La noche pesa

La noche pesa.

La noche pesa dentro de su ser, lo ha invadido todo, sus pensamientos revolotean de un lado para otro, están inquietos, no lo dejan descansar, giran siempre en torno a un mismo eje, sin dar paso a la claridad. Es el caos de la verdad relativizada, cada quien le dice lo que es acorde a la realidad, pero todos esos dichos contradicen lo que su razón percibe.

El bullicio de los festejos de la independencia del país ha cesado. Los vecinos duermen. Solo se escucha el golpeteo de la lluvia en el vidrio de la ventana, su monotonía lo aletarga, pero no le proporciona tranquilidad. No duerme ni está despierto.

Las palabras del discurso oficial rebullen en su cerebro con las chispas y colores de los fuegos artificiales: “…nuestro país es independiente… no vamos a permitir que vulneren nuestra soberanía…”

El parloteo de los políticos se repite sin cesar. Las multitudes las corean con frenética alegría.

En sus sueños se mantiene inconforme, una voz lucha por hacerse oír y le dice que otra es la realidad. Los pensamientos cambian intempestivamente. El caos le hace revolverse en su lecho, no le deja descansar.

En la búsqueda de la seguridad del entendimiento, con la esperanza de recobrar la tranquilidad, se interna por los pasillos de la biblioteca, es enorme, altas paredes de libros conforman las galerías infinitas. Considera que en el significado de las palabras está la verdad, debe ser única, objetiva, pero si hay otra que se le contrapone, entonces dejaría de ser verdad. Al fin da con el libro deseado, lo abre con avidez, escruta el diccionario y encuentra la primera palabra:

Independencia: Cualidad o condición de independiente.

No le satisface la definición, así que busca otra:

Independiente: que no depende de otro.

¡Qué desesperación!, busca otra:

Dependencia: Subordinación a un poder.

De pronto se acerca un hombrecillo de mirada aviesa tras las gruesas gafas, con otro tomo grueso, lo abre y le dice: “No hagas caso de ese mamotreto, está hecho para hacerte creer que ese es el significado de las palabras, pero son simples convencionalismos sociales impuestos por los tiranos de la humanidad que por tantos siglos nos han sojuzgado para mantenernos en su poder. Debes liberarte de ese lenguaje para ser tú mismo, nosotros estamos deconstruyendo sus mentiras colonialistas para dar a conocer la verdad del pueblo…”

La noche es densa, pesada, sus cadenas lo mantienen atado, son más duras que el acero. Por más que se mueve no se puede levantar. No ve los muros de la prisión, pero los siente en torno a él. El hombrecillo de los anteojos gruesos pone otro libro de pasta roja sobre la mesa, con un movimiento preciso lo abre en la página exacta. “Mira.” Le dice poniendo su índice sobre las palabras que quedan frente a él. “Abre bien tu mente, porque te voy a enseñar a tener un pensamiento libre, solo tienes que hacer lo que te diga…”

La imagen del gobernante presidiendo el festejo vuelva a aparecerse como una gigantesca pantalla frente a él, sus facciones parecen honestas, su mirada simula bondad. Su nuevo amo le dicta las palabras del discurso, el ensalmo que endulza los oídos del pueblo para mantenerlo dúctil. El nuevo amo extranjero, de pronto aparece en el festejo junto al gobernante, se cruzan las adulaciones entre ambos, pero el segundo, en agradecimiento le entrega el tributo deseado: el destino de la nación.

“¡Nooo!” Se escucha el grito desesperado en medio de la pesadilla, han desaparecido todas las imágenes, pero no puede despertar en medio de la oscuridad. La noche pesa sobre él, le presiona el pecho contra la cama dificultándole la respiración, no puede hacer nada, está privado de su libertad con el pretexto de que lo quieren liberar del engaño del antiguo amo.

El lucero del amanecer no logra abrirse paso por entre las gruesas capas de nubes.

En su sueño el hombre no distingue cuál de los dos poderes es más cruel, si el que por muchos años ha dominado o el que se dice el redentor del pueblo.

Entre la multitud apiñada en el festejo, busca a sus amigos, trata de dialogar con ellos para comentarles lo que está viendo, lo que distingue de la realidad, pero no los encuentra. Varias de personas lo miran curiosas, les explica las incongruencias, pero ellas se enfadan, lo insultan, lo amordazan, le atan las manos, lo someten porque no acepta la verdad absoluta del sistema.  Nadie lo escucha, todos lo ignoran, siguen festejando como el gobernante les ha dicho.

La noche parece eterna, la inquietud lo mantiene en una duermevela agotadora.

Todos permanecen dormidos, nadie quiere despertar…

Phillip H. Brubeck G.

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