En la oscuridad

EN LA OSCURIDAD

No temerás el terror de la noche,
ni la saeta que de día vuela.
(Salmo 91)

En la oscuridad de la noche, un ligero ruido la despertó, abrió los ojos con los sentidos totalmente atentos. La luna llena penetraba sigilosa por las rendijas de las cortinas. El oído agudizado escudriñaba todos los rincones, la respiración acompasada del sueño tranquilo de sus tres hijas era lo único que percibía.

Escuchó pasos en la azotea, rápidos, ágiles, luego unos golpes, el miedo comenzó a apoderarse de ella al recordar aquella madrugada no muy lejana, cuando su marido llegó borracho, no era la primera vez que sucedía, por eso se había ido a dormir sin esperarlo, la jornada había sido agotadora, no tenía razón alguna para desvelarse ante el retraso de su esposo, ya se imaginaba que llegaría embriagado, por eso no escuchó cuando llegó a casa. Fue hasta el momento en que empezó a golpearla cuando notó su presencia. Se hizo un ovillo para proteger su cara y algo de su cuerpo. Los golpes le caían sin cesar, gritaba pidiendo misericordia, gritaba por el dolor de cada puñetazo que la martirizaba.

No comprendía lo que había pasado con él, cuando eran novios siempre fue muy cariñoso, su sonrisa y detalles caballerosos la conquistaron, los ramos de flores con cualquier pretexto, la satisfacción de sus mínimos deseos. Ella le correspondía con una gran ternura.

Los primeros años de matrimonio fueron maravillosos, siempre iban juntos a todos lados; normalmente convivían con las familias de ambos, así como con los amigos de él o de ella, y más, al año, cuando nació la primera hija. En pocas palabras, era la envidia de sus amigas.

En el momento que su segunda hija tenía poco más de un año de edad, la conducta de él empezó a variar, el trato empezó a ser más frío, más exigente y en ocasiones la insultaba. Cierta noche, después de uno de esos pleitos, para lograr la reconciliación, con sus artes seductoras ella propició la unión íntima, a la que él respondió con un ímpetu casi bestial, por lo que lo sintió como si hubiera abusado de ella, y así fue como concibieron a la más pequeña.

La pelea de los gatos en la azotea de la casa terminó. Los ruidos cesaron, el cansancio la obligó a cerrar los ojos, poco a poco el sopor se fue adueñando de ella.


Esa tarde las cuatro descansaban acostadas en la cama king size, platicaban animadamente después de una comida apacible. Aún faltaba una hora para salir a la fiesta de cumpleaños de una de las amigas de su segunda hija, cuando se acordó que le faltaba comprar el regalo.

– Mis chiquitas, voy al supermercado a comprar el regalo, no tardo, mientras tanto terminen de arreglarse.

Caminó las tres cuadras que la separaban del centro comercial, como ya tenía idea de lo que necesitaba, hizo rápido la compra y emprendió el regreso. Al haber avanzado dos cuadras, se dio cuenta que no iba en la dirección correcta. “Vaya, con la preocupación de las prisas ya ni me fijé para dónde caminaba” –pensó– “ahorita corrijo el rumbo”. En la siguiente esquina dio vuelta a la izquierda tratando de reorientarse, sin embargo las calles no la llevaban por donde quería, no tenían la traza urbana que conocía, las casas eran muy diferentes a las de la colonia, quiso volver, pero en realidad el rodeo era muy largo.

Al llegar a una avenida ancha dirigió la mirada hacia donde su sentido de la orientación le indicó que estaba su casa. Hacia el fondo una nube negra cubría el cielo, de pronto cayó levantando una cortina blanca que fue congelando cuanto alcanzaba. La gente corría hacia donde ella estaba huyendo de la helada, buscando lugares donde guarecerse. Su instinto de madre le hizo correr hacia adelante para buscar a sus hijas, no podía dejarlas solas en esas circunstancias. Trepó en la parte trasera de una camioneta que iba para allá, sin embargo, en menos de cinco minutos el chofer se congeló. Desesperada bajó del vehículo y siguió su ruta corriendo con la mayor velocidad posible, empujando a la gente que se le atravesaba.

