Viajero de luz

Viajero de luz

A los alquimistas,
especialmente a Simón

Salió con su morral cargado de esperanzas; atrás quedaban sus padres enterrados, y sus hermanos disputándose el bien inmueble —única herencia familiar—, en el cual ya no estaba interesado.

El espacio lucía un aterrador silencio cubierto de blanco, adornado por cortinas y máquinas, cuyos brazos se extendían hasta la cama donde permanecía el hombre inmóvil. Sus pulsaciones eran observadas por los médicos, a la vez que los asistentes tomaban nota de cuanto ocurría en la escena. De haber existido cámaras en aquel triste momento para el espectador sin duda la sorpresa habría sido mayúscula.

—¿Cuándo llegó? —preguntó el galeno sin inmutarse mientras hojeaba los datos del paciente.

—Anoche, doctor —respondió su compañera de guardia en tono suave respetando la aparente tranquilidad del ambiente.

—¿Causa? —insistió reteniendo en sus manos la historia del hombre que yacía inerte sujeto a la máquina de respiración que no se sabía si lo mantenía con vida o lo preparaba para su vuelo definitivo.

—¡Ataque con arma blanca! Presuntamente un atraco —fue la frase cargada de duda que se escuchó en labios de la mujer, retumbó en el frío lugar y se incrustó como daga una vez más en su piel. Lo sabía, pero nada podía hacer ante las voces que, aunque lejanas, llegaban a sus oídos.

—¿Por qué lo dices de esa forma? —interrogó su colega de profesión.

—Por lo que hacía, o, mejor, a lo que se dedicaba el paciente, doctor.

—No podemos hacer suposiciones —aclaró el jefe del departamento.

—Pero sí inferencias —subrayó la doctora.

Por el camino, había tenido que sortear los embates de alcaatrac que, bajo la apariencia del traje verde, azul o diversos colores de divino sendero, lo recibía a cada momento para solicitarle documentos, preguntarle cuál era su destino o cobrarle por pretender salir de su país.

El sonido de la máquina marcaba no sólo el tiempo de vida sino que mantenía en suspenso la situación de aquel paciente, por quien su compañero de ocasión había preguntado, y que no tenía la menor idea de por qué había sucedido algo así. “Él no se metía con nadie, trabajaba predicando y ayudaba a los más necesitados” —aseguraba ante las autoridades.

—¿Alguna identificación? —insistió el hombre cuyas gafas dejaban escapar su mirada incrédula por la parte superior.

—Sólo esta —dijo la dama y le mostró lo que resultó ser algo inusual para él.

Durante el trayecto, sintió deseos de abortar el plan y regresar. Pero eso sería una derrota que generaría burla entre quienes lo conocían en aquel estado rodeado de hermosas playas y costas de ensueño. Meditaba, y preguntas y más preguntas golpeaban su atormentada memoria buscando, tal vez, hacerlo desistir de su alocada empresa, o llevarlo al extremo de la duda: lo más cercano a la locura. ¿Valdría la pena tanto afán? ¿Se habría apresurado en su decisión? ¿Se habría dejado llevar por cuentos de quienes han salido? Pronto se dio cuenta de que no todos decían la verdad, y que un velo de silencio es necesario para que otros se aventuren y vivan la experiencia, en un acto de egoísmo, o acometida del azar, tal vez.

En ese momento se dejó escuchar algo más cuando el médico de guardia reaccionó ante lo que consideró increíble.

—¡Colombia la Grande! ¡La Patria gran…! Pero, pe… esa existió hace siglos y no creo que…

—¡Sí, exactamente dos siglos, doctor Madero! —le acercó el documento de identidad—, pero observe es auténtico; la firma es la de su presidente.

Otro alto en el camino lo hizo volver en sí. Una vez más responder, mostrar sus escasas pertenencias; no tuvo más remedio que entregar su único medio de comunicación que llevaba para saber de su familia, y ser observado hasta la saciedad cuando su documento de identidad quedaba en manos de la autoridad, ¿qué podrían inventar con ello?, ¿seguramente la escaneaban; que estaba incurso en algún delito para sacarle dinero o detenerlo? ¡No sabía qué pensar! Ya no le quedaba ni para tomarse un café.

Su compañera permaneció tranquila, pese a su sorpresa, sabía que tal acontecimiento era posible aunque le sonara extraño a su colega.

—¡No puede ser! ¡Es insólito! —expresó en tono de duda el hombre con su mirada fija en él.

