Figuritas en el lienzo blanco
Hoy sentada en la sala, Aura, mi nieta inquieta como cada una de las mujeres propias de mi casa, brinca a mis piernas. Primero se abraza a mi cuello y me besa mirándome al rostro con los ojos brillantes y mostrando sus dientes recién estrenados, me sonríe quitándome el libro de las manos.
Abuelita déjame ver las figuritas que se esconden en las páginas blancas, brincando como hormiguitas, que no hacen ruido, pero esperan que les des voz y me cuentes lo que les ocurre en cada hoja blanca. Dime qué hacen, dime qué dicen. Toma el libro y muestra una página que al azar salen gritando las hormiguitas, las figuritas que le sonríen a Aurita en mi regazo.
Abuelita cuándo vas a enseñarme, quiero conocerlas saber quiénes son. Solo conozco las pequeñas como la a, e, i, o y la u. ¿Qué hago con ellas? Las conocí por ti, cuando cantabas conmigo cuando era chiquita, aún tenía los dientes que se llevó el ratón y ahora los tengo nuevos y blancos.
Pronto, le respondí. Con el libro de figuritas que te di. Mami no quiere, me dijo, eso es para la escuela. Bueno, entonces, esta noche cuando estemos solas y te lleve a dormir, te leo lo que hacen las figuritas, lo que al bailar te dicen las historias, vamos a hacer historias, vamos a contarlas.
Mañana hacemos juntas el baile de las hormigas en el jardín con el sol, las flores, las abejas y los gusanos que se comen las frutas que caen del árbol de manzanas, aquellas que te gustan. Le sonreí mirando sus ojos que llenos de ilusión por conocer esas historias que vamos a hacer. Enterneció mi corazón, la abrecé con emoción tal vez le guste, como a la abuela, hacer historias que hagan bailar a las figuritas su danzón.
Durante años cuando me quedé sola porque el amor de mi vida se lo llevó la muerte, conseguir dinero era difícil. Descubrí que el don que tenía y que mi esposo disfrutaba al igual que mi hija pequeña, el contar historias que salían solas de mi cabeza, me permitirían mantener a mi familia.
No era fácil entonces, una mujer no podía escribir y menos publicar. Una noche desesperada envié mis historias a otro pueblo y la gran ciudad Poco a poco mis figuritas me permitieron contar relatos a otros, con una voz masculina, y revisando los libros de historia encontré al dios griego que le diría al mundo lo que veía por mi ventana. Nadie sabía quién era Hermes Valiente. Ese hombre que, con sombrero negro, gabardina y zapatos brillantes contó por muchos años aquellas historias que rondaban por mi cabeza y saltaban a las hojas en blanco con el sonido del teclado de mi máquina de escribir cada noche hasta amanecer.
Muchas veces se acercó, cuando aún era pequeña a la silla de la abuela, mientras escribía con la máquina, frente a la ventana, viendo el jardín y el árbol de manzanas con el día brillante y el cielo con nubes blancas. La levantaba del suelo donde gateaba para sentarla en mi regazo para ver al jardín, pero ella solo quería teclear las figuritas que bailaban en las hojas blancas. Poco a poco, Aurita fue cambiando, dejó de gatear y creciendo sus piernas, sus brazos, su largo cabello negro. Así de repente dejó las muñecas y los lápices de colores. Las hojas blancas con los lápices amarillos con el borrador rosado y las palabras estiradas de color ennegrecido porque lloraba por haberse equivocado, por no reconocer las figuritas que formaban las palabras que quería decir.
Con los años entró al colegio y en sus ratos de juego escribía conmigo, ella en el suelo con sus hojas blancas y yo con la máquina, hasta que de repente, se sentaba junto a mí en su escritorio, las dos frente a la ventana. Veíamos el jardín, nuestro reino lleno de historias que corrían frente a nosotras para esconderse detrás de las sombras, mientras las perseguíamos para encontrarlas y cada una armar el baile que veríamos hacer a las figuritas en el papel blanco.
Hizo su primer poema para leerlo en clase, a todos les gustó, era una princesa llena de amor que esperaba que su padre regresase y la llamara debajo del balcón. Pobre Aurita, niña triste. La niña no vio a su padre venir a su balcón. Así poco a poco comprendió lo que a muchos tortura, la soledad y el abandono de un padre ausente, mas, sin embargo, seguía sonriente. El amor de su madre inmenso como el mar y las historias de su abuela la ayudaron a remar.
Comprendió que su vida estaba en contar aquellas historias que la hacían llorar, que la hacían reír, que le enseñaron a amar. A entender lo que es diferente, lo que no se comprende de una sola vez, al ver por la ventana las historias ocultarse y descubrir que no están fuera de ti, sino en tu cabeza escondidas entre tus oídos, tus ojos y el corazón que de vez en cuando se acelera cuando las figuritas toman vida y saltan al papel que llena el espacio en blanco.
Aurita escribía siempre, cada vez que podía. No le tenía miedo al fracaso o que las historias fueran solo suyas, pero quería compartirlas. Tal vez otras niñas, jovencitas y mujeres veían el mundo a través de su ventana, pero no sabían cómo contarlo a otros. Decidió entonces estudiar para enseñar. El tiempo siguió su ritmo y a pesar que sus historias gustaban a muchos decidió con entereza publicarlas en el diario del pueblo sin miedo a que todos supieran que era ella quien escribía esas historias. En eso era valiente, diferente a su abuela. Su abuela escribía usando el nombre de un hombre, porque las mujeres no podían hacer cosas de los hombres en ese tiempo. Había cosas que no podían ser dichas, ni pensadas, mucho menos imaginadas por el cerebro de una mujer y menos llevando faldas, con las uñas arregladas, con los labios rojos y las mejillas rosadas.
Lo realmente importante no era lo publicado. Lo que importaba era que otras mujeres, como su abuela, podían ser libres, expresar lo que su alma ocultaba dentro de ellas, que con las figuritas que tanto le gustaban contar las historias que salían de su cabeza y de su corazón cada vez que sentada frente a su máquina cuando joven y ahora en el computador, las figuritas formaban ese danzón en su hoja blanca.
Orgullosa es poco, me siento un gigante mi nieta es escritora y de las buenas. Sus poemas están en los estantes y sale por todos lados diciendo sus verdades. Y se ve tan hermosa y elegante, toda una Diosa, tal cual Clío con su tabla y pergamino su trompeta y el laurel sobre su sien cuenta lo que otros no pueden hacer.
Ahora mis dedos ya no pueden moverse las historias con el nombre que no era, Hermes Valiente, fueron publicadas como una antología gracias a mi nieta. Orgullosamente puedo decir que mis figuritas inspiraron como Clío a los hombres. Y crearon a una mujer valiente y sin vergüenza cuenta sus historias, y las da a conocer porque con esas figuritas negras sobre el papel cuenta maravillas, y sé que siempre habrá algún oído que atento y dispuesto a escuchar o leer las figuritas que danzan al compás sobre ese lienzo blanco cubierto de cartón y tinta.
Una tarde descubrí a Clío, la Diosa, se sentaba con nosotras para seguir inspirando historias, aunque se oculten con otros nombres porque los dioses quieren seguir escuchando las historias de los hombres con las letras que son figuritas que danzan al compás en el lienzo blanco.
Mary Agnes Vega.
Venezuela.



