Cuento: Dios dirá (Segunda parte)

DIOS DIRÁ

(Segunda parte)

Adviento

Hoy nos reunimos en esta tradición que iniciamos hace casi veinte años, como una preparación para celebrar la Navidad, como la gran familia que hemos formado desde entonces.

– Ven acá Prode -Guido llamó al perro mientras le acomodaba el plato con comida-, voy a salir un momento, aquí te dejo tu comida y el agua para que no sufras, cuida bien la casa -concluyó su mensaje acariciándole la cabeza.

– Y tú Cativello -le habló mientras movía las croquetas en el plato, con lo que el gato al escuchar su sonido de inmediato se le acercó y se restregó en las piernas del hombre-, no quiero que andes haciendo travesuras, pórtate bien -el gato le contestó con un maullido zalamero.

En su pequeño Fiat tomó la carretera a Garda, el sol se encontraba a la mitad de su camino manteniendo un ambiente templado, agradable. Minutos después entró a la ciudad. No tardó en llegar al departamento que Cesare habitaba en el primer piso de un edificio color crema, en las macetas de los balcones de las ventanas que daban a la calle, resaltaban los claveles rojos que Paola cultivaba con mucho cariño. Por lo estrecho de la calle estacionó el carro en un lugar público no muy lejos del edificio, con la guitarra al hombro y una bolsa de lona en la mano se dirigió a la casa de su amigo.

– ¡Hola Guido! Bienvenido a casa -le recibió Paola dándole un beso en la mejilla- ¡Cesare! -gritó- ya está aquí Guido.

Al escuchar el grito de Paola, de inmediato se acercaron corriendo y alborotando dos niñas y un niño a la sala, con un abrazo y un beso cada uno recibieron a Guido.

– ¡Tío, tío! -le dijo la pequeña María- ¿Qué me trajiste?

– ¿Cómo se han portado?

– ¡Bien! -contestaron los tres al unísono.

– Vamos a ver qué tenemos aquí -de la bolsa sacó unos dulces-, esto es para todos los niños, pero son para después de comer.

Los niños gritaron alegres al ver la bolsa de caramelos que pasó a manos de su mamá. Posteriormente sacó de la bolsa un queso y una botella de vino tinto y se lo entregó a Paola. En eso estaban cuando se acercó Cesare y se saludaron con un abrazo efusivo.

No pasó mucho tiempo para que llegaran Giuseppe y Vittorio con sus familias, el bullicio se incrementó, tras los saludos los niños se pusieron a jugar, los hombres se quedaron en la sala platicando, mientras las mujeres se internaron en la cocina para terminar con los últimos detalles de la comida.

En cuestión de minutos la mesa quedó lista, todos se agruparon alrededor de ella.

– A ver niños, ¿qué día es hoy? -preguntó Cesare.

– ¡Domingo! -afirmó Renzo con la simpleza de sus diez años.

– ¿Pero qué tiene de especial? -terció Carlotta, su madre.

– Es el primer domingo de adviento mamá -contestó Bianca, una joven de catorce años, al tiempo que Francesco la miraba arrobado.

– Así es -continuó Cesare- por eso hoy nos reunimos en esta tradición que iniciamos hace casi veinte años, como una preparación para celebrar la Navidad, como la gran familia que hemos formado desde entonces.

– Vamos a empezar pues -se persignó, siendo imitada por los demás, y encendió una vela morada de la corona de adviento que estaba colocada al centro de la mesa-. Señor, te damos gracias porque nos permites reunirnos una vez más para preparar la fiesta de tu nacimiento. Guía nuestro camino con la luz de la estrella de Belén, como lo hiciste con los Reyes Magos y los pastores en la oscuridad de la noche. Tú viniste al mundo para enseñarnos a amarnos unos a otros, para darle sentido a la vida, que es vivir en todo momento junto a ti. Ayúdanos a limpiar nuestros corazones siguiendo tus enseñanzas, para que esta Navidad te sirvan de Belén y mores en ellos por siempre.

Después de esta breve reflexión rezaron el Padre Nuestro, bendijeron los alimentos y de inmediato empezaron a comer en medio de la charla bastante animada.

Cuando terminaron de comer los niños de inmediato se fueron a jugar a sus anchas. Mientras las señoras recogían la mesa, los hombres se fueron a la sala a platicar. Cuando las mujeres se les unieron Guido sacó la guitarra de su estuche, con agilidad sus dedos se pusieron a interpretar algunas canciones, lo que impulsó a sus amigos a cantar con alegría.

De manera discreta Bianca y Francesco regresaron al comedor, ya no se divertían igual con los niños, pero a la vez sentían la necesidad de separarse de los mayores para platicar de cosas acordes a sus intereses juveniles. Hacía varios meses que no se habían visto a pesar de que vivían en la misma ciudad, cada uno dedicado a sus estudios, envueltos por las actividades con otros amigos y los compañeros de la escuela, no habían sentido la necesidad de buscarse, sin embargo, ahora la situación parecía ser diferente, Francesco la veía con un atractivo diferente, se le hacía más bella, en sus ojos advertía algo distinto que hasta ese momento no había advertido. Por su parte ella lo encontraba más apuesto, a la vez notó que su voz era más grave, varonil.