Vio como unas personas se metían a una casa, las siguió, logró meterse a un cuarto, subió en la parte alta de una litera, cuando levantó la cobija para protegerse, se dio cuenta que ahí estaban sus tres hijas. Las cuatro se abrazaron y cubrieron con la cobija, tenían mucho miedo de morir congeladas, pero el estar reunidas les infundía nuevas fuerzas y confianza. La gente se fue acumulando, ya no cabía nadie más en la recámara, la litera no soportó el sobrepeso y se derrumbó sobre los que estaban en la parte baja. La turba enfurecida estaba destruyendo todo, un hombre arrancó la herrería de la ventana y rompió el vidrio, se le veía furioso, fue cuando identificó a su marido intentando penetrar en la habitación, el pánico las invadió…

– ¡Te voy a matar, perra! –le gritó mientras la jalaba por el brazo arrastrándola– pobre de ti si se te ocurre ir con el chisme a algún lado, te voy a quitar a las niñas y te meto a la cárcel.

Cuando entraron a la cocina, con un fuerte empujón la hizo caer al suelo. Se hizo un ovillo para protegerse lo más posible, pues de inmediato le llovieron las patadas.

– Ya deja de estar ahí acurrucada chillando, vieja inútil.

La furia de él la tenía paralizada.

– ¡Ándale!, levántate y dame de comer, que me estoy muriendo de hambre.

Sumisa se levantó, calentó la comida en la estufa. Cuando estuvo en su punto, puso el plato con sopa en la mesa, frente al hombre, y se quedó mirando.

– ¡Aaagggh! –exclamó el individuo– ¡Maldita bruja!, me quieres quemar el gaznate –le dijo mientras le aventaba el plato– esto está hirviendo, así no la puedo comer…

La sopa le cayó en el pecho, una parte del líquido caliente le escoció el cuello.

– ¡Aaaaaahh! –despertó con la sensación de la sopa quemándole la piel. La respiración agitada, el sudor le escurría por el rostro. Se dio cuenta que todo había sido una pesadilla. Por suerte no había despertado a sus hijas.

Levantó la cortina y se asomó por la ventana, una línea roja atisbó en el horizonte, poco a poco fue creciendo, se expandió por todo lados, como la hemorragia que brotaba de su alma.

Había transcurrido poco más de un mes desde la última vez que su marido la golpeó. Aquella mañana, como de costumbre, llevó temprano a sus hijas a la escuela. Al regresar a su casa de inmediato le sirvió el desayuno. Todo transcurría en la normalidad de la rutina cotidiana, hasta que él terminó de arreglarse para ir a su trabajo, al no ver las llaves del automóvil en donde acostumbraba dejarlas se puso furioso y le empezó a gritar, culpándola de que las había escondido, a los insultos unió los golpes, primero a la cara y luego en todas partes del cuerpo, hasta que terminó de descargar toda su furia, tras lo cual vio en la mesa de centro de la sala las llaves, las tomó y se fue. Como pudo, ella fue hasta el sofá donde estuvo un buen rato llorando. No distinguía qué le dolía más, si los golpes en el rostro, o la herida en su alma por el fracaso de su matrimonio.

Fue entonces cuando la idea se forjó en su mente.

Al mediodía, cuando las niñas regresaron de la escuela, ni siquiera les permitió quitarse de sus espaldas las mochilas con los útiles escolares, arrastró las maletas que ya tenía preparadas con un poco de ropa de las cuatro, lo más esencial, y con su bolso colgando del hombro, salieron a la calle. Asustadas, las hijas obedecieron en silencio sin alcanzar a comprender por completo lo que estaba sucediendo. Instintivamente fueron a casa de su madre, quien les dio de comer y la consoló un poco.

No tardó en sonar su teléfono, en la pantalla vio que era él quien le estaba llamando, el pánico la empezó a invadir, pero no contestó, el ruido siguió insistente, una y otra vez, hasta que mejor lo apagó.

