La escalera del amor

La escalera del amor

A quienes conservan un lugar en
su corazón que les ha sido
especial para el amor

La noche extendió sus níveos brazos para recibirla. El viento se tornó cálido, pese al período de lluvia, normal por la época del año. El día más especial de su vida había llegado. Durante su marcha, recordó las tantas veces que el gobierno había pretendido derrumbar el sitio para ampliar el paso hacia el vecindario, debido a que el pueblo había crecido más de lo esperado los últimos años, con la llegada de personas que huían de la convulsionada ciudad. Isabel había luchado con el corazón para que tal cosa no ocurriera. El lugar permanecía intacto. Cincuenta años después, sentía que sus esperanzas no le bastaban para seguir preservando aquella joya del amor, como le llamaba en sus discursos…

“Acaso, ustedes, no pasaron allí hermosos momentos; acaso no es un lugar especial para el amor; y saben, no ha dejado de serlo, pues cada noche observo como vienen las parejas de jóvenes, y no tanto, a consentirse…Yo perdí lo que más amaba allí, sin embargo no he querido que mi dolor me convierta en el ser más egoísta que prive a otros de lo que tan feliz me hizo. La vida sigue… Quien esté libre de “pecado”… –expresó, finalmente, la dama y se retiró del escenario”.

Ese día se cumpliría un aniversario más de aquel fatídico septiembre. Con sus ahorros, había adquirido la antigua casa, y últimamente sólo podía ver el lugar desde la ventana a la que se acercaba con suma dificultad, luego de cumplir con su acostumbrado tratamiento; con sus miradas matutinas y vespertinas, se había convertido en su más ferviente defensora. Allí como sedada por el recuerdo permanecía horas, observando bajo la luz de la pequeña lámpara todo cuanto ocurría en el sitio: parejas sabían y bajaban; se detenían durante horas para amarse, acompasadas por coros de voces, sólo perceptibles a los singulares latidos del corazón.

Cuando caía la tarde, sentía en su alma como el tiempo se detenía, ya no sabía si soñaba o en realidad se trasladaba hasta el único lugar en su vida donde había sido feliz. Una cosa era inevitable mientras prestaba sus ojos a los testimonios del amor: sus lágrimas. Siempre pensó que volver allí antes de partir, era un extraño deseo, y la espera no la dejaba dormir en paz. Noche tras noche, los sueños y el insomnio, confundidos en su ser, la llevaban a sitios incomprensibles, pero maravillosos para su corazón. Despertaba con la mirada fija en el techo de su habitación. Su pensamiento le exigía que volviera aun en contra de la voluntad del médico. El momento era difícil, su salud se quebrantaba lentamente a causa de su penosa enfermedad. Sin embargo, a paso firme trepó el pasillo; mientras lo hacía, imágenes envueltas en rostros conocidos, cuyas expresiones dibujaban la tristeza y desesperanza, se le venían como sombras de las esquinas y escondrijos para observarla; de manera cortés correspondía, fijando la mirada o forzando una sonrisa. Ya cerca del lugar, sintió un profundo alivio, su corazón dejó de latir por la emoción, observó las escaleras y no pudo evitar que sus ojos claros se vieran envueltos en expresiones de dolor; era lo último que le faltaba recorrer antes de llegar. Pero sus pies y sus ojos no se lo permitían; los unos, parecían haberse quedado sembrados antes de pisar el primer escalón; los otros, le impedían la visión cada vez más oscura y profunda. Con valentía, tomó un sorbo de aire y un dolor más agudo que de costumbre, se apoderó de su desgastado pecho; aun así, el aire, tal vez el último, recorrió su ser hasta detenerse en sus pulmones que reanudaron la faena; movió el pie derecho y logró colocarlo en el escalón, lo propio hizo con el izquierdo; su bastón le ayudó a sujetarse. La oscuridad era más y más frecuente en su mirada clara y profunda; tres escalones después, se detuvo, sonrió con satisfacción, hacía tanto tiempo que su bella sonrisa no deleitaba al mundo, que sintió nervios de sí misma, observó la cima, y la lámpara que siempre alumbraba el sendero, pareció aumentar su brillo con su presencia. Había sobrevivido a los ataques de quienes preferían la oscuridad para el encuentro sentimental o cometer fechorías. La imagen de su rostro no sólo era el reflejo del logro sino la expresión pícara que traía de regreso los momentos románticos vividos allí con su novio y sus frecuentes escapes para verse a escondidas. Dos lágrimas recorrieron sus arrugadas mejillas y sus pies se desplomaron… ¡Andrés! atinó a decir, cuando en medio de la luz refractada por la sombra, dejó ver la silueta de un hombre que se acercaba al lugar, e intentó moverse a prisa para alcanzarlo, pero su cansada y adolorida alma no daba más… ¡An..! intentó gritar, pero sólo un murmullo se perdió en el lugar, mientras su cuerpo se desdibujaba lentamente sobre la escalera, y su mirada se perdía en el oscuro túnel de la eternidad.

La figura desapareció… ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste? -Se preguntaba. El hombre la sujetó firmemente. Su rostro había cambiado, y allí estaban juntos, dejándose consentir por el amor que les prometía estar juntos para siempre mientras sus caricias buscaban con ansiedad los sitios requeridos por la pasión… ¡Soy yo, Andrés, mi amor. Soy yo! La pareja no la escuchaba o no quería escucharla, porque, saben, el amor es mudo, ciego y sordo; se reduce mágicamente a un espacio donde dos son suficiente. Se oyeron pasos, carreras, gritos, una detonación… La joven observó cómo su gran amor caía en sus brazos, alejándola del rico néctar de sus labios prendados de amor. ¡Andrés, Andrés, mi amor! ¿Qué te pasa, Andrés? Sintió que algo caliente rosaba su piel y se deslizaba por sus dedos… La luz se hizo más brillante y, lentamente, fue envolviendo a los seres que por fin terminaron de subir la escalera del amor hasta donde la existencia se hace eterna, dejando atrás sus cuerpos en el mismo lugar donde el amor los unió para siempre.

Tulio Aníbal Rojas.

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