—Siempre me imaginé algo así, pero, verlo de cerca, jamás —reflexionó la dama.

El viaje continuaba pese a la angustia y la incertidumbre que parecía no alejarse. Quiso revisar las fotos de su novia pero recordó que no tenía móvil; se ilusionó en que pronto tendría otro, y de mejor calidad; entonces sonrió para darse ánimo ante la tristeza que se manifestaba en sus ojos claros que no sabían si correr en procura del sueño o seguir acompañando la interminable vigilia que volvía a los cuestionamientos, los recuerdos, las dudas, las…

El hombre de traje blanco pareció convencido y, mirando el documento, formuló una pregunta que ella consideró una victoria de la casualidad.

—Me pregunto: ¿Cómo pasó alcabalas con esto?

—Seguramente no le pidieron documentos o lo chantajearon como es usual para dejarlo pasar, ¿no crees? —hizo una breve pausa y extrajo de su elegante bata, algo más— ¡Ah, también esto! —agregó la doctora Mirabal, y le entregó una moneda que lo dejó más perplejo todavía.

Su novia era lo único que le quedaba. Esperaba que ella no lo olvidara o lo cambiara por otro. Le había jurado lealtad, pero su corazón dudaba; no creo que sea posible, le haría falta hacer el amor, sentir sus caricias, sus besos, sentirse deseada; tenía esperanzas de compartir videos sexuales; pero, ¿ahora cómo haría? ¿Cuánto tiempo le llevaría comprar otro para consentirla al menos a la distancia como diría aquella afamada actriz que se cansó de festurbarse frente a una cámara, y terminó separada de su marido, argumentando que eso no era suficiente? ¡Qué terrible si eso le pasara a él!

El Dr., parecía cada vez más confundido ante lo que le entregaba su colega.

—¿¡Una moneda!?

—Tiene claramente identificada La Gran Colombia, y está dirigida a homenajear a los “Ciudadanos virtuosos e ilustrados” —explicó la mujer segura de lo que estaba diciendo—Tiene una gran marca fruto de la alevosía con que fue atacado.

El doctor la observó y pudo ver una raya que atravesaba uno de sus lados marcando una línea ecuatorial y dejaba ver el color dorado de la moneda a profundidad.

—Ahora entiendo por qué dudas del atraco como hipótesis.

A su edad, nunca había meditado tanto; es más, ni sabía lo que era meditar, menos en tantas cosas como durante aquel viaje. Pensaba que era cosa de religiosos y beatos. El sueño lo dominó y entró como en un estadio de paz, que duró muy poco por cierto, ante el anuncio de que llegaban a su destino, que lo recibía con la noche a sus espaldas. El frío asechaba. No estaba acostumbrado a aquel clima de montaña que se colaba entre su piel. Las interminables luces se confundían con el firmamento que parecía haber perdido gran parte de sus estrellas ante el brillo del progreso cosmopolita de la ciudad andina.

Intranquilo por lo que estaban observando sus ojos, el galeno decidió cambiar de tema. Era evidente que para la doctora nada de lo que estaba ocurriendo era anormal.

—¿Algún familiar? —preguntó.

—Ninguno, bueno un compañero del lugar donde vive, la policía dice que estuvieron buscando entre los cambuches y habitantes de calle; le decían viajero, sí, y que actuaba de un modo pacífico, solitario: predicaba so…

—¡Viajero! Bueno eso es normal en medio de tanta diáspora y lo…

Su inquieta y curiosa mirada observaba, además de edificios, pequeñas sombras que se dejaban ver bajo los puentes y elevados o sobre las islas, a medida que avanzaba. Vehículos en forma de antiguas carretas cubiertas por mantas adornaban las calles acompañadas por lo que parecían bultos humanos diseminados por cuadras enteras.

—¿Qué es? —preguntó consternado.

—Son cambuches —respondió su interlocutor—; te sorprende ¿verdad? Y eso que todavía no has visto nada —sonrió—. Aquí eso es normal.

—En el mío se llaman ranchos, pero son tan modernos que tienen por lo menos un plasma de 50 pulgadas y wifi —y continuó prestando atención a lo que ofrecía como acto de bienvenida la aclamada ciudad de siete millones de habitantes, elevada a la máxima gloria por el líder inmortal y su ejército valiente—. Perdone usted pero ¿cómo es posible que un país que denigre de su hermano de génesis, que en las mejores y peores circunstancias ha recibido a sus hijos, no sólo amenace con el exterminio a quienes la migración ha obligado a salir de su tierra patria, sino que muestre algo tan dantesco? —dijo sin medir las palabras.

