Cuento: Mariposas

Pensamientos

MARIPOSAS

Pájaro multicolor

¿Has visto a las mariposas volar por los senderos de tu imaginación? Se posan en los pensamientos. Estas son unas flores muy bellas de muchos colores, se dan en racimos de sentimientos nobles. La miel que sale de ellas nutre la alegría de la vida activa y la eterna juventud de los pequeños seres alados que a ellas se acercan, para transportarlas luego a lugares remotos y mantener unidas a las familias desperdigadas por todo el mundo.

Justo al alba, con las prístinas luminiscencias que brotaban por el horizonte, la actividad se adueñó de su ser, sus movimientos eran tranquilos como sus casi noventa y un años. Precisamente esa actividad la mantenía viva, porque de ella brotaba la creación de un mundo maravilloso que no permitía temblores involuntarios ni olvidos.

Las sombras que se acortaban en el piso le indicaron la mejor hora para salir, con el brillo justo para sus ojos. En la cochera, alegres la saludaron la esbelta perrita pastor belga y su robusta compañera boxer, las acarició como de costumbre y la acompañaron a la calle. Frente a la pared blanca acomodó los frascos de pinturas y pinceles. Con el movimiento de sus manos el muro empezó a tomar color. Echadas sobre la banqueta, abajo de un árbol, a un lado de su amiga, las perritas miraban con atención cómo brotaban el pasto y las flores.

Su cabeza estaba coronada por una nube blanca de graciosos rizos para mantener frescas las ideas que daban forma a las figuras del mundo fantástico de sus cuentos, pasando así a la realidad en el mural urbano.

De pronto los ladridos alegres de las perritas le llamaron la atención, cuando volteó, vio cómo las mariposas que habían permanecido muchos días posadas en las cortinas salieron por las ventanas, atraídas por las flores recién pintadas para alimentarse con el néctar del amor.

Unas volaron siguiendo la ruta de las mariposas monarcas, resaltaban por sus colores brillantes dentro del enramado negro y anaranjado de ese río alado que cada año va y viene de México a Canadá. Sus alas se movieron sin descanso hasta llegar a Ann Arbor, una pequeña ciudad ubicada entre los grandes lagos. En el jardín de una casita de fachada blanca, como la nieve que hacía unos días se acaba de retirar para dar paso a la primavera, encontraron a un matrimonio joven, ella tenía las manos en su vientre sintiendo los movimientos del hijo que estaba en camino; por entre la barba del muchacho brotó la sonrisa al ver a las pequeñas mensajeras que alborotaban a su alrededor, pues silenciosamente les transmitieron las palabras amorosas de la abuela en bienvenida al nuevo miembro de la familia que pronto nacería, entregándole cofres repletos de bendiciones.

Dos de ellas se separaron del grupo para seguir la ruta del sol hasta llegar a la ciudad de los vientos, donde una se quedó y la otra siguió su vuelo. Ahí, entre los laboratorios de la Universidad de Illinois, encontró a un joven alto y delgado, con su mirada concentrada en los misterios de los fenómenos físicos. Con su suave presencia le explicó la mecánica de la elasticidad de los lazos del amor familiar, capaces de estirarse tantos kilómetros como para darle la vuelta al mundo, con la cualidad de elevar su consistencia en la misma proporción de la distancia entre las personas.

No muy lejos de ahí, en las praderas de Minneapolis, una joven morena entró a su recámara, estaba cansada por el largo día de estudio, dejó los lentes sobre la mesa de noche, con sus manos se tapó los ojos para hacerlos reposar un momento. Una mariposa azul paró en un cojín junto a una flor de múltiples pétalos de oro, la joven reposó en él su cabeza y empezó a escuchar las dulces palabras de la abuelita en aquella ciudad tan lejana, le contaron una vez más aquellos cuentos que tanto le habían fascinado durante su infancia.

El ave esbelta de plumas alargadas de mil mariposas, brillante azul, rojo, amarillo, anaranjado, verde, morado, se separó de la pared con rumbo al oriente. Enfrente del cerro de Chipinque hizo su primera escala, debía dejar su mensaje al hijo que había salido a hacer ejercicio en la bicicleta, acompañado por su esposa de espíritu noble y su hija con cabellos de sol adornados por una diadema de brillantes sueños para el provenir. En la misma sultana del Norte llevó su mensaje a una joven mujer de plácidos sentimientos y a su esposo alto y firme como sus valores, a quienes hacía compañía su hermano de alegría ingeniosa.

