Ocaso

Ocaso

A quienes no aceptan que
hay cosas que no debemos
cambiar porque fallamos en
el intento: mis amigos

Desperté tocado por los años. Observé en el espejo la expresión de un hombre… No lo podía creer. Lloré amargamente: Mis ojos habían perdido la alegría, y el brillo que mostraban era el reflejo de la sabiduría, propia de la edad; quedé aterrorizado. Quise afeitarme y mi pulso temblaba horriblemente; temí hacer daño a mi rostro.

—¡Alejandro, abre, sí, mi amor, llevas como una hora allí! ¿Qué pasa?

—En seguida abro.

Realmente no quería.

—¿Qué pasa, amor, ¿por qué me miras así?

—¿Cómo? —pregunté desconcertado.

—Así, como si te fuese a reprochar algo. No sé, tu mirada es diferente.

—¿Diferente? No, no, no; quizás dormí mal, es todo.

—No me digas… Y no te has …

—No, ya, ya, me disponía a hacerlo.

—¡Lo siento!

—Ven, yo lo haré; me encanta que estés buen mozo para mí, sólo para mí.

—¡No, no, no…!

—¿Qué te pasa?

—¡Nada, nada!, está bien hazlo.

Tomados de la hojilla, y guiados por la singular mano que rozaba mi piel, los recuerdos volvían con avasalladora violencia que chocaba dentro y fuera de mí, cual furiosa tormenta. Sentí que un capítulo muy importante de mi vida se había cerrado; y otro, comenzaba a atormentar mi corazón.

—¡Listo! Como siempre: guapo y suave como me encanta para deslizar mi mejilla por sobre la tuya, y sentir la suavidad de tu piel masculina; y esa frescura varonil que me hace soñar con nuestro amor eterno cada día, mi rey. Me encanta que te afeites así, para que luzcas hermosamente bien. Ahora báñate, mientras preparo tu desayuno y la ropa; quiero que hoy más que nunca impactes a tus pacientes.

—¡No, no, no!

—¿Qué?

—Está bien…

Me besó tiernamente. Sentí compasión de mí. El amor te hace vivir cosas mágicas y maravillosas que te acompañan y te hacen pensar en la felicidad; creo que es lo mejor. Sin embargo, al sentir tras mi espalda el golpe de la puerta, una vez más contemplé mi triste figura:

— “¡Oh viejo Quijote intentas resolver entuertos a otros, y hoy no sabes qué hacer con el tuyo!” —luego sonreí, no sé si para darme valor o para recordarme qué soy actor de mi propia obra.

La ducha se encargó de hacer posible un rato de paz y tranquilidad, mientras revivían las caricias y palabras tan bonitas de mi amada que sólo ella sabía hasta donde me llegaban… Simplemente sonreí con timidez. Cuando salí, observé que sobre la cama yacía el traje que luciría ese día… “Las mujeres son encantadoras; les gusta ver vestidos a sus hombres como ellas quieren, pienso, entonces, que somos nosotros mismos”. —pensé.

Mientras arreglaba mi corbata, volvían esos recuerdos…

—¡Ajá! ¡Listo, amor! Ahora sólo falta el toque femenino.

Y me dio otro beso.

—¿A qué hora regresas? —preguntó suavemente rosando mi oído con sus sensuales labios.

—Como siempre, estaré temprano en casa…

—¡Está bien! te esperaré con la cena servida y calientica, como te gusta.

—¡Gracias! Eso me encanta de ti. Pero, ¿es que acaso no vas a trabajar?

—Claro que sí; sólo que saldré temprano.

—¡Bien!

Así, desayuné, y me despedí de mi amada esposa como todos los días recitando en sus labios una tierna canción de amor que concluía con una suave caricia en su… principio de la creación.

—¡Si eres pasado! —dijo sonriendo mientras separaba suavemente mi mano dejando que culminara el rose lentamente.

Reímos. Salí rumbo al estacionamiento. Mi acostumbrado paseo se tornó pesado. La música se confundía entre Los Panchos y Juan Gabriel; Los Ángeles Negros y Gilberto Santa Rosa. No sabía qué escuchar. ¡Por fin, mi espíritu se compuso, y aceptó que juntos tarareáramos una canción de Vicente Fernández!

En uno de los semáforos, mientras esperaba, observé una hoja seca que combatía con el césped, luego de caer del árbol que le dio vida, vencida por el tiempo, quizás. Así me sentía aquella triste mañana de abril.

