimo, Pasto, incluso olvidándose de sí mismo, pero no para lo que dice el maestro Jesús sino…

—Ahora menos entiendo.

—No te preocupes, Pastorino, te ayudaré a entender eso, sobre todo, comprender que los valores son afines al ser humano, vienen con él desde que nace, luego se activan en la medida que van creciendo, relacionándose con el entorno; consigo mismo, con….

—¡Uy!, ¿eso quiere decir que yo tengo valores… así no me los hayan enseñado?

—Jajajaja…así es, amigo. Y tú acabas de demostrarlo.

—¿Cómo así, Señor Toribio? No entiendo.

—Juanita, quienes andamos perdidos somos nosotros (no los valores), Pas ha sido honesto al decir lo que piensa o al menos cree de los valores y eso es significativo; representa, entre otras, cosas respeto a sí mismo y a los demás.

—¡Hurra, hurra!

—Tú, mientras tanto has demostrado el valor de la solidaridad que significa comprender al otro en su forma de ser, pensar y actuar en los buenos y no tan buenos momentos.

—Señor Toribio, ¿y qué hace la escuela si ya son parte nuestra?

—Excelente pregunta, Juanita, lo que hace es orientarnos para su correcto uso. Hagamos el siguiente ejercicio, les contaré la historia: los tres valores ¿les parece?

—¡Me parece buena idea, Señor Toribio!

—Cierto día, la maestra solicitó como actividad (o tarea, si prefieren), un texto ensayo relacionado con el tema valores. Luego de aplicar una sabia estrategia que consistió en un sorteo, a cada grupo le correspondió valores distintos. Casualmente a Pedro, José y María, los mismos valores que a ustedes.

»El día llegó y pronto estaban buscando ideas en su entorno para llevar adelante el proyecto. El objetivo era muy simple: observar el comportamiento de las personas en distintos lugares o espacios donde usualmente se desenvuelve el ser humano para observar su comportamiento y cómo se relacionaba desde los valores, para ello habían recibido un cuaderno, un dron y un computador.

»Cada quien eligió su equipo y se dispuso a realizar la tarea, para lo cual debían partir de una definición del valor. Pedro quería el dron porque era lo más parecido a su carro control remoto; José, el computador, porque soñaba con ser programador. María no tuvo reparo en aceptar el cuaderno, cuando le preguntaron por qué, ella respondió:

—Es más fácil de transportar y soy su propia energía –esto generó una reflexión.

»Así comenzaron, Pedro meditó acerca del significado de Respeto: pensar y actuar positivamente sobre los demás y sobre nosotros mismos (auto respeto); María observó que la solidaridad es un valor que nos ayuda a ser conscientes de las necesidades de otros. Esto la hizo ver las cosas de otra manera tan pronto observó en la mirada de sus compañeros su deseo de que le tocara uno u otro equipo; sonrió de satisfacción. José pensó en la honestidad, hablar y actuar con sinceridad.

»Cada uno partió por caminos diferentes, pero luego de un intento fallido, decidieron trabajar en equipo. Primero visitaron un hospital; el dron comenzó a grabar cuánto ocurría y en sus imágenes se podía observar: el respeto se perdió entre las personas que acudían llenas de esperanza en procura de alcanzar el bien llamado salud. La computadora y la IA corroboran que la honestidad —que implica mostrar respeto hacia los demás—, era escasa entre quienes circulaban por los angostos pasillos. María tomó nota de todo cuanto ocurría, confirmó que la solidaridad no sale a menudo a dar un paseo, razón por la cual muchos pasaban de largo mientras otros semejantes necesitaban ayuda desesperadamente.

»Un día después, fueron al mercado; la solidaridad era extraña entre quienes se preocupaban por adquirir su alimento sin importar si el prójimo tenía algo para llevar a la mesa; la honestidad se ocultaba en los precios y las medidas que eran adulteradas por doquier, contrario al significado de la mágica palabra: no mentir, engañar, robar o hacer trampas. Y el respeto era un perfecto desconocido en el populoso lugar en el que preocuparse por el impacto de nuestras acciones en los demás no parecía existir; gritos, negaciones, ofensas, se escuchaban en el reconocido sitio de la hermosa ciudad.

