Cuento: La guirnalda.

Arroyo

LA GUIRNALDA.

Pradera florecida

A Diana.

Al entrar a los terrenos del rancho sintió que le hacía falta aire, bajó el vidrio de la ventanilla, un abundante soplo de yerbanís inundó el ambiente de la camioneta aromatizando sus pulmones. Las colinas entre el camino y el bosque estaban cubiertas del verde de la hierba interrumpido en ciertas zonas con amplios manchones de flores amarillas, blancas o malvas, perfectamente delimitadas unas de otras, como una gigantesca guirnalda que circundaba el bosque de pino y encino que se erguía majestuoso tapizando los cerros con sus frondas, bajo un cielo azul brillante, totalmente despejado.

Sintió cómo sus pulmones se revitalizaban al entrar en ellos el aire fresco, su aroma, humedad, pureza penetraron por todas sus células invadiendo cada rincón de su ser.

Estacionaron los vehículos frente a la casa grande del rancho. Sentía tiesas las rodillas despúes de una hora de viaje desde la ciudad. Lo mejor era revitalizarlas, así que se puso en movimiento con pasos pausados por las veredas. Hacía más de dos años que no había salido al campo. No muy lejos de él vio a un grupo de caballos pastando libremente, los potrillos correteaban con increíble agilidad.

– Apóyate en mi brazo para que no te vayas a caer –le dijo su hijo mayor que se le acercó en ese momento.

– No te preocupes hijo, la vereda no ofrece ninguna dificultad –los recuerdos empezaron a bombardearlo-. Cuando era joven me gustaba mucho salir de campamento con los amigos, en vacaciones, con las mochilas en la espalda caminábamos a campo traviesa tres o cuatro horas hasta que encontrábamos el paraje ideal para plantar la tienda de campaña, encendíamos la fogata y junto a ella pasamos veladas inolvidables.

– ¿Y no se toparon con animales salvajes?

– Casi nunca, los animales silvestres en cuanto sienten la cercanía de un ser humano huyen, nos tienen mucho miedo, saben que somos los mayores depredadores del mundo. Una vez, ya habíamos montado el campamento y salimos a buscar ramas para la fogata, cuando vimos una víbora de cascabel, estaba enroscada, hacía sonar sus crótalos, sus escamas se camuflaban entre las hierbas y ramas; no estábamos muy lejos de la tienda de campaña, lo que en parte nos preocupó, no fuera a ser la de malas que mordiera a alguien de nosotros por estar invadiendo su territorio. Carlos cogió una piedra grande, pesaría como unos cinco kilos, se la lanzó encima, pero solamente rebotó sin que el animal sufriera daño alguno, dejándonos sorprendidos por su resistencia. Cautelosa se empezó a mover para defenderse, pero Sergio con una rama que tenía una horquilla en un extremo, la inmovilizó justo en la parte trasera de la cabeza, lo que aprovechó Wilfrido para decapitarla con su hacha de cazador.

– ¿Y qué le hicieron a la víbora?

– Le quitamos la piel y los cascabeles, Sergio se los llevó a su casa como trofeo, luego la asamos en las brasas, sabía rico.

Al llegar a un arroyo de agua totalmente cristalina, se arrodilló, con sus manos hizo un cuenco para beber.

– No te vaya a hacer daño papá.

– No te preocupes hijo, esta agua está más limpia que la que recibes en la casa. Mírala bien, es transparente, no hace espuma, su sabor es ligeramente dulce, agradable, perfectamente oxigenada –luego de beber se enjugó el rostro y se secó con el pañuelo, gozando el fresco que le dejó en la piel.

– ¿No les daba miedo toparse con los narcos cuando salían de campamento?

– En aquellos años el campo era muy seguro, era un secreto a voces que en lo más intrincado de la sierra tenían sus plantaciones de amapola y marihuana, pero no se metían con la gente. Jamás tuvimos situaciones difíciles con delincuentes. Prácticamente podíamos ir a cualquier lado a excursionar entre los bosques, llanos o desiertos. Nos gustaban mucho las caminatas nocturnas, la luna llena nos daba toda la luz que requeríamos.

