Narración: Luna herida

Luna roja

LUNA HERIDA.

El éxtasis aquieta mi espíritu al contemplarte, tu brillo amarillo ilumina la noche, como siempre me hace pensar multitud de cosas.

Me distraigo un momento, mis ojos descienden a la tierra donde permanezco anclado, muchas cosas no me dejan despegar para volar libremente en esta noche despejada, ideas van y vienen, pero ninguna permanece; todas se desvanecen en un soplo.

Vuelvo a mirarte buscando la tranquilidad de la perfección, sin embargo, noto una pequeña muesca en tu curvatura. Parpadeo, quizá mi vista está cansada, ya son muchas las horas transcurridas en esta jornada, pero no, el defecto persiste; ha de ser una consecuencia de la miopía mezclada con el astigmatismo, siempre me deforma las imágenes lejanas. Me pongo los lentes, la figura se aclara con sus límites perfectamente delineados y la muesca permanece, como si un cuchillo te hubiera rebanado el borde.

Poco a poco la oscuridad te va carcomiendo. ¿De dónde proviene su poder? ¿Quiénes se oponen a tu luz?

En tu recorrido por la bóveda celeste, te vas haciendo más pequeña como queriendo confundirte con las estrellas para escapar. Ellas aumentan su brillo para ayudarte, pero ya te han echado el lazo y sigues oscureciéndote, afectada por ese tumor maligno, va corroyendo cada parte de tu superficie, llenándola de la sangre roja parda.

El odio entre los humanos opaca por completo tu luz. La violencia y las guerras en todo el globo están celosas de tu brillo de justicia y belleza, por eso, con la sangre que brota de las heridas producidas por tantas injusticias acumuladas en el mundo, tiñen tu superficie.

Los dictadores oprimen a sus pueblos, sus discursos populistas endulzan los oídos de las masas serviles, mientras masacran a sus opositores. Los narcotraficantes gozan envenenando a la gente. Banqueros ávidos de riqueza, provocan el sueño de la abundancia para comprar, pero en realidad exprimen hasta el último centavo hasta matar de hambre a sus acreditados. Esclavistas hacen trabajar a sus obreros jornadas interminables por sueldos de miseria.

Volteo a verte una vez más, tu semblante es rojo oscuro, apenas se distingue de la negrura de la noche. La angustia del llanto de los hombres olvidados se mezcla con el cansancio de un largo día de más de dieciocho horas despierto; me obliga a acostarme, mas con los ojos cerrados te sigo viendo luna ensangrentada en la oscuridad de mis sueños.

Al despertar, mi primera reacción es asomarme por la ventana. Hacia el poniente te veo, has recuperado tu tamaño y el brillo prístino de la bondad del ser humano, como el anuncio de un nuevo amanecer.

Phillip H. Brubeck G.

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