Estrella fugaz con perro

Estrella Fugaz con Perro.

Con los últimos dólares que traía, ayer fui a la ciudad a comprar mi caja de muerto y mi cruz de madera. Hace cuatro meses me hallaron esa enfermedad: dicen que desgarra mis defensas todos los días. Y sí es cierto. Ese día la enfermera me explicó poco a poco, que no tenía remedio, ¡que me iba a morir! Me dio unos papeles y unos libritos y me regresé pa’l pueblo.

Cuando les dije en mi casa, pensaron que estaba vacilando, que estaba jugando a hacerme «el malo». Pero al enseñarles el papel donde decía que yo estaba condenado, me miraron con ojos de ¿No sé qué?

Mi madre no tiene consuelo, va todas las tardes a la iglesia, y a cada «santito» le va rezando y pidiendo por mi curación. Les ha prometido flores recién cortadas y «dos milagros» de plata a cada uno, si nos hacen el favor de sanarme.

Cada tres días o cuando tengo “cabeza”, le digo a mi hermano, el más pequeño, el de la telesecundaria, que me lea y me explique lo que dicen esos libros que me dieron: lo hago para “matar dos pájaros de un tiro” y que él mismo conozca la situación del mal y no meta «la pata» como yo por ignorante.

Ahora en el rancho no quieren ni verme ¡Estoy como apestado!, «la Lupita», la que dizque me quería mucho, y me esperaría toda la vida, anda vagando en otros ranchos buscando marido: ladina, dice que ya no soy hombre para ella. Y de los demás del pueblo… No vale la pena hablar.

Mal recuerdo de aquella noche en el otro lado, cuando fue mi perdición. Todos habían salido a la fiesta del 16 de septiembre. Un día antes había trabajado hasta quedar muy «molido», ella entró a la habitación si avisar, tan joven y linda, con ese aire que le da ser la hija del dueño de rancho gringo. Y después, paso lo demás.

Todos los días me levanto temprano y continúo haciendo la pared de la nueva casa. Va a ser re’grande, con unas ventanotas para que entre el sol por las mañanas. Afuera, haré una noria para darles agua a todos los árboles que voy a plantar: moreras, naranjos, limoneros y manzanos. ¡Que huela bien mi casa!

Yo quisiera que me enterraran en el encino aquél… el más grande, el que me aliviaba del sol al volver de la labor, el que me cuidaba cuando era chiquillo. Pero no van a querer, aunque sea mi última voluntad.

En las noches, llego hasta esta orilla del pueblo, y me encuentro aquí, arriba en esta colina, donde puedo ver todo lo que me gusta. Mi perro «El Negro” huele mi muerte y no se separa ni un ratito, se queda mirando con sus grandes ojos obscuros, cuando le cuento mis historias, cuando volteo al cielo a ver las estrellas, y le digo que aquella es la luna que no falla y que se acerca una estrella viva que va y viene, como nosotros. Por un rato mi vista sigue su camino hasta que desaparece; yo sé que su destino es eterno, en el más allá. Tal vez lleve mis palabras a otro cielo y pueda volver a verla algún día, y me cuente otras historias de gente como yo.

Ya es tarde: mañana tengo que levantarme de madrugada, para ir por las vacas al potrero que está allá lejos en la sierra. Volveré a mi casa muy despacio, para no toparme con fantasmas, que vagan día y noche, por el rancho que tanto quiero.

Víctor Hugo González Fernández.

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