La incomodidad que siembran las palabras

La incomodidad que siembran las palabras

Leer no es un pasatiempo inocente, eso lo aprendí tarde. Leer es quedarse, aunque algo por dentro se incomode. Es abrir una puerta sin saber lo que va a entrar y te sorprenderá, lo sé porque me ha pasado, uno entra a un libro con la idea de entender algo y sale entendiendo menos, pero sintiendo más. Y quien empieza a sentir distinto… ya no vuelve a acomodarse igual en el mundo.

La lectura no llega a salvarnos, llega a desordenarnos. Nos mueve los muebles del alma, sí, pero no para dejarlos bonitos, sino para obligarnos a ver el polvo que llevábamos años ignorando. Nos hace preguntas que no sabíamos que existían y, cuando es honesta, nos deja sin respuestas cómodas. Ahí fue donde algo en mí se quebró —o se abrió— y empezó a tomar forma lo que ahora llamo escritura.

Yo no empecé a escribir cuando aprendí reglas, empecé cuando callarme empezó a pesar más que equivocarme. Cuando una imagen, una memoria o una injusticia no me dejaron seguir como si nada. No escribo para decir algo bonito; escribo porque hay cosas que, si no se nombran, se pudren en silencio. Y una aprende a reconocer ese punto exacto donde la palabra ya no es opción, sino necesidad.

En un mundo que corre para no mirar, leer es una forma de quedarse quieta sin ser pasiva, y escribir es dar un paso al frente sin pedir permiso. No para gustar, no para acumular aplausos, sino para señalar, aquí hay algo que no debe pasarse por alto. Porque las palabras no son aire; se quedan, marcan, moldean la forma en que entendemos lo que vivimos.

Por eso leer bien importa, no todo lo que se escribe alimenta. Hay textos que despiertan y otros que adormecen, y aprender a distinguirlos también es una forma de defensa.

El que escribe de verdad no está pensando en agradar. Está intentando ser honesto desde el lugar que le tocó habitar, aunque eso incomode, aunque sea pequeño, aunque no encaje. Porque escribir no es escapar de la realidad, es meterse en ella con los ojos abiertos, aun cuando salpique. Es aceptar que no todo lo que uno encuentra es bonito, pero aun así decidir dejar constancia.

Hoy, en medio de tanto ruido y de tanta prisa por olvidar, el libro sigue siendo un acto lento, casi obstinado. Y en esa lentitud está su fuerza: obliga a mirar con atención, a sostener una idea más allá de unos segundos, a convivir con lo que incomoda sin cambiar de tema. Leer nos entrena para mirar; escribir nos obliga a mirarnos.

A un pueblo que lee no se le engaña tan fácil. No porque tenga todas las respuestas, sino porque ha aprendido a hacerse preguntas propias. Y eso, en cualquier época, es peligroso.

Por eso importamos, los que leemos y los que escribimos. No como figuras, sino como testigos. Gente que observa, que escucha, que decide no hacerse de la vista gorda. Gente que entiende que escribir no es un adorno, sino una forma de decir: esto pasó, esto dolió, esto importa.

Que no se nos olvide, las historias no cambian el mundo de golpe. Pero siembran algo más difícil de apagar… la incomodidad. Y una persona incómoda, despierta, es muchas veces el principio de todo lo que después llamamos cambio.

Por eso celebro que este espacio haya cumplido diez años, porque sigue siendo de esos lugares donde la palabra no se desperdicia.

Gardenia Verchiel.
México.

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