El sargento y las dolencias del Alma
El sargento Pilarcito llegó a la ciudad de Zumo de Yuca, en la región centro-occidental del país Tricolor, como un hombre forjado en la disciplina y el metal artillero. Sus días se medían en el estruendo de los cañones y el olor a pólvora recién quemada. Como especialista de artillería de campaña, su mundo era de precisión y estruendo, una sinfonía de acero y fuego donde la menor imprecisión podía ser fatal. Brillaba en ese ambiente, un eslabón vital en la cadena de mando. Pero el destino, con su peculiar sentido del humor, tenía otros planes para él.
Tras tres años de servicio impecable, Pilarcito fue asignado a un nuevo cargo, uno que lo sacaría de la familiaridad de los cuarteles y lo sumergiría en un mundo completamente ajeno a su formación: se convertiría en jefe del servicio médico y odontológico de esa unidad táctica y jefe de la escuadra de sanidad de la batería Mando y Servicios. Un artillero al frente de una enfermería. La ironía era tan palpable como el aire cálido de la región.
Al principio, se sintió como un pez fuera del agua. Pero pronto, un nuevo tipo de batalla se presentó ante él. No era la de los proyectiles y los blancos, sino la de las dolencias militares y por qué no las dolencias imaginarias. Los soldados, maestros de la picaresca, acudían a la enfermería con las más insólitas enfermedades. Un día, un soldado le dijo con la mayor seriedad: «mi sargento, necesito reposo, tengo una otitis testicular». Otro aseguraba que le habían extraído los riñones en una cirugía y ahora sufría dolores fantasmas. Había quienes pedían nebulizaciones para una nariz congestionada «con cataratas» o quienes se quejaban de una «amibiasis en las rodillas» que les impedía marchar. El sargento, con su mente analítica y pragmática, se encontraba navegando en un mar de pretextos y excusas, donde la enfermedad era una herramienta para evadir las responsabilidades del deber.
El médico del servicio, un hombre curtido en el arte de desenmascarar simuladores, le dio un consejo que resonaría en su mente: «No te dejes manipular, sargento. Si no manejas bien esto, la enfermería colapsará». Pilarcito tomó esas palabras como una orden más, un desafío a su ingenio.
Pero la verdadera prueba llegó un viernes por la tarde, justo cuando se disponía a disfrutar de un merecido fin de semana libre. Un soldado, apodado «Salamandra», famoso por su deseo de ser expulsado del servicio, se había cortado las venas con una profundidad alarmante. El sargento, dejando a un lado su descanso, actuó con la rapidez y la eficacia de un profesional. Encontró al soldado de guardia de la enfermería, acudió a la ambulancia y lo evacuó al hospital más cercano. La sala de emergencias estaba abarrotada y Pilarcito, un artillero en un mar de dolor ajeno, permaneció allí casi la medianoche, esperando a que el soldado fuera tratado y estabilizado.
Una vez que «Salamandra» recibió el alta, Pilarcito lo trasladó de vuelta al cuartel. Lo instaló en el área de hospitalización de la enfermería y con una mezcla de frustración y pragmatismo, se dirigió a la farmacia. Tomó un bisturí y se paró frente al soldado. La ironía en su voz era tan afilada como la hoja que sostenía. «Te entrego este bisturí», le dijo, señalando las arterias en el cuello del joven. «Córtate aquí, con profundidad y de extremo a extremo. Si lo que quieres es morirte, hazlo de verdad y no a medias».
Luego, sin decir más, el sargento se fue a disfrutar su fin de semana. El lunes siguiente, al pasar revista por la enfermería, no pudo evitar la sorpresa. El soldado Salamandra, el mismo que había intentado una salida desesperada, estaba desayunando tranquilamente, con las vendas cubriendo sus muñecas y brazos. Había comprendido el mensaje. La amenaza del sargento, tan cruda como una bala, había sido la única medicina que su espíritu, ya cansado, necesitaba para despertar.
Moraleja: A veces, las soluciones más inesperadas son las que curan las heridas más profundas del espíritu.
William García Molina.
Venezuela.