Durante un buen rato dialogó amenamente con los tres. Posteriormente reanudó el vuelo rumbo al lugar del amanecer, cruzó el océano hasta las tierras catalanas, cerca de la antigua Barcelona, donde una gatita le abrió la ventana para que entrara a dejar su mensaje cariñoso a la nieta de grandes ojos altamente expresivos, su marido y el pequeño de dos años, quien al verlo lanzó un grito de asombro, pues nunca había visto un pájaro igual y se puso a jugar con él.

Luego remontó el vuelo por arriba de los Pirineos, recordando las gestas de Roldán, y más allá del mar del Norte, en la legendaria Leicester, tierra del rey Lear, donde el cielo está cubierto por las nubes grises que celosas no dejan pasar los rayos del sol, al nieto que estaba concentrado frente a computadora le entregó un sistema de colores cálidos, lleno de esperanzas, junto con el beso de la alegría para mitigar el peso de la soledad.

El perfume de las flores estampadas en la pared llegó al pie del cerro de la Bufa, la políglota escritora escuchó su lenguaje con toda claridad, palabras de armonía para su espíritu con el brillo del arte, serían sus compañeras en el viaje que en pocos días habría de emprender al desierto de Sonora.

Al mismo tiempo, una mariposa de alas formadas por los pétalos de las violetas, una guirnalda azul y destellos plateados, fue hasta las playas de Cancún en el Caribe, de aguas azules y transparentes. En el comedor encontró un jarrón repleto de flores donde paró para participar en la conversación con el incansable arquitecto y su esposa, la educadora de espíritu sereno, mientras comían después de una larga jornada de trabajo.

Junto al lecho seco del río Nazas, el primer nieto de la abuelita pintora, diligente guardián del orden, gozaba la tertulia familiar a un lado de su esposa embellecida con la amplia sonrisa del amor materno; en ese momento los grandes ojos negros de su inquieta hija adolescente le narraban los pormenores del último partido de tochito, los cuales escuchaba divertido su hermano mayor. Aprovechando la reunión de familia, la mariposa de alas ocres y amarillas que había sobrevolado el desierto coahuilense, se posó en el borde de un vaso para mitigar su sed con la dulce agua fresca de melón, mientras compartía con ellos su misión.

Al concluir esa convivencia siguió su viaje hacia el sur, dejando su estela dorada. En el valle donde se asienta la ciudad de Durango, una bella señora, de ojos color miel, estuvo a punto de ensartarla junto con las flores que ese momento estaba bordando; en un revoloteo eludió la aguja y paró en el aro de costura para compartirle los pensamientos de la mamá de su esposo. Silencioso, el escritor las escuchó a ambas, mientras en su computadora portátil daba vida a un cuento.

Una mariposa monarca que había permanecido en la pared, entró a la casa, le informó a la hija que la sombra prácticamente había desaparecido. Cariñosa salió por su madre, vio con orgullo los avances en el mural.

– Ven mamá, ya está lista la comida.

Le ayudó a recoger el banquito, las pinturas y pinceles. Con agilidad las perritas abandonaron la sombra del árbol y les ganaron el paso para entrar a la cochera.

Caballeroso, su yerno le acomodó la silla para que pudiera sentarse. Al concluir la comida frugal, escucharon la algarabía causada por los ladridos de las perritas, estaban alborotadas porque en ese momento llegaron de regreso el ave de plumas alargadas y las mariposas, todos eran portadores de los mensajes de sueños, ilusiones y las alegrías de la vida, pero en especial de las felicitaciones de los hijos, nueras, nietos y sus cónyuges y los bisnietos; unos a otros se arrebataban la palabra, pues cada uno tenía instrucciones de ser el primero en entregar su mensaje, hasta que al fin se pusieron de acuerdo, al unísono le cantaron La Mañanitas por ser el Día de las Madres, y se posaron en sus hombros para darle el abrazo de familia.

Cuando se calmó el alboroto festivo, entró a la casa una mariposa de alas blancas,se había desprendido de las nubes, era portadora del mensaje de la mamá de la abuelita pintora:

“Hijita mía, muchas felicidades, has forjado una gran familia que se ha repartido en diferentes rincones del mundo, pero es tu amor lo que los mantiene unidos, con la alegría, bondad, tranquilidad y sabiduría que te caracterizan. Mantente firme, con el favor de Dios, todavía te quedan muchos cuentos por escribir para ellos. Hay paredes que esperan ser engalanadas con el fruto de tu creatividad, para recordarle a todo el mundo la forma como la humanidad puede vivir en armonía.”

Phillip H. Brubeck G.

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