—Algunos son venezolanos. No me extraña. Lo más triste; otros, de aquí —intervino una vez más su compañero de ocasión.

“¡Qué vergüenza!” —pensó.

—Cambuche se le dice aquí en la jerga informal a una vivienda precaria hecha a base de materiales rústicos o de desechos. Puede ser una vivienda de paso, provisional, de construcción rápida o permanente, aposento de personas de escasos recursos o desplazadas por los conflictos internos del país. Están por toda la ciudad en distintos sitios: en la mitad de una avenida, las rondas de los humedales… Y además se acomodan en las carretillas bajo improvisados techos construidos del mismo material que rescatan de su trabajo diario: el reciclaje; aparte del que venden por unas escasas monedas para sobrevivir quienes se dedican a este oficio. “No importa el lugar menos el material” —expresó uno mientras acomodaba un costal para llevarlo al depósito desde donde era trasladado por grandes empresas para ser reutilizados. Un cambuche, además, puede ser llamado también a la adecuación de un espacio para dormir a la intemperie —explicó el hombre de piel canela con una amplia sonrisa en sus labios— ¡Por cierto, yo vivo en uno de ellos, te lo mostraré!

La doctora, quien había leído el parte fijándose en cada detalle, le explicó de qué se trataba.

—No, doctor, predicaba —No agregó más nada, quizás el doctor estaba convencido de que sería algún religioso de cuantos andan anunciando el reino de Dios.

—¿Y cuál es su nombre? —interrogó una vez el doctor.

—¡Simón! —dijo la dama sabiendo de antemano ya cuál sería su reacción.

—¿¡Simón!? —Repitió con extrañeza.

—Me parece que es algo más que el sitio donde se vive, hospeda, duerme, pasas la noche o el día: es la miseria humana mostrada sin piedad; la juventud perdida en el laberinto de la vida tomada de la mano por la droga, o la vejez deambulando entre la pobreza, la mugre y el olvido —concluyó mientras seguía a su compañero, quien se internaba bajo uno de los elevados muy cerca de un conjunto residencial, al cual parecía no faltarle nada.

Las cosas, pero sobre todo los acontecimientos se complicaban para el estudioso de la medicina. Estaba ante un caso que sobrepasaba su comprensión.

—No me digas que predicaba sobre…—increpó a su compañera de labor.

La doctora sonrió en señal de aceptación y guardó silencio ante la mirada de incredulidad que la abrazaba.

—Entonces se trata de un crimen político —reflexionó.

—Es lo que creo doctor, pero…

—¿Esto es del conocimiento de la autoridad? —insistió.

—Están investigando el suceso. Así lo refirió el funcionario apostado a la entrada que lo acompaña —hizo una breve pausa, tomó aire y finalmente agregó sin titubear—: Aquí es una estrategia decir que es atraco para disfrazar el incidente y cortar por “lo sano”.

—¡Lastimosamente sí! —acotó el hombre.

—Con las horas nocturnas, el frío arrecia; sólo es mitigado por la necesidad; parece ya no importar, nos acostumbramos quizás a estar juntos. Los vecinos se quejan; las autoridades, lo ven como algo normal. Vociferan aseveraciones infundadas o con sustento en nuestra sola presencia en sus alrededores; gritan: “¡No más cambuches; queremos paz!” Para muchos no hay alternativa: escasas viviendas, arriendos caros, falta de empleo formal, son parte del menú a la carta que presenta la sociedad —refirió el hombre mientras ingresaba a lo qué semejaba a una cueva que dejaba colar rayos de luz por entre las rendijas a través de las telas improvisadas como paredes— ¡Bienvenido!

Ya instalado en un mientras tanto, decidió salir a buscar trabajo de “lo que fuera”, decía. Pero lo observado le haría confirmar una teoría en la cual llevaba años pensando y pensando desde que estaba en el liceo, gracias a aquella profesora apasionada por la historia patria que lo había hecho delirar muchas veces con su forma de ver y entender nuestra existencia como nación. Había tenido extraños sueños e ideas que parecían conducirlo a una labor inesperada. Al comienzo, sólo vivió de la generosidad de quienes lo trataban en la comunidad de cambuches, ayudando a los enfermos, cuidando los ancianos, jugando con los niños; compraba y revendía cuanto significara obtener el fruto necesario para vivir junto a sus semejantes.

