Bendito silencio

BENDITO SILENCIO.

«De la soledad salimos empapados
de los hálitos de Dios.»
(José Vasconcelos: “Elogio de la soledad”).

“Bendito silencio” –escuchó una voz que salía de su interior.

En la madrugada no se escuchaba ruido alguno, encerrado en su biblioteca ni siquiera le llegaba el sonido de la respiración acompasada de su esposa y sus hijos dormidos tranquilamente en sus habitaciones.

Tomó un trago de café. La vista fija en la pantalla en blanco. Los dedos se negaban a danzar sobre el teclado, no había ideas que les imbuyesen su ritmo. No supo cuánto tiempo transcurrió para el siguiente trago de café en una acción mecánica. La mente totalmente despejada, en un azul celeste, ninguna nube de pensamiento. Una ligera brisa circulaba en su interior, le impregnaba a su alma la armonía del cosmos.

Es muy difícil mantener a la mente quieta, más cuando ningún estímulo externo la entretiene. En cuanto se dio cuenta de su tranquilidad envuelta con el silencio, sus pensamientos le transportaron a un país lejano, en los llanos colindantes con la selva ecuatorial. Vio a su amigo de figura delgada y mirada perdida entre las nubes más allá de las cumbres andinas, en el solitario silencio de su hogar, remojaba en el café, junto con el pan, los recuerdos de su esposa y su hija.

Años atrás, cuando la niña era una pequeñina de brazos, ambas se vieron forzadas a emigrar al otro extremo de las montañas en la búsqueda de mejores condiciones económicas y políticas para vivir. Él le había prometido alcanzarlas en cuanto la oportunidad se presentara, pero ese día manteníase alejado en los confines de la esperanza, sin poder cumplir su sueño anhelado.

Remojaba en el café la tristeza de su soledad. Las horas que pasaba en el trabajo y con los amigos no eran suficientes para llenar las habitaciones desde que caía la noche hasta que brotaba el nuevo día, y más en aquellos días de las procesiones de Semana Santa a las que había asistido en compañía de su esposa años atrás. La soledad del desierto, el triste silencio del Monte de los Olivos.

La veleidad de los pensamientos, difícil de domeñar, le trajo la imagen de otros amigos, la señora, fiel amante de su esposo, en la cama del hospital, no alcanzaba a distinguir qué era más doloroso, si el quiste maligno invasor de su pecho con el que había alimentado a sus hijos; o la agresividad de la quimioterapia que la dejaba sin fuerza postrada en cama y los cabellos adosados a la almohada; o soportar estoicamente los sufrimientos físicos y espirituales del viacrucis que estaba recorriendo, para no mortificar más a su esposo e hijos, quienes le proporcionaban sonrisas y palabras de aliento, solícitos al menor deseo, aunque sus ojos denotaban la preocupación y cansancio por tan largo tratamiento, y en el fondo la chispa de la esperanza del milagro divino.

El poeta siempre activo, escribe sus versos pletóricos de vida y amor, la fuerza de su voz, como el cóndor, con la radio se eleva por encima de las cumbres nevadas y traspasa las fronteras, sin dejar traslucir el dolor que lacera sus entrañas y los tratamientos que prolongan su vida en el hospital. Las espinas y azotes que laceran al Nazareno lo impulsan a continuar en su labor creadora.

Los amigos a quienes la diabetes está robando la vista, uno vive sin nadie que le acompañe en su casa, pero día a día se entrega para que otros conozcan a su Salvador, ya no tiene la misma actividad de antes en el templo parroquial con la organización de ejercicios y retiros espirituales, pero su ejemplo sigue impulsando a muchos a su alrededor. El otro, ya no puede darle forma al metal, su trabajo es humilde, pero lleno de amor para mantener a su familia, se niega a rendirse ante la adversidad, su fuerza proviene del Calvario, en el camino ascendente, levantándose cada vez que sus rodillas tocan suelo.