– Lo siento mamá, nos vamos a tener que ir, no quiero que te venga a hacer escándalos aquí. Tú no sabes nada de mí.

La señora les dio su bendición a las nietas y a su hija. Esta vez buscó refugio en casa de una amiga, ella vivía sola. En cuanto abrió la puerta, sin esperar, empujó a sus hijas adentro, y cuando cerró, las amigas se abrazaron en silencio. Poco a poco la fue consolando.

– Mira nomás cómo te dejó el desgraciado, esto no se puede quedar así –comentó su amiga, tras instalarlas en una recámara que tenía disponible–, tenemos que hacer algo…

– No, no te metas en esto –le interrumpió-, me da miedo que te quiera hacer algo, no lo conoces, es un monstruo.

– No te preocupes, él solo sabe actuar a gritos y golpes, nosotras debemos ser más inteligentes. Niñas, por favor mantengan apagados sus celulares, aquí se van a quedar solitas un rato, espero que no tardemos mucho en regresar. ¡Vámonos! –le ordenó mientras le ponía el bolso en la mano y la jalaba del brazo.

Batallaron para encontrar un espacio de estacionamiento a dos cuadras de la Fiscalía.

En el mostrador, una mujer de gesto duro le pidió sus datos para anotarla en el libro de registro y secamente les dijo que esperaran su turno. Sentadas en las sillas metálicas de la sala de espera. Sus ojos se fijaban en todas las personas que pasaban frente a ella, estaba inquieta, temerosa, mientras su compañera, en susurros le hablaba para ayudarla a mantener la calma. Al fin, después de un tiempo que le pareció una eternidad, la pasaron con el agente del ministerio público, a quien le narró todo lo que le había hecho su marido ese día. El funcionario le hizo muchas preguntas en busca de detalles que iba transcribiendo en la computadora; todo revivía en su mente y seguido el llanto le entorpecía su declaración. Al fin concluyó, la hizo firmar muchas hojas.

– Mire, señora, con este papelito vaya con el médico legista, saliendo, en el edificio de enfrente está, le va a hacer una revisión de las lesiones que tiene, y cuando tenga el diagnóstico, regresa para integrarlo al expediente.

Una vez más, tuvieron que esperar su turno. Volvió a repetir la historia de la mañana. El médico la auscultó y anotó en la computadora lo que vio.

– Señora, va a tener que sacarse estas radiografías, cuando las tenga regresa conmigo para lo que sigue.

– Híjole, no sé cómo le voy a hacer –le dijo a su amiga en cuanto salieron del consultorio–, no traigo mucho dinero para pagar las radiografías.

– No te preocupes por eso, sé de un lugar donde las sacan baratas.

Cuando llegaron al laboratorio, faltaba poco para que cerraran, motivo por el cual le dijeron que pasara al día siguiente a recoger las placas.

Así empezó todo el proceso, en la mañana se quedó encerrada en la casa con sus hijas, no las dejó ir a la escuela, había oído muchas historias de que los maridos recogían a los niños a la salida y luego ya nunca las dejaban verlos, no estaba dispuesta a perderlas. Cuando su amiga regresó del trabajo ya traía las radiografías, así que en cuanto terminaron de comer salieron nuevamente a la Fiscalía. Tras la espera de rigor, el doctor revisó las radiografías, escribió en la computadora y les dio un papel, el cual llevaron al agente del ministerio público, quien a su vez les dio otro papel.

– Mire, señora –le explicó–, con este papel vaya mañana al Centro de Justicia para la Mujer, está ubicada a un par de cuadras de la unidad administrativa municipal, ellos se van a encargar de atender su caso.

Igual sucedió el día siguiente, por la mañana permanecieron encerradas, por suerte era viernes. Después de que su amiga regresó del trabajo y comieron, fueron al lugar indicado. Ahí las recibió un hombre de más de sesenta años, su mirada bondadosa, anotó el nombre de ella y les pidió que pasaran a la sala de espera. Minutos después, una joven apareció en una puerta que comunicaba con la sala y mencionó su nombre. Las amigas se levantaron y acudieron a ella.

– Lo siento señorita –le dijo la joven– solamente puede entrar la señora.

