Manos de nube

MANOS DE NUBE.

Dedicado con cariño a Blanca Díaz
Enfermera del INSABI

Lunes 14 de septiembre de 2020, hospital INSABI en Monclova, Coah., cama 18, la última de la sala de un hospital improvisado para satisfacer las necesidades de una población en contingencia.

Aquí no hay coronavirus. Aquí se atiende todo lo demás: fracturas, pie diabético, diálisis, cirrosis hepática, hipertensión, deshidratación, piedras, piedritas y piedrotas en la vesícula o riñón, etc., etc..

En esta sala solo habemos mujeres, mujeres mayores…muy mayores. A mis 69 años, tal vez sea yo la más joven.

En contraste, el personal médico, de enfermería, administración e intendencia es gente muy joven que proyecta una sonrisa que esconde un cubre bocas, pero que asoma traviesa a través del brillo de sus ojos, y la propiedad de sus palabras, y sobre todo en la calidez de su voz y trato amable.

Cuando veo a los enfermeros, mi imaginación los transforma en una familia de tiernos y astutos felinos que, oteando, se desplazan silenciosamente por toda la sala, atentos a cualquier señal que prenda el foco rojo de su intuición, y les indique que su presencia es requerida, ya sea cambiando un suero, aplicando el medicamento de las 15:00 horas o tomando los signos vitales de las pacientitas, como ellos nos llaman.

Al centro de la sala hay una pequeña isla donde papel y pluma en mano, registran segundo a segundo hasta el más mínimo detalle en la evolución de cada una de las inquilinas provisionales de este recinto, y he sido testigo de ese “plus” que desinteresadamente entregan en cada una de sus actividades, las cuales en ocasiones; superan por mucho las técnicas profesionales aprendidas en sus escuelas, como cuando queda un plato de alimentos intacto en una mesilla y ellos se acercan solícitos para indagar el por qué de la inapetencia, y animar a la pacientita para que coma, utilizando para ellos el lenguaje amoroso y la paciencia de una madre.

En estas latitudes el calor agobiante, a veces hace que el cabello se pegue a la frente, la piel se reseca y las batas, benditas y tradicionales batas verdes de algodón; se tiñen de manchas oscuras por el sudor. Las pacientitas aguantan estoicamente y no emiten queja alguna, pero el ojo avizor de los ángeles blancos llamados enfermeros, les emite una señal de alerta, de modo tal que solícitos se acercan a ofrecer un refrescante baño de esponja, convirtiendo el reducido espacio de una cama de hospital rodeada de biombos azules, en un exuberante spa. Cerrar los ojos, dejar las finas manos esparcir el shampoo en la cabeza, sentir suaves trozos de tela frotando brazos y piernas bajo la guía experta de manos de nube, que al llegar a la espalda se convierten en un masaje relajante que reactiva la circulación y la fe en la humanidad.

Al otro extremo de este santuario, donde el dolor y la esperanza se entrelazan al ritmo de quejidos, suspiros y oraciones, ahí, en el nicho 10; una mujer de 87 años cruza su mirada con la mía…o al menos eso quiero pensar. Quizá para ella soy solo un punto borroso en blanco de las paredes, pero me gusta imaginar que me habla con los ojos y me cuenta una historia criptografiada en los surcos de su rostro.

“Mira” –parece decir- “87 años, cadera rota y aquí estoy desafiando a la vida, aceptando el día a día como una bendición”. De vez en cuando las enfermeras en turno se acercan, cambian de postura su cama, y la asean mientras le hablan. No alcanzo a entender sus palabras por los 18 metros que nos separan, pero sí me llega al corazón el suave murmullo como eco de una brisa primaveral.

Largos cabellos caen húmedos sobre los hombros desnudos de la abuela. Siento que me observa, y desde mi puesto de observación vislumbro una luminosa sonrisa que me obliga a sostener la mirada en silenciosa comunicación, mientras mi mente, como un relámpago; enmarca su imagen como si fuese un cuadro salido de las manos surrealistas de Leonora Carrington. Un instante, tan solo un instante que se transforma cuando una enfermera con manos de nube, empieza a cepillar los largos cabellos de gris tornasolado que dan luz a la invernal belleza de una dama que seguramente arrancó suspiros a su paso hace medio siglo o más.

El cadencioso vaivén del cepillo va deshaciendo los nudos del desordenado resplandor capilar. Pronto las manos vuelcan el cabello formando una cascada semiplatinada al lado izquierdo del rostro.

Minuciosamente la enfermera entreteje los hilos de plata y peina. Teje y peina, peina y teje; sin perder ritmo ni cadencia. De vez en cuando la peinadora de manos de nube se retira un poco, como un pintor que se aleja para tener una mejor perspectiva de su obra. El tejido continúa hasta formar una larga trenza que al final, toma por la punta y anuda en un gracioso moño detrás de la oreja izquierda de la coqueta abuela.

No pude sustraerme al encanto de ese vetusto rostro de sonrisa resplandeciente, así que discretamente llamo a la enfermera y le ofrezco dos tarros de crema: una para la cara y otra para el cuerpo. A la enfermera le brillan los ojos de gusto.

Ahora sí; la abuelita de 87 años y cadera rota está lista para el toque final. Las cremas recorren el cuerpo de mi anciana musa, dejándose envolver por la suavidad de los aromas a romero, menta y manzanilla, los cuales son esparcidos por las manos de nube de la enfermera.

Cuando termina la sesión, un sopor envuelve a la abuelita coqueta, quien entrecerrando los ojos se entrega al placer del tratamiento recibido.

La enfermera viene y me entrega los potes con los afeites compartidos y me agradece, mientras yo la felicito por la devoción mostrada durante todo el proceso.

Ella, el ángel con manos de nube, me contesta como si nada con una sonrisa escondida en sus ojos –“se hace lo que se puede”. Sin más alardes, da media vuelta y regresa a la isla a levantar su reporte:

“Baño de esponja a la paciente de la cama 10”

Lourdes Brubeck.

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