En el silencio de la noche

En el silencio de la noche.

En el silencio de la noche mi alma aguarda, no está tranquila en medio de la oscuridad, no es porque Dios haya muerto, simplemente se apartó de Él, no sé cómo.

Es tan fácil seguir caminos involuntarios, la rutina, el ritmo de la vida. Poco más de un año de encierro, de salir nada más para lo indispensable. Cuarentena para evitar el contagio. Miedo a la enfermedad, a la muerte, como les sucedió ya a muchos.

Aislamiento social, solo conmigo, con la familia. Pretexto para hacer a un lado a todos, me digo cansado de intrigas, descalificaciones, palabras estultas, de invenciones falaces con tintes de verdad. Todo eso veo, lo siento, lo rechazo al tiempo que me aíslo, no quiero pelear, no deseo enemistarme con nadie. Me quedo solo sin recibir insultos en medio de un silencio extraño. No hay nadie, nada, vacío. Y al hacer ese vacío, sin darme cuenta lo excluí a Él también.

No sé, las más de las veces no dan ganas de buscar a nadie. Sí, extraño a los amigos, pero ¿por qué siempre tengo que ser yo quien los busque? Lo mismo que a mí les cuesta a ellos el esfuerzo de marcar un número telefónico, enviar un mensaje de whatsapp o de correo electrónico. Con eso sería más que suficiente para convivir con ellos, solo me cuesta el trabajo de romper el mutismo, tomar una vez más la iniciativa para buscarlos.

Sí, Jesús se hizo hombre para venir a buscarnos. Nosotros nos alejamos y Él se acerca. Nos habla y callamos. Él tuvo la iniciativa de la Cena Pascual y a los doce les lavó los pies, les compartió el pan y el vino, pensó en ellos y no en sí mismo.

En el silencio de la noche mi espíritu se revuelve en sí buscando la armonía perdida.

¿Me pasó lo que a los apóstoles? Los invitó a velar con Él mientras oraba en el monte de los Olivos, pero se quedaron dormidos. Luego se alejaron de Él.

Desde lo alto de la cruz abrió sus brazos con amor inigualable, con muda exhortación para imitarlo. Y ahora estoy en la oscuridad y la soledad del sepulcro, pues sin Dios estoy muerto. Este vacío me ha quitado el sueño, no puedo descansar si no tiene sentido la vida.

En mi cerebro dan vueltas las tantas veces que he leído en los Evangelios los pasajes de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, pláticas cuaresmales, retiros, ejercicios espirituales. Todo perfectamente racionalizado está en mi conciencia.

¿Pero dónde dejé a ese Cristo que pusieron en el sepulcro?

¿Lo he dejado ahí, solo, en la oscuridad de la tumba?

¿Me alejé de Él como lo hice de mis amigos?

Racionalmente creo en Jesús, en su muerte y resurrección, pero todo está oscuro, frío como el sepulcro, algo me falta en mi fe, en mi vida.

¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué te he abandonado? Sé que por mí moriste y resucitaste, llena mi corazón de tu luz para vivir en plenitud lo que mi intelecto sabe de memoria, para tener fe. Eso es lo que me falta, imitarte, salir de mí para buscar a mi prójimo, entregarme a todos los que me rodean, aceptarlos como son, amarlos como Tú lo haces.

Mi Jesús resucitado, no permitas que jamás me aparte de ti.

Phillip H. Brubeck G.

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