El mal de amores

El mal de amores

Cierto día —cuya fecha no estoy presto a recordar— llegó al consultorio médico una señora buscando ayuda para su hija. Luego de escuchar con atención, el hombre de bata blanca se acercó a la mujer sonriendo:

—Dile a tu hija que pase.

Al momento cruzó el umbral una hermosa mujer cabizbaja, de mirada perdida. El médico la observó un instante; finalmente, sentenció:

—Tu hija padece del mal de amores, señora.

La madre quedó sorprendida. La chica apenas levantó su mirada y con voz casi de ultratumba preguntó:

—¿Y eso tiene cura, Doctor?

—Claro —expresó el hombre con claridad.

Ante la sorpresa de la mujer, el galeno, explicó:

—Nos enamoramos sin pensar que cuando el amor llega a su fin duele y parte el corazón en mil pedazos. ¿Tú debes haber pasado alguna vez por esta situación, señora?

—Yo… es decir…no… este… —titubeó, la mujer.

—El mal de amores —continuó el médico—, es una situación de sufrimiento, malestar físico y emocional. Puede ser la enfermedad más peligrosa y contagiosa.

—¡Santo Dios! —gritó la angustiada madre y se persignó.

—Pues ella tenía un novio y hasta se iban a casar.

—¿Y qué pasó? —preguntó el mensajero de la sanación.

—Lo dejó por otro, Doctor —expresó la mujer con el rostro sonrojado.

—Valiente, eso sí que es tener los ovarios bien puestos, señora. La felicito. Y antes de continuar, permítame preguntarle: ¿cuál es el problema?

—Él, no la ama —respondió, apenada la madre.

—Eso no es un problema, eso es equivocarse en la toma de decisiones.

—Pe… pero…

—Pero nada. Esa extraña enfermedad sólo cuenta con una medicina: el propio amor; lo demás, son suplementos.

—Suena extraño, Doctor, que la causa sea la misma cura —intervino la mujer con lágrimas en los ojos.

—En la actualidad, el mal de amores sigue siendo una realidad, oscila entre el amor y el desamor. Ha sido tratado en distintos géneros, que cuentan historias de la vida real —enfatizó, el Galeno.

—Como la mía —susurró la dama en voz baja.

—¿Decía algo, señorita?

—No, nada…yo… —intentó justificarse.

—¿Sabías que el mal de amores no se trata simplemente de sentir que nuestro corazón se parte en dos por una desilusión amorosa, señorita? —agregó el Dr. mirándola fijamente.

—Lo que dices en nada se compara a sentirlo, Doctor.

—Si fuera así, señorita, no se respondería a un estado hormonal y psicológico que genera emociones y procesos bioquímicos, como angustia, frustración, ira, tristeza, depresión, irritabilidad y pérdida de peso; como resultado de una sola palabra: pensar, pensar, pensar.

—La chica miró por fin al hombre de ciencia y preguntó: ¿Cómo se supera ese mal?

—Puedes aplicar tratamiento para avanzar y pasar la página, señorita.

El Dr. tomó el récipe y comenzó:

—Jarabe tu «ex»: Sabe amargo, pero… lo tomarás cada doce horas; preferiblemente, después de cada comida.

—Tabletas de nuevas emociones: a base de sentimientos. Te darás un baño, si tienes espejo puedes contemplarte no más de un minuto. La tomarás cada ocho horas.

—Inyección de otros sentimientos: platicar con amigos, familia o un terapeuta, purifica el alma, la mente y el espíritu. Una gota en tus oídos y otra en la lengua cada tres días, sin falta.

—Finalmente, como terapia alternativa: Realizar actividad física o manual para liberar endorfinas: la «hormona de la felicidad». Antes de acostarse y luego de levantarse por dos meses todos los días. Hacer un taller, curso o actividad de tu preferencia. Sufrir de mal de amores no es el fin.

—¡Gracias, Doctor, y cuándo tengo que volver?

—Cuando te enamores nuevamente —continuó el Doctor—. La moraleja es…

—Y para dónde vas, señorita., no he…

—A buscar mi propia medicina. Ese tratamiento es muy extraño, Doctor, ¡gracias!

—Jajajaja… ¡qué bueno! ¡Adelante, sigue creyendo en el amor, o nos quedamos llorando, con el dolor a cuesta, y a lo mejor un nuevo amor está cansado de esperar por nosotros!

Tulio Aníbal Rojas.

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