Prosa poética: Creaciones oníricas.

Creaciones oníricas.

Hoy dejo que mis sentimientos hablen con claridad, por eso prefiero caminar por las calles que me escupen con su aliento siberiano la soledad de mi cabaña abandonada en la tundra.

Quiero se expresen sin represas ni diques que los contengan. Basta ya de cúpulas de cristal y tapices ilusorios que pretenden esconder las quemaduras de mi rostro, causadas por los torrentes de mi ser y no poder ser, que al fin, después de tantos relojes y vueltas de manecillas, desbordan los límites del iris para quedar estáticas por las caricias boreales dejando sus rastros como auroras que nunca traspasan las oscuras empalizadas del orto.

Aventuras que se van sin nunca haber sido. Sones de Orfeo que tañe las cuerdas de oro acompañando el canto del cisne. Las alas de Pegaso me llevan con la velocidad del tiempo, tan pronto cerca como lejos de los cristales pulidos de ónix donde mi rostro anhela ver su reflejo.

Furias de Plutón que matan a Cupido despeñando su carcaj en insondables abismos, arrastrándolo hacia destinos cáusticos al no alcanzar la flor del néctar de la eterna juventud.

Flores resplandecientes en otros jardines. Mieles de ajenos colmenares. Pétalos transplantados prematuramente a valles remotos flanqueados por murallas inaccesibles.

El aliento de las calles hiere mi rostro agrietado de tierra reseca, salpicándolo con pequeños cristales dulces que se confunden con mi callar amargo y austero.

Destino de lobo hambriento y águila enjaulada. Cadenas dolorosas que me atan cuando mis manos quieren la libertad de acariciar estéticos pilares de cantera refulgente y cálida, para llevar a mi boca sedosas cascadas de oscuro y aromático cacao.

Azucenas marchitas por una vuelta de reloj llegada a destiempo, en un movimiento arrítmico de dos esferas que se unen y se alejan, una hacia el vacío incierto y la otra tras un imán que no se le ha agotado la energía, a pesar de que muchos calendarios han cambiado.

Ilusiones que viajaron con las golondrinas y éstas las abandonaron en gélidos desiertos, buscan alas para retornar al valle donde nacieron.

Volcanes en ebullición, ardorosos de localizar las grietas de las murallas que esconden el grial y escanciar los efluvios de la primavera.

Aurigas impacientes, guerrilleros que acechan sin descansar esperando el cortejo, para acabar con el enemigo y reivindicar el tesoro a su antiguo destinatario.

Las llamas invaden la rústica cabaña abandonada en la tundra sin consumirla.

Los cristales del vaho callejero circundan las ventanas, mientras en el interior los radiadores no alcanzan a calentar la habitación.

Águila que quiere volar con las plumas heladas. Paloma de otros lares que ya no sé si volveré a ver surcar los aires del desierto. Ave del valle encerrado, del lago de cristal y de concreto, ¿volarás algún día entre el cálido y seco de las praderas cactáceas, dominios del águila poblados de nogales y mezquites?

¡Oh Zeuz! ¿Por qué permites que el lobo siga merodeando a la vera de la finca del banquete sin poder saciar su hambre, mientras otro, bien cebado desperdicia golosamente el fruto rojo de la vid?

A ti, que llevas por nombre la alegría, te conjuro para que quites los hielos de mi invierno y alejes los malignos presagios de las crueles pitonisas que me arrastran por un camino malhadado.

¡Oh espíritu de Romeo, espectro de Paris, anhelo de Ulises!, ¿por qué no te alejas de una vez por todas con las neviscas que me azotan?

Ya no quiero saber más, mis sentimientos se han desbocado en orgiástico festín de palabras al son de la flauta de Pan.

¿Dónde estás Orfeo?, responde cobarde para hacer callar tu lira, dime dónde te encuentras para mandarte al Hélade junto con tus creaciones oníricas. ¡Por Zeuz, responde!

Camino por las calles solitarias azotado por el aire helado que corta mis mejillas. De vez en cuando el silencio de la noche se ve interrumpido por el ruido del carro que pasa, y al sentir la humedad en mis pestañas que por ti derramé en tu añoranza alegría, paso mis manos por mis ojos y digo que está serenando antes de que el reloj lo dicte.

Phillip H. Brubeck G.

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