Uno de esos días el destino pondría frente a él la imagen de un ser especial que lo haría confirmar su tesis.

—Mamá, ¿qué es ese tumulto de personas? —preguntó el niño con la mirada en la muchedumbre del lugar.

—No sé hijo, seguramente al…—respondió sin dale mayor importancia al asunto.

—Vamos a ver qué es mami, sí, ¡por favor!

—Está bien, pero sólo un momento.

— ¡Ajá! —aceptó emocionado.

En la medida que se acercaban, la voz se iba haciendo más lejana hasta diluirse.

…”La Gran Colombia, la unidad, el cese de los partidos”…

Cuando se acercó, el infante soltó la mano de su mamá y, abriéndose paso entre las personas, se dirigió al hombre que separaba las monedas —fruto de la gentileza de quienes lo escuchaban—, en tres grupos moviendo sus manos con rapidez.

—¡Hola! —Levantó su rostro para saber de quien se trataba.

—¡Hola! ¿Por qué separas el dinero?

Sonrió. Nadie le había hecho esa pregunta desde su llegada allí— ¿Cómo te llamas?
—Francisco, ¿y tú?

—¡Simón! —respondió—. Verás, amiguito, este grupo es para los pobres; este, para los más pobres, y este, pa…

—Pero, Simón, te queda muy poco; o mejor casi nada, y tú también eres pobre.

—Yo…

La amena conversación fue interrumpida por el eco de una voz que provenía desde el mismo lugar donde minutos antes habían reunido cientos de personas.

—¡Francisco, Francisco! ¡Vamos! —interrumpió— ¡Disculpe señor, pero él insistió… —intervino la mujer apenada!

—No hay problema señora, el niño sólo hablaba conmigo, es muy inteligente.

—¡Gracias! —dijo en tono nervioso quizás aturdida por el aspecto del hombre.

—¡Con gusto! —agregó él sin dejar de apreciar el impacto que había causado en la joven dama.

—Y ahora con su permiso. ¡Vamos, hijo! —ordenó.

Su marcha fue un voltear constante hacia atrás donde había quedado el predicador separando las monedas, y algo lo sorprendió; no pudo contenerse, apretó la mano de su madre y le habló.

Arriba de él, un puente cuyo ruido no descansaba ni en los días feriados, pasaba una y otra vez sobre sus oídos; parecía ya no escucharlo. Es un espectáculo que deja clara la estratificación social, la lucha del hombre contra el hombre, en una ciudad legado de libertad, cuna del más osado proyecto de unidad representada en la figura universal de Bolívar, que ronda en la miseria por doquier ante los ojos y las miradas de quienes en forma egoísta viven su propia vida.

Francisco agachó la cabeza y luego la erigió con tal firmeza que su mirada detuvo de ipso facto a la mujer.

—Mamá, me prometiste un helado, ¿cierto?

—Sí, cierto, vamos para com… —apretó su mano.

—Ya no quiero, se me quitaron las ganas, ¿tienes una moneda? —preguntó el niño apenas dio un paso más para alejarse del concurrido lugar.

—¿Para qué hijo? —interrogó la mujer extrañada.

— Es para un pobre: Simón. Da todo a los pobres y no deja nada para él.

Como todas las noches, Simón regresaba contento a compartir lo hecho durante el día. La calle estaba sola y lucía en penumbras, cruzó con precaución como siempre para sortear los peligros, tomar la esquina que lo acercaba a su residencia. Ya había pasado varios sustos pero no tenía miedo; ni otra alternativa. Al dar el paso sintió que chocaba con algo que se incrustaba con furia a través de las finas telas de su morral rosando y abriéndose paso entre las monedas que se oponían inútilmente al ataque, hasta penetrar su piel de manera inesperada produciéndole un agudo dolor que no pudo controlar y dejó escapar un grito de espanto que nadie escuchó: ¡Ay! El frio metal se apoderaba de su piel al extremo de dejarlo sin aire, instantes después se derrumbaba y su mirada que intentó saber quién eran su atacante se perdía en el limbo; no supo más de él. Cuentan que el fruto de su trabajo se dispersó por el lugar, que su atacante huyó despavorido de la escena del crimen sin tomar nada; y sólo una muestra del botín fue hallada en su mano izquierda cuando levantaron su cuerpo para auxiliarlo.

La mujer se inclinó ante su pequeño hombre y colocó en sus manos no una sino varias monedas que el chico recibió con gratitud.

