El paraguas más triste del mundo.

EL PARAGUAS MÁS TRISTE DEL MUNDO.

La reunión estaba muy animada con los chistes y bromas que compartíamos mientras tomábamos refrescos o vino tinto para acompañar las botanas. Nada mejor para disfrutar de la amistad y eliminar el estrés del trabajo y la vida cotidiana.

De pronto, algo empezó a llamarme la atención a un costado de la puerta de la sala. Mi vista se dirigió hacia allá, saltando de un objeto a otro, hasta que se detuvo en el perchero. Solitario colgaba un paraguas negro. Me quedé observándolo detenidamente para averiguar la causa por la cual me exigía que lo viera, hasta que, mientras los demás seguían con la charla animada, de manera inconsciente exclamé en voz baja:

–Está muy triste el paraguas.

Diana, que estaba sentada a mi lado alcanzó a escucharme, con cara de extrañeza volteó a verme y me preguntó:

–¿Por qué lo dices?

Con la mirada fija en el objetivo, lo señalé con el índice derecho.

–Fíjate bien, mira los ojos, la nariz y la boca. Un semblante totalmente abatido.

–¿Qué pasa? –preguntó Lucero intrigada al escucharnos y ver que no estábamos siguiendo la conversación general.

–Está muy triste el paraguas –respondí lacónico.

–Se ve que es el paraguas más triste del mundo –agregó de inmediato Diana, atrayendo la atención de los demás.

–Tal parece –agregué–. Su rostro, totalmente abatido se alarga, los ojos caídos al igual que su boca, nos hablan de un gran dolor.

–¿Qué pena pasará por su alma de metal? –Marcela preguntó conmovida.

–Algo terrible tortura su alma –apuntó Quitzia.

–Lo más probable –intervino Marcela.

–Pero no es una dolencia física, es un sufrimiento profundo como el de la soledad, parece que para él la vida perdió todo su sentido –agregué.

–¿Será porque la lluvia se niega a visitarlo? –inquirió Lucero–. Esta temporada de sequía se ha prolongado mucho, no ha caído ni la más ligera llovizna.

–La pena profunda de un ser que no puede desplegar su oscura ala para ser acariciada por la lluvia y así pierde su razón de existir –dijo Marcela.

–A mí se me hace que la falta del cariño lo hizo replegarse en sí mismo, su voluntad está doblada como sus varillas, quiere mantenerse así, teme le vuelva a dañar el rechazo si abre su corazón –sentenció filosóficamente Toño.

–Creo que sí, ve nomás su rostro totalmente abatido –abundó Marco.

Sin poder soportar más, Lucero preguntó enternecida:

–¿Algún poeta, en voz alta, nos podrá recomendar cómo regresarle la alegría?

Sin esperar más José intervino espontáneo.

–A mí se me hace que quiere sentir cómo resbalan sobre su piel las caricias de la lluvia.

–Entonces, ¡sácalo a pasear, Phillip! –recomendó Quitzia.

–Pero no está lloviendo –respondí con un simplismo pragmático, ausente de toda sensibilidad.

–No importa –recalcó José.

–¡Sí! –exclamó Diana– ¡Ábranlo al sol! Que le caiga una lluvia de luz y calor primaveral.

–Tienen razón, un poco de sol y el aire cálido le puede caer bien para que recupere la alegría y el sentido de la vida, mientras llega la temporada de lluvias –concluyó Toño.

Phillip H. Brubeck G.

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