EL LOCO RAÚL
En especial para mi amigo José Albisto.
Paseábase un muchacho con capacidades diferentes por las veredas de la ciudad en enero caluroso a pleno sol, eran las tres de la tarde y yo, caminaba casi corriendo, diez minutos que demorara, que digo diez, siete minutos y perdía el coche urbano para llegar hasta mi casa, de lo contrario esperaría sentado en la parada del ómnibus una hora hasta el próximo.
Observé a este muchacho de unos treinta y cinco años, desalineado, con la barba de tres días y los cabellos sin peinar; no era problema el verlo trajinar ya que era querido y conocido por todo el barrio cariñosamente como «El loco Raúl». Él se hacía quitar el bolsillo de los pantalones porque no los necesitaba ya que la pensión la cobraba su madre y a él apenas le daban para conformarlo dos monedas de dos pesos para comprar en sus salidas, caramelos blandos poniéndolos en una bolsita de tela con un cordón que al tirarlo ceñía la boca de dicha bolsita.
Me detuve un instante y vi que «El loco Raúl» regresaba sobre sus pasos hasta que enfrentó al zaguán abierto de unas de las casas de la cuadra, donde yo también podía ver desde la vereda de enfrente el interior del pasillo, momentos que entre el pasaje de los vehículos por la calle pude ver a un niño en su andador que deseaba bajar a la vereda, cosa que no era posible ya que su madre lo sostenía con su mano.
El niño quedó sorprendido y «El loco Raúl» también, mirándose ambos fijamente y sin mover un músculo, en ese momento interminable hasta yo no podía pronunciar una palabra, la madre del niño rompió aquel silencio entre ambos, saludando a «El loco Raúl», me temí lo peor, ya me lo imaginaba a «El loco Raúl» abalanzándose sobre el niño y arrancándolo del andador, corriendo con el niño en brazos. Pero no, nada de eso ocurrió, «El loco Raúl» abrió su bolsita de tela, sacó de allí un caramelo y lo regaló al niño que lo tomó con presurosa ansiedad, intercambiando entre ellos una leve sonrisa.
Desistiendo el niño de salir a la vereda en el andador, se quedó cómodamente a degustar el caramelo. Cuando levantó la vista para extender el brazo y pedir otro, «El loco Raúl» ya se había ido, porque tenía la misión de entregar los caramelos que le quedaban en la bolsita de tela, a otros niños de la manzana, antes de que llegara el próximo coche urbano a la parada, y quedaban cinco minutos.
Uberfil A. Viera Oroná.
Uruguay.