—Son dos helados, eso incluye el mío también; tampoco tengo ganas —pocas veces lo complacía de tal manera.

Francisco sonrió, le dio las gracias y…

—Ya vengo, mami. —corrió hasta donde estaba el hombre que ya se marchaba.

—¡Simón!, ¡Simón!, espera tengo algo para ti. —Y extendió sus pequeñas manos.

—¿Qué es Francisco?

—Observé: te hacías el loco para que no me diera cuenta, y no dejas nada para ti, entonces…

Simón lo observó con el corazón, lo había dejado sin palabras; se inclinó y acercó su mano para tomar el obsequio.

—¡Gracias! Con esto comeré hoy sin dejar de ayudar a los más necesitados, amigo.

Francisco sonrió; no dijo más que un “me alegra” y fue en busca de su madre, quien no lo había perdido de vista. Le hizo señas al hombre que permanecía inmóvil ante aquel gesto del pequeño ser humano.

—¡Mamá! —intervino Francisco mirando hacia lo alto tratando que el astro rey en su viaje a descansar no le molestara.

—¡Dime, hijo!

—¿Qué es la Patria Grande?

La mujer se detuvo de ipso facto, se inclinó ante el niño; tomó sus hombros.

—¿De dónde viene esa pregunta? —ripostó.

—Simón lo dijo, sí, que él era de la Patria Grande y que es preciso recuperarla.

—La Patria Grande es todo el suelo que pisamos desde la Patagonia hasta el hielo más lejano de América del norte. El lugar por donde transitaron y transitan nuestros antepasados aborígenes y ahora nosotros; nuestra Abiayala que significa tierra madura, tierra viva o tierra en florecimiento.

—¿Y tú crees que algún día vuelva a ser así: una Patria Grande?

—No lo sé, creo que todo depende de nosotros si nos unimos como dice la canción de Alí: si ya se unieron el evangelio y algo más en las manos de Camilo —concluyó la mujer. Y con su hijo tomado de la mano se fue perdiendo entre el volumen de gente que se desplazaba en distintas direcciones como la vida misma, la más de las veces sin saber cuál, o hacia donde las conduce su destino.

Su silente y ahora tranquila meditación fue interrumpida por un coro de voces que a lo lejos acompañaba su mejoría de manera milagrosa. El dolor lo iba soltando como de una soga, y un estrecho túnel comenzó a abrirse ante él y lo conducía sin saber cómo por una senda; al final, observó que padres sonrientes y radiantes de luz lo esperaban, y una ligera sonrisa se desprendió de sus labios: ¡ahora si estaba en paz!

Instantes después, el ambiente perfumado con medicamentos fue sacudido por una suave brisa cargada de esperanza, que pareció entrar por ninguna parte, recorrió el lugar sin que el médico lo notara, y colmó de tranquilidad el rostro de la hermosa mujer.

—No es necesario, doctor Madero: partió —dijo la mujer con un dejo de tristeza observando cómo los signos vitales dejaban de marcar en el aparato.

—¿Lo resucitamos? —solicitó el médico mirando al rostro de su interlocutora, quien parecía haber despedido algún familiar segura de que pronto regresaría.

—¡Me gustaría!

La doctora Mirabal permaneció en silencio. El hombre de blanco quedó con el documento en sus manos mientras su compañera dejaba escapar una ligera sonrisa de satisfacción y expresaba:

—¡Ya ha cumplido su misión!

—¡Misión! ¡¿Qué misión!?

—Sí, ahora entiendo por qué se lo llamaban: Simón, sí, Simón, viajero de luz.

—¿De qué diablos hablas doctora Mirabal?

—Nada, sólo que lleva un nombre importante, que representa la unidad de los pueblos, el cese de fronteras…

—Estás soñando con una utopía, doctora —la miró a sus ojos claros—. Mejor salgamos de aquí para que los demás hagan su trabajo —observó un instante más el dejo de papeles, movió su cabeza en señal de negación, y colocó sobre el escritorio la historia del hombre junto a la moneda.

—Mejor —le devolvió la mirada— con una necesidad sentida doctor Madero, muy sentida, que nos salvaría a todos por igual. Divididos no hemos logrado más que incrementar nuestros problemas y distanciarnos como hermanos; unidos lograremos cosas de verdad trascendentes. No hay excusas, ya lo dijo el líder:

“Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro” Simón Bolívar.

Tulio Aníbal Rojas.
Venezuela.

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