El mejor regalo.
Ya era tarde, en la intimidad del hogar quedamos solos mi esposa, mis hijos y yo. Mientras recordábamos algunos de los detalles más divertidos de la fiesta, como la cara de sorpresa que puse a la hora de llegar al salón de eventos, por el festejo que me habían organizado sin enterarme, y el tiempo que tardé para reaccionar sobre lo que estaba sucediendo en ese momento. Me puse a abrir los obsequios que recibí, haciendo algunos comentarios, ya fuera sobre el presente que tenía en la mano, o de la persona que me lo había dado.
–¿Cuál es el mejor regalo? –me preguntó mi esposa cuando terminé de abrirlos, señalando con la mano.
Ahí estaban todos en la mesa de centro de la sala, entre el desorden del papel de envoltura, las bolsas, cajas y moños desechados. Me quedé mirándolos en silencio. Una buena provisión para la cava familiar: una botella de coñac, vino tinto, rosado y blanco, pañuelos, carteras, un llavero. Un libro con la Canción de Navidad, El grillo del hogar e Historia de dos ciudades de Carlos Dickens y otro con el Orlando de Virginia Woolf.
No supe contestar en ese momento, porque si bien, ninguno de ellos era de calidad o precio excepcional, todos eran de mi agrado y me los dieron con mucho cariño, por esta razón su valor afectivo era mucho mayor a cualquier otro valor económico o material que se le pudiera asignar, así que, en ese momento, de manera discreta desvié ligeramente la conversación hacia los libros, pues no figuraban en mi biblioteca, y en el aire festivo se quedó flotando la pregunta.
Era casi media noche, con la emoción del festejo no lo habíamos sentido, pero el cansancio nos llevó a la recámara. Por costumbre vi el teléfono celular. Como durante todo el día me tuvieron de un lado a otro, mareándome para que no me enterara de lo que estaban tramando, ni tiempo tuve para revisarlo, por lo que tenía una gran cantidad de mensajes de WhatsApp acumulados, fácil eran más de cincuenta en los grupos de familia, compañeros de escuela, del trabajo, de la Iglesia, y muchos individuales de los amigos. Imposible verlos todos en ese momento. Con una sonrisa en el rostro, apagué el teléfono y me dormí.
A pesar de la desvelada, la costumbre me despertó antes del amanecer, era un domingo tranquilo. Mientras mi esposa y mi hijo dormían, subí a la biblioteca, por la computadora di respuesta a todos los mensajes de WhatsApp, con mi agradecimiento por sus felicitaciones y bendiciones. Luego siguió la atención a los mensajes de correo electrónico y Facebook, de los amigos que viven en otras ciudades del país, como Monclova, México, Monterrey, Córdoba, Tehuacán, Guadalajara, Colima, Querétaro; así como también los amigos escritores de otros países como España, Venezuela, Chile, Argentina, Camerún, Uruguay. Algunos textos eran muy sencillos como: “Muchas Felicidades en tu cumpleaños”, otros más elaborados, pero todos muy emotivos. Lo que sí, con muchos de los amigos que me felicitaron no había tenido contacto alguno hacía un año o más, y eso aumentó más mi alegría, a pesar de la distancia, del tiempo, de los silencios, todavía se acuerdan de mí.
Pero un mensaje de Facebook me llamó poderosamente la atención: “La mulţi ani, Phillip!”, el traductor de inteligencia artificial me dijo: ¡Feliz cumpleaños, Phillip”. Curioso entré a la página de Facebook del emisor del mensaje, un escritor de Rumania. Con estas cuatro palabras, en un idioma para mí desconocido, con alegría recibí en mi vida el honor de un nuevo amigo.
En la misa de ese domingo, los parabienes fueron de los amigos de la parroquia y del sacerdote. Al día siguiente fue el turno de los compañeros del trabajo, el desayuno, el pastel, y las felicitaciones de casi todos los de la oficina.
Al término de la tercera jornada de festejos con los que me agasajaron, en el silencio de mi recámara, en mis oraciones, le di gracias a Dios por el mejor regalo de cumpleaños recibido: el amor, las muestras de cariño de mi esposa, mis hijos, todos mis familiares, amigos y compañeros de trabajo.
No hay nada más grande que esos pequeños detallitos, que parecen insignificantes, pero todos contribuyeron para que el festejo durara varios días sin interrupción, y permanecerán por siempre en mi corazón al llenar mi alma de felicidad.
Gracias a todos por el mejor regalo que me dieron.
Phillip H. Brubeck G.
México.



