LLÉNATE DE AMOR.

El amor te llena de bondad.

Amor en familia.

Llénate de amor, de ese amor que día a día Dios te da.

Uno de los primeros beneficios que de él obtienes es la humildad, te permite aceptar a las otras personas y a ti mismo, como son en realidad, como seres humanos imperfectos que requieren el trato cariñoso, afectuoso, para avanzar en el camino de la virtud. Recuerda que siempre habrá alguien más santo que tú, o más pecador. Hay quien tiene mayor dicha o pesadumbre.

Con esa humildad te abre los ojos para que veas todo lo bueno de la vida, del universo, de las personas. Siempre es mucho mayor que las cosas malas, feas o negativas. Lo que pasa es que al espíritu crítico de nuestra cultura no le gusta mucho digamos eso, prefiere reconozcamos los errores y defectos, supuestamente para superarlos, sin embargo, en nuestra imperfección nos quedamos en la crítica y la condena, especialmente del pecado ajeno, así pasamos por justicieros.

Cierto es, no debemos aceptar el pecado, debemos luchar contra él. Si lo vemos en el otro, no lo imitemos, no vaya a ser que veamos la paja en el ojo ajeno y permanezcamos ciegos a la viga que traemos en el nuestro, así caeríamos en la soberbia de sentirnos los censores de nuestros hermanos. Cuánta razón tiene Tomás de Kempis cuando afirma:

“Pide frecuentemente consejo durante la tentación. No trates con dureza al que la sufra. Al contrario, infúndele consuelo, como quisieras tú que contigo hicieran”.

Ayúdale a corregirse, así los dos seguirán el mismo camino. De esta manera aprendes a ser realmente justo, como lo hizo Jesús con la mujer adúltera, no la condenó, le dio su perdón y consuelo, salvándola del odio de sus acusadores y del fuego eterno.

Como el amor es hijo de la fe, te proporciona la paciencia para tratar amablemente a los demás, a pesar de su ignorancia, su necedad o intransigencia, pues al despojarte del egoísmo te impulsa a buscar nada más el bien del prójimo. Paciencia para esperar el momento oportuno de recibir lo que tanto le has pedido a Dios, pues solo Él conoce el tiempo oportuno para cada suceso. Mientras tanto, en ese tiempo de la dilación con respecto a tu voluntad, mientras esperas, abre tu corazón a la palabra divina a efecto de descifrar las enseñanzas para tu espíritu, pues todo tiene una razón de ser y te ayuda constantemente a crecer, por lo que estarás mejor preparado cuando lo recibas, lo valorarás y aprovecharás mejor.

También te infunde prudencia, esa sabiduría que facilita conocer las causas de las acciones de tus hermanos, así como para encontrar el momento oportuno y la forma para decir cada cosa, ya sea en la corrección fraterna o en el júbilo del reconocimiento de los éxitos ajenos. Ata la lengua para detener el chisme, la calumnia o la insidia. De esta manera calma los ánimos exaltados, detiene tempestades, devuelve la armonía.

Deja que inunde tu ser, va a empaparte de esa bondad que se reflejará en cada una de tus acciones, de tus palabras, tus gestos. Todo esto contribuirá a la armonía de los círculos sociales que frecuentas, pues tu estado de ánimo se refleja en los demás, como la sonrisa ante el espejo.

Llénate de amor, de ese amor que Cristo te da, para que lo repartas a todos los que te rodean, que bien te lo agradecerán y sabrán pagar, pues amor con amor se paga. He aquí la clave de la felicidad, sin esperar nada más.

Phillip H. Brubeck G.

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