El consultorio lucía hermoso. Mi secretaria se había encargado, como siempre, de darle vida a ese espacio singular en mi existencia; allí transcurro largas horas sólo escuchando su silencio, mientras el trabajo interpreta mi existir con el tic, tac del reloj de péndulo, ubicado frente a mi escritorio. Sólo así me atrevía a detener el tiempo cuando quería saber de mí, o apurarlo cuando mi atención era el paciente ubicado frente a mis ojos, observando mi pluma sobre el récipe, esperando el ansiado milagro.

—¿Está usted bien, Doctor? —interpeló la secretaria.

—¡Ah, ¿Cómo? Sí, sí, estoy bien, gracias. Sólo que… ¿Por qué esa pregunta?

—No sé, tu mirada es… es diferente. Ya sé… te sientes mal, o tuviste algún problema con tu esposa…

—Nada de eso. Tranquila, estoy bien —le repliqué, agregando una tímida sonrisa que la hermosa señorita aceptó con ternura, y dejó entrever lo linda que era: una bella figura y un rostro casi perfecto demostraban que la Madre Naturaleza había participado en su creación.

Parecía que lograba comprender lo que estaba pasando en mí. Siempre había pensado que sentirse así era cosa de tontos; que sentirse solo estando acompañado, era cosa de quienes no valoran lo que tienen. Pero nada de eso es cierto. Mi soledad era profundamente mía; sólo yo la conocía y la vivía tan dentro que si pasaba alguien como yo, podía decirle cualquier cosa.

Minutos después, Los pacientes desfilaron uno a uno, contando más sus penas del corazón, y yo aclarándoles cómo estas producen los dolores del cuerpo.

—La verdad, Doctor, no sabía eso.

—Ahora lo sabe, y tendremos que trabajar para curar esa dolencia física a través de su estado emocional.

Sumido en un profundo letargo, mi trabajo se convertía un espacio ideal para ocultar me extraña sensación…

—Como usted diga Doctor. Pero entonces también deberá curar la suya.

—¡¿Cómo?! —interrumpí.

—Lo que usted siente este nuevo día, porque es nuevo; pues se experimentan cosas diferentes, es normal… —continuó la mujer.

—¿Usted, me estás dando un diagnóstico a …?

—Ese es el problema de la mayoría de los médicos, se creen que todo lo saben, que nunca se pueden enfermar…

—Sí, pero…

—Pero nada, Doctor, está envejeciendo. Admítalo. Es todo. Mírese y acéptelo para que sea feliz. ¿Hasta cuándo se pintarás el cabello? Hasta cuando…

—¡No!

La dulce voz de la secretaria, a través del intercomunicador, preguntándome si iba a almorzar, me hizo volver a la realidad.

—¡Gracias! No tengo hambre —respondí con preocupación.

—Bien, cualquiera cosa me avisa —agregó y colgó de inmediato.

—¿Terminamos, Doctor?

—¡Ah!, sí, sí, claro, señora Contreras. No olvide lo que le dije. Nos vemos la próxima semana, para empezar.

—Está bien Doctor, así será.

Cuando la dama dio la vuelta para retirarse, sentí curiosidad por…

—¿Sra., Contreras?

—Sí, Doctor, dígame.

—¿Cuántos años cumplió ayer?

—¡60!, Doctor —respondió— Y sabe me siento maravillosa. Así debería sentirse usted, dichoso de vivir, en vez de…

—¡Hasta luego, Doctor! Doctor, ¿no me oye?, hasta luego —insistió ella, al ver que estaba sumido en un pensamiento que sólo yo conocía.

—Sí, sí, disculpe. Hasta luego. Es que…

—No se preocupe, Doctor, que tenga buen día.

A la soledad se sumaba una profunda ansiedad que dominaba mi espíritu, sumiéndome en un extraño momento que parecía rechazar toda salida posible. Sin embargo decidí afrontar la situación.

—Señorita, por favor, comunícame con la doctora Castro.

—Sí, Doctor, enseguida.

Instantes después otra voz femenina irrumpía en mi silencio interior, y la esperanza de encontrar respuesta a mis propios deseos corrió por mis venas.

—Eso haré —dije, pensando en voz alta, mientras sonreía de satisfacción.

—¡Aló, doctora…! ¿Me puedes atender?

Tulio Aníbal Rojas.

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