El señor de la recepción le recomendó a la amiga que mejor regresara más tarde, porque siempre la primera vez tardaban como tres horas ahí adentro.

Nerviosa, tomó con fuerza su bolso con ambas manos, siguió a la joven por los pasillos del Centro, mientras veía las puertas cerradas de distintas oficinas, de vez en cuando se cruzaban con otras mujeres de mirada insegura. Llegaron a otra salita, pero esta con sillones cómodos. La muchacha le pidió que esperara y se metió a un despacho. Al poco rato la hicieron pasar, era una licenciada en Derecho. Otra vez, sus datos personales y repetir la historia de la última golpiza, pero además le preguntó los detalles de los antecedentes de violencia de su marido. Luego le tocó el turno con la doctora, quien la volvió a revisar las zonas donde él la había golpeado, además de analizar las radiografías. Más tarde le platicó de sus miedos a la psicóloga. Al último le tocó responder a la trabajadora social la encuesta socio-económica, a quien le confesó que tenía estudios de licenciatura, pero desde que se casó, como el hombre le aseguró que no le faltaría nada y le pidió que solamente se dedicara al hogar, ya tenía muchos años sin trabajar.

Cuando regresó a la recepción, su amiga le notó los ojos rojos, había llorado con cada una de las personas que la atendieron.

– Disculpa que te haya hecho perder tanto tiempo –le dijo avergonzada.

– No te preocupes, aproveché para ir a hacer otras cosas que tenía pendientes, en realidad hace apenas diez minutos que regresé.

Pasó el fin de semana entre las paredes de la casa de su amiga. Con un poco más de confianza por lo que le habían dicho y el buen trato que le habían proporcionado en el Centro de Justicia para la Mujer, el lunes llevó a sus hijas a la escuela y le explicó al Director que no les permitiera irse con nadie de la familia de su marido.

En los días siguientes, su rutina fue de la casa a la escuela y de regreso, pero en el trayecto se sentía observada, perseguida, tenía la sensación de que su marido, o los parientes o amigos de él la estaban siguiendo. Esto se vio reforzado con los constantes mensajes de Whats App llenos de insultos que recibía de sus cuñados.

La sensación de que su marido había localizado el lugar donde estaban viviendo, la hizo reaccionar, temía que le fuera hacer daño a su amiga, o que en su ausencia le fuera a quitar a las niñas, por lo que, buscando entre sus amistades, logró que le prestaran una pequeña casa en el otro extremo de la ciudad, muy lejos del trabajo de él, eran rumbos a donde prácticamente no iba, así que una noche se cambiaron para allá.

Las penurias fueron aumentando; sentía que podría conseguir un trabajo, aunque fuera de empleada de mostrador o de recepcionista en alguna oficina, no podía ser algo mejor, pues si bien, terminó su licenciatura, nunca había trabajado, por lo que los conocimientos adquiridos se empolvaron, y por la falta de experiencia no la contratarían en algo relacionado con su profesión. Además, tenía el presentimiento de que mientras ella estuviera trabajando, él secuestraría a sus hijas; algunos amigos le regalaron despensas para que tuvieran un mínimo de alimentos, otros le apoyaron con algo de dinero en efectivo, con lo cual podía hacer frente a las necesidades más apremiantes.

Cierto día, le llegó un mensaje a su teléfono móvil con una liga de Facebook, la abrió y quedó estupefacta al ver ahí su foto y las de sus hijas, con un mensaje escueto pero contundente: “Se busca a ….” (estaba su nombre completo arriba de su foto), “secuestró a las niñas…” (seguía el nombre de sus tres hijas y sus fotos) “…para prostituirlas. Si la ven, avisen al teléfono…” Él, el golpeador, el macho, ahora resultaba ser la víctima, el padre amoroso y ejemplar. La impresión la dejó paralizada, no podía creer que la acusarían por eso, revisó el número del teléfono que le envió el mensaje y el nombre de la cuenta de Facebook, eran totalmente desconocidos. “Este desgraciado –pensó–, me quiere acabar por completo, quiere quitarme a mis hijas también, tengo que hacer algo”. Sin pensar más, tomó su bolso y se dirigió al Centro de Justicia para la Mujer. En el camino, sentía que sus pasos eran demasiado cortos, que el autobús urbano iba de más de lento, lo malo era que no traía dinero para pagar un taxi.