La tertulia continuó un par de horas más, cuando vio que el sol empezaba a declinar, Guido se despidió de sus amigos, no quería que la oscuridad le alcanzara en la carretera a Pesina, que si bien era corta y si mayores dificultades, no gustaba manejar de noche, toda vez que debido a la diabetes empezaba a tener problemas de visión con el ojo izquierdo.

 

*****

En el camino a Pesina, con un dejo de melancolía los recuerdos de sus años juveniles ocuparon sus pensamientos, habían transcurrido cerca de siete meses de su llegada al pueblo. Todos los fines de semana acudía al grupo juvenil de la parroquia, con lo que se fue afianzando su amistad con Giuseppe, Cesare y Vittorio, de tal suerte que se les veía juntos por todos lados.

Una tarde se reunieron en una fuente de sodas, el último en llegar fue Vittorio.

– ¡Hermanos! ¿Adivinen qué pasó? -exclamó eufórico a manera de saludo.

– ¿Conseguiste la beca para el doctorado? -preguntó Giuseppe.

– No.

– ¿Ya conseguiste trabajo? -aventuró Guido.

– Tampoco.

– Ya sé -intervino Cesare con un brillo picaresco en los ojos-, ¡vas a tener un hijo!

– Con calma, no tan rápido.

– Bueno, ya dinos qué pasa, porque definitivamente no le atinamos -urgió Cesare.

– Pues resulta que anoche en la fiesta en casa de Dana… ¿Adivinen qué pasó?

– ¡Ya!, no la hagas tanto de emoción y desembucha de una buena vez -le reclamó Giuseppe.

– Pues resulta que… verán… lo que pasa es que… Alessia aceptó ser mi novia.

– Pues muchas felicidades hermano -le dijo Guido al tiempo que le daba un fuerte abrazo.

– Y para festejar a yo invito los helados.

Durante la plática, Vittorio les narró cómo fue que Alessia le cautivó desde el día en que llegó al grupo juvenil invitada por Emilia, en un principio la relación fue superficial, ella casi no le hacía caso, por más que él buscaba la forma de conquistarla. De manera muy lenta fue rompiendo el hielo, con lo que se forjó la amistad entre ambos, hasta llegar al desenlace mencionado.

– Vengan muchachos, los invito a que me acompañen al templo para darle gracias a Dios por este gran acontecimiento -les dijo a sus amigos después de pagar los helados que habían consumido.

Reverentes entraron a la Iglesia de San Gallo, en una banca se arrodillaron y en silencio oraron su acción de gracias por la alegría del amigo.

– Señor mío Jesucristo, por manos de María santísima, te pido por mis amigos del alma para que también puedan gozar de esta alegría, para que encuentren a las mujeres con quienes compartir la vida -dijo como epílogo a sus preces.

A partir de esa tarde seguido acudían al templo con la misma petición. Cuando Vittorio y Alessia se casaron, ya eran novios Giuseppe y Carlotta. Como estos últimos consideraron que Paola y Cesare podían hacer una buena pareja, los presentaron, y efectivamente, no se equivocaron, pues a los pocos meses se casaron.

Guido no corrió con la misma suerte, en el grupo juvenil no encontró una amiga que le satisficiera a ese grado. Posteriormente le presentaron a una doctora, era simpática, agradable; durante algún tiempo salieron juntos como novios, sin embargo, tras una desavenencia el idilio terminó. Fue tal su desilusión ocasionada por este rompimiento que durante más de un año, no quiso intentar otra relación de tipo amoroso, tenía miedo de volver a ser rechazado y lesionaran sus sentimientos. La herida sanó, tiempo después hizo un par de intentos más con otras mujeres, pero siempre con los mismos resultados.

Una tarde entró al templo de San Gallo, se sentó en la misma banca donde años atrás había orado con sus amigos pidiendo encontrar compañera. De rodillas se persignó, tras lo cual se sentó y quedó viendo el altar en silencio.

“Señor, aquí me tienes, otra vez tristeando por la soledad. Tú bien sabes mi anhelo por tener una esposa, al igual que mis amigos. De mí no ha quedado, he hecho lo que me correspondía, he mantenido abiertas las puertas a las relaciones con las diversas mujeres que me han presentado o conocido. Todas muy buenas personas, sin embargo siempre ha existido alguna causa por la cual no se ha concretado nada.”

“Estoy solo. El sueño de crear una familia cada día se ve más lejano mientras avanza mi edad. No sé qué quieres de mí, pero acepto tu voluntad, aunque a veces reniegue un poco o me deprima la soledad. No es fácil para mí, dame las fuerzas que necesito para seguir adelante, para aplicar tus enseñanzas en mi vida diaria, con mis queridos niños, con mis amigos, en este pequeño pueblo.”

Suspendió sus recuerdos al llegar a la casa. En cuanto bajó del automóvil que dejó estacionado enfrente de la casa, escuchó los ladridos de Prode y vio a Cativello asomado a la ventana de la sala.

(Continuará…)

Phillip H. Brbueck G.

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