En la pampa por donde corre el Arroyo Azul, una mujer sufre la fuerza del marido posesivo, él no entiende la necesidad de permitirle ser ella, sufre la incomprensión como sufrió Jesús por parte de sus paisanos y los fariseos durante su tiempo de predicación por las tierras de Israel. Qué difícil es vivir es ese ambiente siempre hostil, pero la magia de la poesía hace brotar del corazón de la poetisa versos llenos de amor y de paz, para enviar su mensaje más allá de los mares, al tiempo de mitigar sus penas, pues el mundo donde realmente encuentra la plenitud.

El monitor siguió en blanco, las teclas permanecieron mudas. De pronto saltó la imagen de la joven madre, inteligente, trabajadora. Incansable en su esfuerzo para dar a cada momento una vida mejor a su hijo, no le importaba el abandono de su marido. La infidelidad del esposo no fue obstáculo para sembrar el mensaje del amor divino en el corazón tierno de su pequeño. Cierta noche, los ojos del niño fueron vieron cómo, entre convulsiones, de manera repentina cesó la existencia terrena de su madre y convertirse en ceniza. Ahora el hijo tenía que ir a la otra familia del padre que años atrás lo había abandonado.

“¿Por qué tanto sufrimiento de la gente que solo hace el bien y busca amar cada día más?” –forzó la impresión de las letras negras en la pantalla de la computadora. El escritor vio que sus malestares, de los cuales secretamente se quejaba, no eran nada comparados con los sufrimientos que padecían sus amigos. Sin embargo, todo parecía no tener sentido. “¿Por qué?” La pregunta retumbaba en el silencio de la madrugada.

La oscuridad total envolvió al escritor, con los ojos del alma se percató estar dentro de un sepulcro. Frente a él distinguió el cuerpo del Mártir del Gólgota. El que nunca pecó, quien pasó por el mundo predicando el amor, quien curó a los enfermos y solo hacía el bien a los demás, ahí estaba tendido frente a él, había padecido la incomprensión de sus contemporáneos, sin haberlos ofendido fue objeto del odio irracional, con el cruel escarnio de las acusaciones falsas, la blasfemia; martirizaron su cuerpo al coronarle con espinas, el látigo que surcó su espalda, el madero en sus hombros y las rodillas en la tierra, sus miembros traspasados por los clavos y la lanza. Dolor supremo en el alma y en el cuerpo.

“Bendito silencio –escuchó la voz que salía de su interior–, te permite ver cómo Jesús asumió la soledad, el dolor y la muerte, para transformarlo, darle un sentido trascendente, el del amor.”

“Mira cómo la esposa y la hija del amigo que mandó a otro país tienen una vida mejor, lejos de las penurias de la dictadura, y él sin perder la esperanza de volver a unirse a ellas, mientras tanto vuelca su amor a los niños de su tierra, sin dejarse abatir por la tristeza.”

“Mira a la madre, soporta en silencio la enfermedad, lo ofrece por la santificación de sus hijos y su marido, y ellos viven el amor en grado excelso al estar siempre al cuidado de ella, ofreciéndole a Dios el cansancio y el sufrimiento que les provoca la enfermedad de ella. Lo mismo sucede con los hijos y la esposa del herrero que está casi ciego y de él para con ellos.”

“Los versos del poeta agradecen a la esposa amante y vuela por el Continente dando alegría y esperanza a sus lectores y audiencia, al igual como lo hace la poetisa, para darle a su marido la oportunidad de transformarse en el amor y le reconozca su valor como persona.”

“La pérdida de la calidad visual, no es impedimento para que el amigo siga el ejemplo de su Salvador y se mantenga ayudando a quienes le rodean, siempre con alegría.”

“El huérfano siempre llevará en su corazón las enseñanzas vivas de su mamá, al tiempo que tendrá oportunidad para descubrir con su papá el amor encubierto por el velo de un conflicto conyugal, ahora desaparecido.”

“Bendito silencio del sepulcro precursor de la vida eterna, nos permite comprender que toda alegría y sufrimiento del hombre tiene su razón de ser dentro del plan de la salvación.”

Phillip H. Brubeck G.

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