Violeta de abril

Violeta de abril

Era el día internacional de la poesía. La guerra por el poder de la palabra había logrado retrasar su celebración. Y fue en abril que la vida retomó su brillo, todavía opaco por el dolor. Los versos del mundo se concentraban de la mano con sus máximos creadores, en uno más de tantos conversatorios relevantes a nivel mundial, para disertar de sí misma como narciso frente al espejo; y admirarse quizás ante la presencia de sus más connotados exponentes y admiradores que la aclamaban sin cesar.

 Al escuchar su nombre, Violeta sonrió con acentuado nerviosismo, y, con calma de mujer bonita —temerosa todavía ante el inesperado llamado—, se levantó de su asiento y dirigió su mirada al lujoso estrado; apartó suavemente (con la maestría de una actriz, gracias a lo que había aprendido en las exigentes clases de actuación), la hermosa rosa roja que minutos antes había recibido, y suavemente la colocó en  la parte superior del lujoso espacio destinado para la oratoria, desde donde engalanó con su augusta presencia; pronunció unas breves palabras que, por escasas y contundentes, resonaron con ternura. Tomó el poemario —el que nunca editó— quizás el más olvidado, y, luego de una forzada pausa para calmar su corazón que corría a través de su respiración agitada en busca de calmar su emoción, y seleccionar uno de los textos de su creación, comenzó a deshojar imágenes (hechas sonidos) que caían sobre el peculiar espectador, envuelto en voces todavía sorprendido por la presencia femenil en lo más alto del escenario literario.  

Los murmullos fueron cesando en la medida que el encuentro del mortal con el espíritu creador se hacía más cercano, profundo; único. En cada pausa no sólo oxigenaba sus emocionados pulmones sino aprovechaba —como mejor lo sabía hacer— las lecciones de su maestro para desparramar su belleza y su dulce mirada, grabando cada gesto en su corazón que se disputaba con su alma el placer de guardarlo para siempre.

Instantes después —como por arte de magia—, los versos empezaron a saltar de las encantadas páginas, y el ritmo cadencioso de su voz, embelesaba a un público masculino sobre todo, que viajaba por la palabra hecha idea desde el mismo principio de la creación hasta perderse en las tenebrosas ráfagas del apocalipsis, en aquel recinto hasta entonces sólo para ellos; en búsqueda de quienes las recibían con agradecimiento y paz. 

El silencio —invitado de honor— por fin se atrevía a intercambiar ideas; su tardía llegada fue suficiente para que el auditorio se transformara en encuentro. Algo que viene siendo eco desde que el big bang desplegó sus níveas e invisibles alas y liberó la imagen que feliz revoloteaba sobre la superficie de las aguas a la espera de una orden divina para comenzar el acto de la creación, en labios de los Dioses y Diosas que en consejo discutían quién sería el poeta o la poetisa encargada de hacer posible su trascendencia entre nosotros.

Entonces apareció la mujer para hacerla infinita.

“Me pregunto qué es poesía cada vez que un verso viene a mí. Es un momento inevitable, un encuentro que se hace inolvidable; quisiera saber lo que pasa por sus inquietas mentes cuando crean o piensan crear algo que a lo mejor ciertamente no es lo que pensamos” —concluyó.

Cuando se despedía del afamado auditorio, Violeta simplemente retomó el obsequio y volvió a su lugar. Los aplausos se convirtieron en un auténtico callejón de honor que la acompañó hasta que su asiento la recibió con beneplácito en su regazo para calmarla unos minutos después. Ya más tranquila, esperó que culminara el acto y se retiró del auditorio mundial.

La noche era radiante y un cinturón de estrellas la observaba desde lo alto titilando con más fuerza en clara señal de lo agradecida que estaban de su hermosa presencia aquella singular noche; suspiró con ternura y sonrió en respuesta al pluriverso. Ahora sólo quedaba esperar el taxi que la llevaría al hotel. De pronto, sintió una suave mano sobre su hombro y una voz que le hablaba.

—No te asustes, soy yo. —Al darse vuelta se encontró con un rostro marcado por los años, desde donde parecían emerger unos ojos claros y profundos que la observaban con la ternura de tercera edad.

—¿¡Tú, Maestro!? —intervino todavía sorprendida por su inesperado encuentro.

—Sí, soy yo, estuviste brillante como siempre; veo que has cambiado de nombre, pero no tu belleza. Por qué Violeta —expresó intentando mostrar su mejor sonrisa.

—Porque es hermoso y es mi color preferido desde que era niña y tú lo sa… —respondió la hermosa mujer con seriedad.

—Entiendo, ¿y tu apellido? —insistió.

—Me casé con uno de mis doce pretendientes el día que tú…—El hombre la interrumpió.

—Lo siento, sólo quería que entendieras: eras muy joven y hermosa para mí; no merecía tanto.

—En cambio, yo, esperaba lo mejor: tú; sólo quería que me amaras; saber, y, sobre todo sentir si ese hombre capaz de escribir cosas tan hermosas, era real, existía; no deseaba nada más: Yo te amaba, pero en….

—Violeta, yo…—intentó justificarse, pero la encantadora mujer le hizo señas al taxi para que se detuviera frente a ella y abordó.

—Lo siento, es tarde, debo irme —expresó con palabras llenas de dolor.

—Al menos perdóname —continuó, El Maestro.

—Te perdoné el mismo día que rechazaste mi amor —enfatizó, y se introdujo en el vehículo, cuya puerta ofrecía su espacio para recibirla, gracias a la amabilidad del conductor; ante la mirada de su interlocutor que fue perdiéndose en la escasa luz de la madrugada hasta sucumbir ante la oscuridad que lentamente la envolvía mientras el vehículo se alejaba del reconocido lugar.

Por el camino, ráfagas de pensamientos y recuerdos inevitablemente iban dejando huella en sus encantadoras mejillas.

—Señorita, disculpe, ya estamos en el sitio indicado —intervino el hombre, ante la mirada perdida y llena de lágrimas que enlutaba el hermoso y radiante rostro de la bella mujer, quien de inmediato reaccionó:

—¡Gracias! —El conductor cumplió con el gentil ritual para que desembarcara—.  Muy amable señor; buenas noches.

Canceló el servicio y se dirigió escaleras arriba —no sin antes desparramar su mirada todavía opaca, por el paradisiaco lugar donde el turista se reunía a observar el horizonte—, buscando la amplia entrada del reconocido hotel, flanqueada por finos cristales que esperaron por ella hasta abrazarla en su interior, haciendo que su hermosa figura desapareciera ante los ojos atónitos del conductor, quien no perdió la oportunidad de contemplar aquel extraordinario ser en su sensual marcha hacia el objeto de cristal que esperaba por ella, que la estrechaba en su regazo aquella inolvidable  noche de abril.

Tulio Aníbal Rojas.
Venezuela.

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