La nariz

LA NARIZ.

Todo mundo alaba la boca o los ojos de las mujeres, pues son consideradas por la mayoría las puertas de la sensualidad femenina; pero pocos reparan la nariz, lo cual me parece extraño, pues a través de ella podemos conocer mucho del carácter de su portadora. Hay quienes podrán decirme que varios autores han escrito poesías y hasta una novela inspirados en la célebre y descomunal de Cyrano de Bergerac, pero eso es olor de otro guiso porque es masculina y a mí me interesa únicamente contemplar las de las mujeres.

Veamos, en este momento pasa frente a mí una pequeñita respingona, tal así como del orgullo familiar; es blanca, me habla de alegría y bondad, con ella se puede hacer una buena amistad.

Al contrario de la anterior aquella recta, estilizada, como pedante, presume de sólo oler perfume fino, por eso se levanta con la cara un poco más arriba del horizonte, lo ideal para ella son las fragancias de Chanel, cualquiera pensaría, pero no es así, a mí me da la impresión de que anda venteando para saber de dónde procede el olor eyectado por el zorrillo; ésas son peligrosas porque en su egoísmo nato se sienten superiores al resto de los humanos, y lo de abajo siempre les huele mal; pero por más que eleven la nariz sus intentos se verán frustrados, pues los gases tienden a disiparse un poco más alto.

Capta mi atención una ancha y morena oscura de amplias ventanas, denota la pasión tropical para percibir los olores de la selva africana, los cuales extraña al estar escondidos de la metrópoli que hoy nos alberga.

Quebrada a la mitad del arco rompe hacia abajo para sostener las pequeñas antiparras casi al final del gancho de vieja cacatúa parlanchina, chismosa, alborotadora, huyan de ella antes de ser atrapados por la furia del tifón verborreico.

Pongan atención en esa, es bastante grande y roja, en todo se quiere meter olisqueando la vida privada de todos sus congéneres, para eso es tanta capacidad instalada, pero en el exceso de uso ha terminado constipada y requiere constantemente el auxilio de una mascada grande como las que venden al pie de la Torre Eiffel para drenarla constantemente.

Ojo, no dejemos que escape esa que vuela a toda velocidad, es una poco estética, delgada y larga; de vieja bruja cascarrabias, siempre anda buscando hacer el mal.

Veamos esa chatita con cara de portazo, todo lo más adosada al rostro para no sobresalir, está diseñada así para guardar la intimidad y nadie pueda intuir su verdadera timidez, dejémosla siga disfrutando de su mundo interior.

Allá pasa la recta del clásico perfil griego, etérea, divina, realmente tiene esa sensualidad cantada por los antiguos poetas helénicos; su poder seductor provocó la guerra de Troya, pero al mismo tiempo, como Venus o Afrodita, es inalcanzable para los pobres mortales por su belleza olímpica que se alimenta con el olor del incienso.

Aquella morena a mí me parece ha de ser demasiado belicosa: chata, pero de grandes protuberancias boludas, parece de la raza Bulldog; es conveniente mantengan una distancia prudente cuando las aletas empiecen a resoplar como dos fuelles frente a la fragua, pues es signo de la cólera a punto de estallar.

Por acá viene otra redondita, como racimo de pequeñas cerezas en una muñeca de porcelana; huele a ternura y delicadeza para inspirar ese sentimiento que brota con el aroma de las flores cuando las nieves dicen su adiós.

Hoy han pasado tantas narices frente a mí, cada una olfatea el camino que hoy la ha traído hasta aquí. En todos sus colores, tamaños y formas, vienen oliendo los negocios desde otros países de Europa, de Asia, África, América y Oceanía; me llamaron la atención, las seguí en el pequeño trayecto de la estela perfumada de sus formas de ser. Sólo me he fijado en las descendientes de Eva, porque las narices pertenecen al eterno femenino cautivador el corazón. Todas son irrepetibles, individuales como una huella digital, pero falta aquella que me embelesó cuando la vi por primera vez, es casi recta, ligeramente curvada hacia abajo, con su final semiesférico como sus pequeñas medias esferas laterales en perfecta armonía, la cual me ha hablado siempre de amor y de ternura, de la bondad activa en su corazón, siempre dispuesta a perdonar los agravios recibidos. No pasará hoy por aquí, aún y cuando mucho lo deseo, pero se quedó al otro extremo del Atlántico, por eso la traigo siempre junto a mi corazón.

Phillip H. Brubeck G.

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