Consejos para escribir bien: El problema del queísmo.

Exceso de que.
Exceso de que.

Padece de queísmo…

El queísmo: un grave mal.

En días pasados la doctora Leticia me detectó un grave mal. La angustia me invade. En principio no lo pude creer, sentí era una exageración ese diagnóstico. No podía ser posible, durante tantos años, en el trato con una buena cantidad de especialistas (cuyos nombres no diré para no dañar su buena fama), todos sin excepción me dijeron estaba bien y a lo mucho indicaron algunos detalles menores, sin importancia en realidad y por ende se corregían fácilmente, pero ninguno me señaló la magnitud de mi mal. Por esta razón durante todo este tiempo creí estar bien, no me dí cuenta de ello, estaba ciego por completo con respecto a él, como aquellas enfermedades aparentemente inexistentes por no dejar sentir sus síntomas hasta cuando ya es demasiado tarde, cuando son ya irreversibles.

Al momento de emitir su diagnóstico fue muy clara, con esa transparencia del lenguaje rayana en la rudeza, pero con toda la mejor intención del mundo. Igual a todos los distinguidos por la maestría en su ciencia cuando señalan los detalles a los simples aficionados. Quise sentirme indignado, no era posible tal hecho, yo siempre tan cuidadoso, creía ser puntilloso en lo mío, pero la verdad me rebasó y con ello se presentó la depresión.

– Mire señor, usted tiene buenas ideas, pero -esa palabra fatal marcadora de las disyuntivas, precursora de la fatalidad- es una lástima carezca de técnica, es más, su peor problema es el “queísmo”, le arruina todo su estilo.

El problema del abuso.

Creía darle buen uso a ese relativo, sin tomar en cuenta el interrogativo, sobre todo por la gran amplitud de su uso, como lo explica Emilio Alarcos Llorach en su Gramática de la Lengua Española, “el relativo invariable que abarca las posibilidades funcionales de sustantivos, adjetivos y adverbios.” Así, cuando su función es de sustantivo, suele tener la función de sujeto, objeto directo, objeto indirecto, objeto preposicional, adyacente circunstancial, adyacente nominal, antecedente temporal y modal. Pero también en las construcciones enfáticas realza el valor del adjetivo; o bien, puede tener un antecedente adverbial en expresiones temporales o modales; y más aún, “puede llevar como antecedente una oración completa”, donde “el antecedente de que no es ninguna palabra concreta, sino el conjunto de lo significado en la secuencia precedente. Este tipo de oraciones degradadas son más frecuentes con otros relativos más explícitos de su valor neutro”.

No creía en el diagnóstico, no obstante lo tomé con filosofía, si ella así lo decía era por algo. Así pues, decidí revisar los cuentos analizados por ella, sin imaginar fuera tanto. Nunca cae mal una revisión de estilo adicional. Apoyado en la maravilla de la computadora, con el buscador fácilmente busqué todos los “que” de esas narraciones, señalándolos uno por uno con fondo rojo para resaltarlos, a efecto de analizar las circunstancias textuales como los había puesto. Terrible sorpresa me llevé: las hojas tenían más marcas rojas comparadas con las ronchas en la piel de un niño con sarampión.

Sí, este relativo se convierte en un elemento de ritmo, de sonsonete, con la agilidad de un estribillo, como en las rimas infantiles y juegos de palabras, pero termina siendo horriblemente redundante al grado de la peor cacofonía hasta llegar al hastío a donde empujé a mi estimada maestra.

Y cómo no, para ejemplo un botón, en una sola línea tenía cuatro seguiditos: “…decía que no era lo que esperaba, que su sueño era que le publicaran sus libros…”

En otro cuento, en un párrafo de 8 renglones lo repetí nueve veces; pero en otra narración, el párrafo estaba compuesto por 16 renglones e igual número de “que”.

Vaya vergüenza de un supuesto escritor con trayectoria, totalmente ciego a sus errores, por eso la publicación de mis libros se quedaba en puros sueños. Así, totalmente anonadado, con el ego hecho trizas, fui un poco más allá en el análisis para encontrar todas las palabras con la sílaba “que”, tónica o átona, tales como “queso, busqué, aquel, mosquetero, toques, pequeño, enroque, quería, quedó, talanquera, querer, requería, aunque, queja, porque, paquete, mequetrefe, publique, porquería, eusquerra, con sus posibles variantes de género, número, tiempo y modo correspondientes, por mencionar solo algunos de los encontrados y no aburrirle más sufrido lector. El resultado fue una mayor cacofonía.

Formas de corregir el defecto.

Consulté a un par de expertos, Martín Alonso y Gonzalo Martín Vivaldi, en la búsqueda del remedio a mi mal.

El siguiente fin de semana, desde hora muy temprana, encendí la computadora, cerca de ella conecté la cafetera para no estarme parando a cada momento y poder gozar de abundante cantidad de la infusión veracruzana de manera constante. Con paciencia inicié la cirugía mayor.

Unos “que” los eliminé simple y llanamente sin afectar en nada la estructura o el sentido de las oraciones; varios los cambié por otros relativos; pero en muchos hube de modificar la estructura sintáctica de los enunciados, cuidando por un lado no variar su significado y por el otro mantener un buen ritmo, el adecuado de cada momento según el contexto y los tonemas, además de la eufonía, por tratarse de elementos básicos para sostener la atención del lector.

Conforme iba haciendo cada corrección, ponía con letra roja la leyenda “eliminado que”, los “que” indispensables los dejé marcados con fondo amarillo, y todos los signos, palabras, frases u oraciones nuevas los señalé con negrillas. Al final los cuentos quedaron todos parchados, llenos de cicatrices por todos lados, como el rostro cacarizo de un adolescente de los años sesenta afectado por el acné. De mayores dimensiones en proporción a las ronchas de la viruela.

Había de darle un poco de tiempo para la adecuada cicatrización, para luego practicarle la cirugía plástica. Con toda la humildad posible para una persona con ínfulas de artista, nuevamente envié por correo electrónico las narraciones al laboratorio de la maestra Leticia, ella emitirá nuevamente su diagnóstico, dirá si la cirugía y la medicina aplicadas rindieron el efecto deseado; entonces será el momento de borrar con cuidado las manchas rojas y amarillas, así como dejar en el grueso normal las letras de las nuevas palabras.

Como piensas, escribes.

Pero esto es nada más el principio, el remedio coyuntural. El maestro Azorín y otros más, con palabras más o palabras menos, afirman: Cada quien escribe como habla. Pero en estos días he aprendido algo más: Cada quien habla conforme piensa. Por lo tanto, si mis estructuras sintácticas mentales están mal, de igual manera formularé las oraciones al momento de hablar, y por consecuencia a la hora de escribir.

El escolio marginal en la carpeta de gramática de mi cerebro es: cuida en todo momento el uso adecuado del relativo “que”, no lo incluyas de manera indiscriminada en todos tus pensamientos, fórzate con ejercicios como el actual, donde solamente lo mencionaste como el sustantivo del cual hablas o como ejemplo, y lograste evitarlo en todo lo demás. Así demostrarás el agradecimiento a la doctora Leticia por su acertado diagnóstico, pues aún es tiempo para corregir la tendencia mental.

Phillip H. Brubeck G.

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