»El siguiente lugar en ser visitado fue las oficinas públicas y privadas. Allí observaron que los funcionarios tampoco respondían a las exigencias de los valores investigados —ni de otros que se colaban a través de la observación realizada por los jóvenes investigadores—: soborno, cobro de comisiones, gestores, circulaban por los ajustados pasillos o se encerraban en oficinas separadas para hacer menos duro el golpe a la moral social.

»Así pasaron dos semanas recogiendo información de cuanta expresión social existía. No quedó espacio sin ser visitado por aquellos valientes estudiantes que realizaban una tarea: la búsqueda de la verdad.

»Cuando culminaron la búsqueda, comentaron las posibles soluciones:

—No podemos llevarlos al hospital —comentó, Pedrito.

—Tampoco a la familia —agregó, José.

—Es claro que ya las preocupaciones ocupan un mejor lugar; sólo queda un lugar donde acudir—intervino, María—. Vamos, por el camino se lo diré.

»Todos la miraron con sorpresa.

—»Muy contentos, iniciaron su marcha.

— María —inquirió, Pedro—, luego de lo observado, ¿a dónde vamos?

»La muchacha volteó y con firmeza respondió: sólo queda una esperanza: la escuela.

—Pero allí tampoco existen —interrumpió, José—. Si no cómo explica lo de la tarea; cuando uno no sabe o desconoce algo, pun, aparece la tarea como por arte de gracia.

—¡De magia, José, no de…!

—¡Ah, es lo mismo, Pedrito…Jejejejeje..!

—No queda otra, compañero. Es allí, debe ser allí —insistió ella.

—María tiene razón, amigo; no queda otra. Vamos —expresó Pedrito en tono más serio que nunca.

»La sorpresa fue peor; la solidaridad, el respeto y la honestidad reinaba en unos pocos que pasaban desapercibidos porque entre otras cosas la mayoría de sus maestros reconocían muy bien el saber, pero poca importancia daban al ser.

»El timbre sonó como llamada a ingresar. Los tres se miraron y sonrieron.

»Al momento de exponer señalaron:

—Los valores fueron estafados en la tienda, golpeados en el mercado, insultados en el transporte, abofeteados en la farmacia, pitados en el juego, desconocidos por la familia, sobornados en la administración, criticados en la Iglesia, ignorados en la plaza, pisoteados por la política, menospreciadas en el deporte, aislados de la cultura, separados en la escuela; enfermaron y muy graves fueron trasladados de emergencia al hospital, que los desahució sugiriendo que la única oportunidad que tenían de sobrevivir era la casa, pero allí no había nadie, todos trabajaban y se ocupaban.

»Hubo una pausa que pareció eterna, hasta que…

—Confieso que el único lugar donde podré tener integridad y conciencia de mí mismo es aquí —dijo, Pedrito.

—Ser inclusivos y aceptarnos por lo que somos, incluso cuando somos diferentes, —expresó José.

—Y la satisfacción que me genera el deseo de sumar es mi satisfacción personal y social, —finalmente añadió María—. No sólo queremos ser nativos digitales aislados del mundo.

—Por eso hemos venido aquí —continuó, Pedrito.

—Para pedirle profesora que salvemos a nuestros valores —concluyeron a coro, José y María.

»Luego de un breve silencio de sorpresa, la maestra se levantó de su asiento y aplaudió. Los muchachos sonrieron a la par de sus compañeros que uno a uno se iban alejando de su puesto para confundirse en un abrazo de solidaridad, respeto y honestidad para con quienes habían realizado una inolvidable tarea en favor de rescatar los valores.

—¡Hurra, hurra! ¡Vivan nuestros valores!

—¿Señor Toribio y usted cree que la escuela siga siendo nuestra esperanza?

—¡Sin duda, Juanita, sin duda!

—¡Vamos, Pas, tengo una idea de cómo debemos hacer nuestro trabajo!

»Y así no sólo se despejó la duda sino la creciente preocupación por los valores y su aparente desaparición entre nosotros.

Tulio Aníbal Rojas.
Venezuela.

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