Cuento: La diosa del fuego

Incendio en el campo

La diosa del fuego

El fuego

Desde lejos yo podía observar y apreciar cómo se hacía una con el viento…

Las palabras que me trago, las vomito en forma de poesía.

Hoy tuve dicha, pues vi, por primera vez, a la diosa del fuego danzar. Entre una turbia multitud se escondía a los ojos inertes, pero por la poca vida que me queda, pude apreciarla. Allí estaba ella, en una gélida ráfaga de invierno, amenizando al mundo con el pisar de sus pies, con la naturaleza, entre las ventiscas y las ramas, siendo una con la divina creación. Pálida, como las nevadas de la vieja Escandinavia; rubia, como el dorado del oro en lingotes; incendiándose, como una fogata en su más cálida y violenta manifestación.

 

Desde lejos yo podía observar y apreciar cómo se hacía una con el viento, y sus rizos descendían desde su cabeza hasta sus hombros, tomando formas misteriosas, perfectas y azarosas. Aunque la noche estaba en la cúspide de su oscuridad, con su incendio la alumbraba, aniquilando sin piedad, con su fuego a las tinieblas. Mis ojos, al perderse entre tantas almas, vagas y vacías, lograron observar a una divinidad, y después jamás pude quitar de allí mi vista.

 

¿Por qué me privaría de ver a una diosa en su máximo esplendor? ¿Por qué ignoraría la luz cuando siempre he vivido en la opacidad? Un viejo sabio solía decirme que fuera cuidadoso de tomar el camino derecho, pues, al hacerlo, vería el más bello paraíso, pero de él tendría que alejarme; hoy le digo, a aquel anciano, que tomé el camino izquierdo y en el mismo destino terminé.

 

No comprendo por qué de lejos observo el más precioso destino, y vuelvo, como siempre, a la guerra que más odio y amo. Podré culparme por mil y una razones, por mis caprichos y desdenes, errores, victorias y una arborescencia sin final real.

 

Llegué a casa esta noche y, sin tomar la copa, tomé la botella, me sumergí en el humo, las ideas, los resentimientos y una extraña mezcla de sentimientos, afilé mis sudorosos cálamos y relaté, en lo que puede caber en palabras, cómo vi a la diosa del fuego danzar. Y no quiero hacer más énfasis, pero no puedo sacar aquel suceso de mi cabeza, cómo tanto penetraron sus llamas en mi alma, me marcaron y dejaron cicatrices para la eternidad. Tal vez lo más sensato sea no pensar en el porqué de aquello, pues, como simple y mortal humano, jamás podré entender a los dioses.

 

Entre tanto, he dicho solo verdades y una sola mentira, para desviar la atención, de aquella milenaria y divina creación. He sido maldecido pues, aquel calor que me dejó su llama, jamás a mi ser ha de volver. De entre tantos días que le restan a mi existencia, me condené a olvidar lo inolvidable y a vagar, buscando, ilusamente, un fuego del cual sus brasas jamás culminen.

Salvador Alejandro Ortega

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