Gracias papá

GRACIAS PAPÁ.

Hoy tu imagen viene a mí con toda nitidez, tu rostro tranquilo y alegre, la mirada de tus ojos azules detrás de los lentes, con el color y el brillo del cielo totalmente despejado de esta mañana.

Los recuerdos se suceden unos a otros, bellos momentos como cuando íbamos de día de campo, a una pequeña presa no muy lejos de la casa, en la orilla jugábamos al béisbol mis hermanos y yo contigo, a la orilla del agua, lanzabas la pelota y debíamos batearla, aunque no siempre lo lográbamos, en un principio no era tan fácil pegarle, o atraparla con los guantes, todo era correr, brincar, hasta acabar exhaustos, bañados en sudor, y a la sombra de un árbol donde nos esperaban mamá y mi hermana, comíamos rebanadas de sandía y sándwiches.

De repente me veo caminando tomado de tu mano por las calles de la ciudad, era pequeño, como de seis años, al llegar a la placita, un paletero con el tintinear de las campanillas de su carrito me invitó a disfrutar sus paletas heladas. Te pedía me compraras una. Aceptaste. El vendedor se asomó por el pequeño espacio y sacó una paleta de tamarindo, en aquel tiempo eran mis favoritas por su sabor acidito y dulce. La comí lo más rápido que pude, antes de que el calor la derritiera.

Aunque las imágenes se agolpan y no permiten distinguir los detalles en particular, recuerdo cuando te festejábamos en el Día del Padre. Desde temprano, los cuatro te cantábamos las mañanitas, te llenábamos de besos y abrazos tras entregarte pequeños regalos, a veces eran manualidades que habíamos elaborado en el colegio, en otras ocasiones los comprábamos con lo que nuestros ahorros lo permitían. Al mediodía, siempre, la comida especial que mamá te preparaba de manera especial, y el pastel.

Pasaron los años, los estudios me hicieron vivir lejos de ustedes, pero el día de mi graduación, en el aula magna de la universidad, ahí estabas festejando conmigo. En ese momento sentía un gran orgullo de ser tu hijo, y sin decir muchas palabras te agradecí todo lo que me habías dado y enseñado.

Cuando nacieron mis hijos viajaste muchos kilómetros para conocerlos, para celebrar su llegada a este mundo, y cada vez que íbamos a tu casa, durante las vacaciones, eras el gran abuelito.

Hace veintisiete años Dios te llevó a su morada eterna. Desde el momento en que desaparecieron las barreras físicas tu espíritu siempre me acompaña, compartes mis penas y alegrías, me guías con tus consejos, tu mirada azul me llena de confianza.

Gracias, papá, por estar siempre a mi lado.

Phillip H. Brubeck G.

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