Relato: Una Frida más ¿y Diego?

Una Frida más ¿y Diego?

— Estabas triste, mirabas con nostalgia las fotografías de las pancartas y las marchas del movimiento. Con poco ánimo, agarrabas tu diario personal, coloreabas con tonalidades violentas como es tu costumbre. Aunque seas tarabilla, sabes plasmar la pasión de tus ideas hasta en las piedras de río.

En la madrugada, en silencio, casi sin poder moverme, paseo mis ojos en su desnudo cuerpo, noto que con tanta cicatriz se ha vuelto atractivamente artístico, es inevitable no pensar en un nuevo lienzo.

— No puedes disimular el dolor ni los achaques, ni el odio que te brota como lava de volcán, no sé si afortunada o desafortunadamente estoy en tu pensamiento. Confundidos, se han compadecido de tu columna rota y algunos se han atrevido a glorificarte como semidiosa. Qué contradictorio, no tomabas en serio a las deidades religiosas, ahora te tienen allí plasmada, casi como santita de monasterio en un drama surrealista de cielos abstractos.

Mil veces quise ser la bella Modotti, o el camarada Trotski, ellos con sabiduría ecléctica, hábilmente descifraron por minutos tu dolor y soledad, te acompañaron, tuvieron un festín con la estética de tus cicatrices en habitaciones clandestinas, para mí fue inútil encontrar esa hebra, jalarla, y acercarme. A lo mejor no quise verla para no sentirme vulnerable y espantarme con la realidad de tu furioso amor y avergonzarme por la absurda forma de corresponder.

Las nubes neón hablan de ti, se cortan en tiras, en figuras geométricas y pinceladas alternas, el cubismo del momento precisa un viaje en el espacio-tiempo, como si algún artefacto producto del raciocinio hubiera sido diseñado y te hubiera sacado de esta década y llevado al futuro, pero con otra identidad; veo que te alejas sonriente con el mono Fulang Chang. En este momento ni yo me entiendo. ¿Por qué diablos se me ocurre pedirte fidelidad?, la cual no creo merecerla, y menos si estás en otra dimensión diferente a la mía.

Por unos segundos cierro los ojos, nuevamente te veo, parecieras estar en un mural movible desprendiéndote en ceros y unos, como película caes con suavidad delante de un artefacto cuadrado, tomas café en una taza decorada con tu nombre, solo un sorbo pues ya está frío y así nunca te ha gustado; enfadada, sobre una tabla alfanumérica tecleas con prontitud.
Él te suelta unos buenos días, te sientes halagada, en ese instante cambias, sabes que ése día va a ser grandioso, porque él está de buen humor, no importan los miedos y cólicos, o que la vida te halla aventado con una bipolaridad que a veces no puedes controlar y es obvio que te metas en problemas.

— Sé que vienes de otra parte, de otra época, la mayoría de las veces no cuadras, a él no lo has podido olvidar y no creo que puedas hacerlo, me has enseñado su trabajo y platicado lo que le pasó con Rockefeller. Él desde lejos, traspasa esta tercera dimensión, mima tú corazón, te conoce demasiado, reactiva el cursor en la pantalla de la pasión, él sabe llevarte al límite de las ansias, no te preocupes, el secreto está bien guardado.

Él quiere controlarte y para no pelear te evades en el ciberespacio, no entiendes porque has mutado en una simple marioneta como la que movías en aquel tiempo, cuando los huesos te jugaron una mala pasada. Ahora eres un genio improvisando en el poco espacio que te deja el dolor, a veces creando representaciones absurdas y fantásticas, irónicamente envueltas en la magia de las risas de los niños.

Inevitable, Diego aparece, desaparece, entrando, saliendo de tu vida, sin explicaciones de sus visitas a las otras casas, pintando cuadros que jamás viste, ese sapo que iba saltando de charco en charco, con su cara de buenazo que brillaba en la habitación más iluminada, pero el día que te llevaron a Bellas Artes, parecía más muerto que tú, esa vez comenzó su agonía, no tuvo fuerzas para retirar la bandera del partido comunista del ataúd, y allí se quedó silente, viendo sin ver.

— Lo más doloroso que he pasado, ha sido lo del aborto, ¿sabes?, siempre quise darte un abrazo o besarte la frente y decirte no sé qué tonterías, para que te sintieras mejor, pero no pude desprenderme de mi ego. Estaba asombrado o asustado o ambas cosas, con esos ojos saltones que casi salen de mi órbita y te espantan, viendo como sacaban el feto, con frustración llorabas por dentro y por fuera, maldijiste mil veces lo del accidente del camión y de las decenas de operaciones que te hicieron perder tu naturaleza para ser madre, alguna vez tu sangre llegó a salpicarme; más no me sentí sucio, sino todo lo contrario, guardé cada gota como reliquia, antes de cerrar nuevamente los ojos.

— Desesperada, confirmaste que tu regla estaba perdida, una vez más ignorada por el tipo que te sedujo con la palabrería de siempre, le pediste ayuda, ya sabías, te iba a mandar a la goma, y tú sola, enloquecida, sin saber a quién pedir auxilio, al mismo tiempo llorabas y dabas golpes a las paredes, sin importar que tus nudillos se hicieran polvo; la maldita casualidad me hizo conocerte cuando caíste justo enfrente del local. Pero poco duró la cordura, tú cuerpo no pudo retener al bebé. Definitivamente perdiste la razón y reencarnaste en La Llorona, pero no la de Chavela Vargas.

Volteo a la derecha para sacudirme el sudor, otra vez en el futuro, lo has visto con su mujer del brazo, pero no te importa tenerlo, es tu presa preciada y no vas a soltarlo fácilmente, a él le das la pasión prohibida, tu juventud y como una vela te enciendes para escapar, envuelta en el humo tras la ventana roja.

Me convertí en una ficción fraccionada, para estar cerca, encajado en tus parpados, me viste la primera vez, te di miedo, ahora soy una cicatriz perpetua, una herida macho que sangra en la casa de Coyoacán, y no vacilo en viajar por épocas siguiéndote.

Sabes que puedes perderte en el éxtasis o en el terror, estoy en las noches de vela, en las pesadillas, aparezco en las paredes, no importa qué hagas. Estoy allí, sonriendo, no importa que agarres una cuchilla y cercenes las venas para irte, no soy ángel ni demonio, ni hay exorcismo que te libere, simplemente salí de tus entrañas, no soy un simple Diego que sigue a su presa; creo que soy un fantasma involuntario, que no sabe cómo desaparecer…

Julio 2019.
Víctor Hugo González Fernández.

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