El silencio de la soledad.
En homenaje a todos los abuelos
y abuelas, en este día dedicado
también a San Joaquín y Santa Ana,
abuelos de nuestro Señor Jesucristo.
Hay hogares donde el silencio
aprendió a decir sus nombres.
Habitaciones que resguardan
miradas cansadas,
manos que un día lo dieron todo
sin pedir nada a cambio.
Fueron quienes allanaron caminos,
quienes apartaron las piedras
para que otros caminaran
sin miedo, sin tropiezos,
con el amor silencioso
de quien entrega la vida entera.
Hoy, en muchos de esos corazones,
habita la ausencia.
La traición del olvido
ha ocupado el lugar
que antes llenaba las risas, los abrazos
y las voces de quienes fueron
la razón de sus desvelos.
A veces no esperan grandes regalos.
Tan solo anhelan escuchar un
“¿cómo estás?”,
sentir una llamada,
recibir una visita,
un instante de compañía
que les devuelva un pedacito de cielo.
Qué triste resulta
cuando los bienes de la tierra
pesan más que el amor sembrado
durante toda una existencia.
Porque el dolor de un abuelo olvidado
es un hilo invisible
que deshilacha el alma.
Hoy hagamos una pausa.
interrumpamos,
aunque sea por un momento,
ese silencio que tanto duele.
Abracemos a nuestros abuelos.
Escuchemos sus historias.
Tomemos sus manos.
Porque, mientras ellos sigan aquí,
todavía estamos a tiempo
de regalarles lo más valioso:
nuestra presencia,
nuestro amor
y ese pequeño pedazo de cielo
que nace cuando alguien les recuerda
que jamás debieron sentirse solos.
Nicolás Sosa
Venezuela.