– Buenos días, señor, me urge ver a la licenciada… –apremiante le dijo al hombre que estaba en la recepción, quien le preguntó su nombre. El señor tomó el teléfono y preguntó por la abogada.

– Un minutito, señora –le dijo con su mirada bondadosa– por favor tome asiento, no tarda en venir la licenciada.

Obediente se sentó en el borde de la silla en la sala de espera, fijó la mirada en la puerta que comunicaba a las oficinas; un minuto después se levantó, tenía la sensación de que se estaba tardando de más, paseó de un lado a otro de la sala, se volvió a sentar, vio el reloj, sus dedos impulsivamente tamborilearon en su bolso, se volvió a levantar y a pasear en la sala, hasta que al fin, una jovencita con una sonrisa en el rostro le pidió que pasara. La siguió por el pasillo por el que en ocasiones pasadas había transitado, hasta llegar a la oficina, de donde salía otra mujer con moretones en la cara. Sin esperar más se metió al despacho.

– Licenciada –dijo justo cuando trasponía el umbral de la puerta, sin saludar-, tenemos que hacer algo, esto es el colmo, vea lo que está haciendo ese desgraciado –hablaba mientras le enseñaba el teléfono celular–, ahora resulta que la delincuente soy yo…

¬– Buenos días, señora –se acercó a ella la abogada y le puso la mano en el hombro-, por favor tome asiento y platíqueme con calma lo que ha pasado.

Maquinalmente obedeció y se sentó en un sofá junto a la funcionaria y le enseñó el teléfono.

– ¡Mire, mire! –exclamó apuntando el aparato con su índice- a lo que ha llegado ese desgraciado– ahora todo mundo nos va a andar persiguiendo, ya no vamos a estar seguras en ningún lado.

– Vamos a ver, permítame su teléfono –conectó el aparato a su computadora–, ya estoy copiando el mensaje para integrarlo al expediente, es una prueba más de la violencia moral que el señor está usando en su contra.

– Por favor licenciada, tiene que hacer algo de inmediato, ya ha pasado mucho tiempo y ya no aguanto más. No deje que se acerque a nosotras.

¬– Tranquilícese por favor, no le va a pasar nada, en un rato más voy a ver a la Agente del Ministerio Público, le voy a entregar la copia de este mensaje y le voy a pedir que gire una orden de restricción para que el señor y sus familiares no se acerquen a usted o a las niñas; además, le voy a preguntar si ya se fijó la fecha para la audiencia en el Juzgado.

Su hablar era atropellado, las manos no paraban de estrujar el bolso, cualquier ruido procedente del exterior le hacía voltear temerosa hacia la puerta de la oficina. La abogada, haciendo acopio de su experiencia, poco a poco la fue tranquilizando hasta que al fin logró infundirle la seguridad suficiente para salir nuevamente a la calle.

Cuando salió del Centro de Justicia para la Mujer, se paró unos segundos para revisar a la gente que estaba en los alrededores, quería tener la seguridad de que no la estuviera espiando alguien contratado por su esposo. Con pasos rápidos se dirigió a la parada del autobús. Mientras esperaba, volteaba de un lado a otro, hasta que al fin llegó el que habría de llevarla. En el centro de la ciudad descendió y se sintió con suerte de que el otro autobús ya estaba levantando el pasaje en ese momento, corrió los pocos metros que la separaban de él, cuando puso el pie en el escalón para subir, maquinalmente volteó a izquierda y derecha. Veinte minutos después descendió en una zona de la ciudad donde había poca gente en la calle, apresurada caminó las tres cuadras que la separaban de su destino. Era una barda como de treinta metros de largo, con pintura color crema, un portón blanco de entrada a la cochera, y al lado, una puerta metálica, con su mirilla.

