Prosa poética: El sol sale por la ventana de tu recámara

Primavera

EL SOL SALE POR LA VENTANA DE TU RECÁMARA.

A Carmen.

El sol sale por la ventana de tu recámara, no quiere quedarse encerrado en este día resplandeciente por el brillo dorado de tus ojos; anhela acompañarte con el ritmo de tus pasos por las calles de la ciudad, mientras en el cielo tiñe las nubes con sus arreboles, buscando competir con el color de tus mejillas.

Antes de recogerse, la luna se cuelga de los alambres para verte caminar en tu paseo matutino; te anuncia el inicio del último día del invierno. El frío se ha recluido en su habitación, busca resguardarse para retornar con las ánimas de todos los santos; ha dejado solamente un frescor agradable para tu paseo matutino.

A tu paso, los árboles te saludan con el verdenuevo de sus brotes, es una fiesta con el color de la vida al amanecer de la primavera.

Bordeando las vías del tren enmudecido tiempo atrás, las florecillas silvestres asoman sus minúsculos pétalos blancos y amarillos, quieren formar un rodete que adorne tus cabellos marrones y así ir contigo por todos lados, celosas de sus vecinas de suaves tonos lilas. Las hábiles manos del Creador las han dispuesto en macizos intercalados sobre fondos de hierbas verdes en una fiesta de color, para alegrar tu vida.

Inspiradora la mañana con su cielo despejado de toda insidia, la oscuridad de la envidia se ha marchado junto con todo aquello que pretende robarte la confianza. Como en una película, extasiado te veo pasar con la seguridad impresa por la armonía de tu ser. Siempre tú misma, segura de tu destino, con los ojos puestos en la senda del amor y la bondad, no sabes hacer otra cosa más que el bien con las palabras adorables enmarcadas por tu sonrisa y las caricias de tus manos.

Caminas serena, con la tranquilidad de saber que vas de la mano de Dios. Al verte, no me explico ¿cómo hay gente de alma abyecta que hace escarnio de la bondad, la belleza y la ternura de la mujer? Quizá sea porque las almas amargadas sienten envidia de la felicidad ajena.

Ya en el bosque, convertido en parque urbano, donde los árboles se aprietan en un abrazo constante, tu dignidad femenina te enaltece, tu paso firme hace crujir las hojas que el invierno acumuló en el piso, el arroyo fluye escondido entre ellas dejando escuchar las notas de su arpa, pausadas, a veces nostálgicas de los besos de amor que se fueron arrastrando entre nimios cauces escondidos por piedras y hojarascas cuesta abajo. Arriba, escondidas entre las ramas de los árboles, las aves emiten sus trinos para completar la sinfonía de la primavera que inunda con sus notas prístinas, ritmos del alma, los confines del universo lleno de tu luz, de tu sonrisa embriagadora.

Es esa, tu mágica presencia, la luz de mi alma, la razón de mi existencia.

Phillip H. Brubeck G.

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