No esperó mucho tiempo para que una monja le abriera la puerta, le dijo el nombre de la religiosa a la que buscaba. Se sentó al borde de un sofá que estaba en la sala de espera. El recibidor era un recinto pequeño, contenía un juego de sala austero, una mesita de centro, y en las paredes solamente un crucifijo y la fotografía de la fundadora de la congregación. La vista se posó ansiosa en la puerta que comunicaba al interior del convento.

Cuando su amiga religiosa entró en el recibidor, se levantó y rápido la abrazó dando rienda suelta a su llanto. La monja, sin decir palabra alguna ni romper el abrazo, la dejó desahogarse.

– Disculpa –dijo al momento en que rompió el abrazo– es que… no aguantaba más… –cogió el bolso que había dejado sobre la mesa de centro y sacó un pañuelo desechable para secarse las lágrimas- lo que me pasa es algo horrible…

Con cariño, la religiosa la indujo a sentarse en el sofá, ella a su lado le sostenía la mano y escuchó con atención toda la historia. De manea resumida le narró el maltrato que le daba su marido; la forma en que huyó de la casa junto con las niñas; el hostigamiento continuo al que se había visto sometida hasta ese momento; el miedo constante en el que vivía y cómo andaba buscando un refugio donde pudieran vivir con más tranquilidad. Su amiga le pidió la disculpara un momento y la dejó sola. Minutos después regresó y le pidió la acompañara para llevarla en presencia de la madre superiora.

– Bienvenida –la recibió la madre superiora–, por favor tome asiento –dócil obedeció–. La hermana M… me refirió brevemente su situación –veía con atención la mirada firme y bondadosa de la directora del convento que le hablaba de manera pausada–, creo que a lo mejor podríamos ayudarla en algo, si así lo desea.

– Verá madre, en realidad no sé cómo pudiera ayudarnos, la angustia me hizo venir para platicar con M…, somos muy amigas desde la infancia, necesitaba unas palabras de consuelo… en realidad estoy desesperada, mi esposo no nos deja en paz, nos persigue y amenaza en todo momento… no me siento segura en ningún lado… me da miedo que me llegue a quitar a las niñas…no podría vivir sin ellas…

– Vamos a ponerlo todo en manos de Dios, verá como todo se soluciona de la mejor manera. Por lo pronto, le puedo ofrecer un cuarto para usted y sus hijas, mientras se concluye el juicio, si usted así lo desea, creo que aquí estará más segura que en cualquier otro lado.

– Pero no tengo con qué pagarle, ni siquiera puedo salir a buscar un trabajo, no quiero que él vaya a hacerme un escándalo, o que mientras esté trabajando secuestre a mis hijas.

– No se preocupe, Dios nos da para ayudar a cuantos lo necesitan.

Maquinalmente miró su reloj.

– Madre, disculpe, no quiero ser grosera, pero me tengo que ir, debo pasar por las niñas, no tardan en salir de la escuela.

– Vaya con Dios, aquí las espero si usted así lo decide prudente.

Al salir del convento volteó para ambos lados de la calle, entre la gente que transitaba por ahí no vio a nadie sospechoso, con paso rápido se dirigió a la parada del autobús urbano. Fue la única que subió en ese lugar, vio un asiento vacío y se sentó. Con el bolso sobre sus piernas y las manos custodiándolo, se sintió más segura entre la gente que la rodeaba. En el centro de la ciudad cambió de autobús, el cual la dejó a unos metros de la escuela. Al descender miró hacia todos lados, se percató que no estaba su esposo ni ninguno de sus parientes. Se sintió aliviada de haber llegado a tiempo, pues al parecer unos minutos antes habían abierto las puertas para dejar salir a los alumnos. Al ver a sus hijas, rápido se acercó a ellas, tomó de la mano a la más pequeña y las cuatro se dirigieron a la parada del autobús.

Al llegar a la casa, sacó del refrigerador la comida que había sobrado del día anterior, pues con todas las cosas que había hecho durante la mañana, no había tenido oportunidad de cocinar otra cosa. Mientras comían, les explicó que nuevamente tendrían que mudarse a otro lugar.

– Pero mamá –replicó la mayor–, ¿otra vez nos vamos a cambiar?, ya estoy cansada de esto.

– M’hija, es necesario una vez más para seguridad de nosotras.

– ¿No crees que estás exagerando ya?

– No, en este momento ninguna precaución sale sobrando, no sabes de lo que es capaz tu padre.

En silencio obedecieron. Mientras metía sus pertenencias en la maleta, la más pequeña derramaba lágrimas silenciosas. Al verla, su madre la abrazó.

– Ni llores mi chiquitina, espero que dentro de poco se acabe esta pesadilla.

Cuando terminaron de arreglar sus cosas, vio el contenido del monedero, mentalmente hizo cuentas. Con el teléfono móvil llamó a un taxi. Minutos después, al escuchar el claxon, se asomó a la calle, verificó que nadie las estuviera espiando, rápido subieron al vehículo y le dio las señas de su destino al chofer.

El tiempo que tardaron en abrir la puerta del convento se le hizo una eternidad. La monja encargada de la portería las hizo pasar al recibidor. Al poco tiempo entró al recinto la hermana M…

– Tenía razón la madre superiora al decir que no tardarías en regresar con tus hijas, por favor síganme –dijo mientras tomaba la maleta de la más pequeña–, las llevaré al cuarto que les asignó la madre.

Entraron en la habitación, las niñas observaron con detenimiento las cuatro camas individuales alineadas, en la pared que daba a la cabecera, había un crucifijo y un cuadro de la Virgen de Guadalupe, empotrado en otra pared estaba el closet, y en otra había una amplia ventana, con las cortinas descorridas, dejaba pasar la luz del día; a través de ella vieron un amplio jardín interior con sus prados y tiestos de flores perfectamente cuidados. Además, había una mesa con sus cuatro sillas.

Con cierto ánimo de resignación de la huida y los cambios constantes, las niñas dejaron sus maletas y mochilas sobre las camas, sin ganas de desempacar de inmediato. La mediana, de espíritu más sensible, se asomó por la ventana para contemplar el jardín. Las otras dos no tardaron en imitarla. Al verlas en esa actitud contemplativa, la hermana M… tomó de la mano a la mediana.

– Vengan conmigo, vamos a conocer ese jardín que las está llamando.

Fue corto el pasillo que las llevó al aire perfumado, en espacio libre se respiraba la tranquilidad de la armonía existente entre las habitantes del convento, la naturaleza y Dios. Una sensación que, por la borrasca del conflicto conyugal que las había envuelto durante tanto tiempo, no recordaban haberla percibido anteriormente. Con timidez, al saberse en un lugar desconocido, que no era su hogar, las tres se tomaron de la mano y empezaron a caminar despacio por los andadores entre los prados.


El pálido resplandor del amanecer levantó sus párpados, acostada recordó los sobresaltos que tuvo en la oscuridad de la noche por la pelea de los gatos en la azotea.

Era mayor el cansancio moral que el físico por la desvelada; una vez más la fuerza la abandonaba, indefensa ante los ataques que por Whats App y Facebook se habían intensificado durante los últimos cinco días, no había permitido que sus hijas fueran a la escuela esa semana, era un tiempo de encierro total, nada más podían disfrutar del jardín, pero de cualquier forma se sentía cautiva. Casi un mes viviendo en el convento.

Vio el reloj y se percató que era hora de despertar a las niñas.

– Mamá, déjanos dormir otro ratito… –protestó modorra la mayor envolviéndose aún más con las cobijas.

– Debemos acudir a la oración de la mañana.

– Pero nosotras no somos monjas.

– En estos días he aprendido que siempre es bueno ponerse en la presencia de Dios al iniciar el día, y ofrecerle todas nuestras acciones.

– Pero mamá, estoy cansada, y ni siquiera nos vas a dejar ir a la escuela.

– Además, ya saben que después de la oración es el desayuno, y como aquí no es un hotel ni tienen servicio de restaurante, debemos adaptarnos a sus normas y horarios.

– Anda mamá, no seas malita…

– Después del desayuno te podrás acostar nuevamente.

Sin mucha convicción se vistieron y al escuchar la campana se dirigieron a la capilla. Después de la oración de la mañana, se dirigieron al refectorio, en silencio se sentaron frente a una larga mesa, junto con varias monjas. Mientras desayunaban, una religiosa leyó con voz clara y pausada el salmo 91.

“El que habita al amparo del Altísimo
y mora a la sombra del Todopoderoso,
diga a Dios: «Tú eres mi refugio y mi ciudadela,
mi Dios, en quien confío».
Pues Él te librará de la red del cazador
y de la peste exterminadora;
te cubrirá con sus plumas,
hallarás seguro bajo sus alas,
y su fidelidad te será escudo y adarga.
No tendrás que temer los espantos nocturnos,
ni las saetas que vuelan de día,
ni la pestilencia que vaga en las tinieblas,
ni la mortandad que devasta en pleno día.
Caerán a tu lado mil;
a ti no te tocará.
Con tus mismos ojos mirarás

y verás el castigo de los impíos.
Teniendo a Yahvé por refugio,
al Altísimo por tu asilo,
no te llegará la calamidad
ni se acercará la plaga a tu tienda.
Pues te encomendará a sus ángeles
para que te guarden en todos tus caminos,
y ellos te levantarán en sus palmas
para que tus pies no tropiecen en las piedras.
Pisarás sobre áspides y víboras
y hollarás al leoncillo y al dragón.
«Porque se adhirió a mí, yo le libertaré;
yo le defenderé, porque conoce mi nombre.
Me invocará él y yo le responderé;
estaré con él en la tribulación,
le libertaré y le glorificaré.

Le saciaré de días
y le haré ver mi salvación».”

Cuando regresaron a su habitación, la confianza y el optimismo empezaron a reinstalarse en ella.

– Mis niñas, tengo que salir al Centro de Justicia para la Mujer, necesito ver con la licenciada qué ha pasado, por favor no vayan a salir a la calle, pueden estar aquí en el patio para que les dé el sol y el aire. Pónganse a estudiar en sus libros, yo espero que pronto podamos volver a tener una vida normal.

Sin escatimar precauciones, siempre alerta, se trasladó hasta su destino.

– Le tengo buenas noticias, señora –le anunció la abogada–, el lunes será la audiencia a las diez de la mañana.

– Bendito Dios –respondió–, se me hacía que nunca iba a llegar este momento. ¿Voy a tener que venir con las niñas?

– Sí, aunque ellas no van a estar en toda la audiencia, las vamos a tener en una sala aparte, y cuando la jueza pida sus testimonios, las haremos pasar a la sala de audiencias. Así que vamos a repasar todos los detalles para prepararnos bien.

El lunes las cuatro llegaron al juzgado con media hora de antelación, la abogada, junto con la agente del ministerio público, repasaron los pormenores junto con ellas. Cuando se inició la audiencia, la mirada de él se fijó con dureza en ella, una sonrisa prepotente se perfiló en su rostro, denotaba autosuficiencia, la seguridad de alcanzar sus designios.

Con una pasmosa lentitud se desarrolló la audiencia, cuando escuchó la declaración de él, sintió hervir la sangre, la abogada, con la mano la detuvo para que no interrumpiera las calumnias que brotaban de su boca. Posteriormente vino la declaración de ella, así como los testimonios de sus hijas, hábilmente dirigidas las preguntas por parte de la agente del ministerio público.

Al término de la audiencia, la jueza ordenó, como medida precautoria, que el hombre tenía prohibido acercarse a ellas, igual que sus familiares directos y amigos, así como cesar todo tipo de mensajes por cualquier medio electrónico hacia ellas, poniendo fin a la campaña de hostigamiento.

Ella, respiró tranquila, sabía que el juicio aún no concluía, pero al fin podría empezar a tener una vida tranquila con sus hijas.

Por un minuto se miraron de frente, el rostro de él denotaba la ira contenida por la impotencia de saberse derrotado. Ella le sostuvo la mirada, sin rencor ni miedo.

Phillip H. Brubeck G.

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