******

La algarbía de la familia

inundaba el comedor, escapaba a borbotones hacia la sala. El hombre se encontraba sentado en el sofá, en ese momento algo le empujaba a la soledad, como un alma vieja en la búsqueda de su identidad.

El escándalo lo aventó afuera de la cabaña, en medio del bosque. Subió el cierre de la chamarra para detener el paso del frío a sus huesos septuagenarios. A pesar de estar a mitad del verano, en ese lugar de la sierra sentíase el frío.

– Abuelito, ¿te sientes bien? –escuchó a su espalda una voz dulce. Acto seguido una adolescente lo tomó del brazo- Con tantas estrellas no se distinguen las constelaciones.

Los pasos del anciano se dirigieron al camino, guiando a su nieta hasta donde iniciaba la oscuridad. Dando la espalda a la luz de los focos de la cabaña, levantó la vista hacia la bóveda de satín negro salpicada con diamantina plateada.

– Mira, aquella se ve como anaranjada, se distingue de las demás estrellas que se ven más amarillas.

– Sí, se ve como roja.

– Debe ser marte.

– ¿Por qué brillan los planetas si no tienen luz propia?

– Reflejan la luz del sol, como cuando toca tus cabellos se fusiona contigo para iluminarnos con la alegría de tu juventud.

Vía láctea

– Esa nube alargada está muy rara, su resplandor es precioso.

– Fíjate bien cómo brillan estrellas en esa franja que dices de neblina, se ven muy claras, así que no puede ser una nube, porque esta las taparía.

– ¿Entonces qué es?

– La barba larga de un noble anciano, sirve para guiar a la gente en su caminar por los senderos oscuros de la vida hacia la verdad de la palabra. Es un río de espuma blanca para transportar a las viejas almas a su destino. Los romanos le llamaron vía láctea.

– ¡Mira abuelito! –exclamó la adolescente apuntando con su índice arriba frente a ella- Pasó una estrella fugaz.

– Detenla para que no se lleve tus ilusiones. Fíjate, allá está Escorpión, esas cuatro estrellas –explicó el anciano siguiendo el trazo con su dedo- son las tenazas, luego desciende curvando su cuerpo y allá se enrosca la cola.

– Sí, al final están juntitas una estrella grande y una pequeña.

– Como tú y yo. Ven, vamos al otro extremo de la luz.

Con precaución siguieron el camino en sentido contrario, llegaron a la raya de unión de la luz artificial con la sombra; tuvieron que avanzar un poco más, pues un árbol les estorbaba parcialmente la vista del firmamento.

– Allá está la Osa Mayor, las dos estrellas de abajo apuntan hacia la estrella polar, pero los cerros son unos guardianes celosos que no quieren que veamos a la Osa Menor, la están protegiendo de los cazadores furtivos.

– ¿Cómo le hacían los antiguos para distinguir las constelaciones, pues tenían menos luz que nosotros?

– No sé, todavía no me han dicho su secreto, ¿será que ellos veían lo que nosotros, gente de ciudad, no podemos ver?

– ¡Otra estrella fugaz!

– Como los sueños cuando amanece, rápido se escabullen dejando una ligera estela, para después esconderse en la oscuridad del mundo consciente.

Solo se escuchaba el dúo interpretado por el croar de la rana y el canto del grillo en el silencio nocturno.

******

La adolescente sintió la presencia

de unos ojos que la miraban de manera penetrante en medio de la oscuridad, se levantó un poco recargando su cuerpo en el brazo. Sus ojos escudriñaron las tinieblas, en la cama de al lado el abuelo dormía profundamente.

La quietud la llamó a sus oídos con una voz extraña, como de anciana. Se calzó sus botas y se puso el suéter que había dejado junto a la cama; con sigilo se deslizó por entre las habitaciones cuidando no despertar a nadie. Al salir de la cabaña se quedó quieta dudando hacia dónde dirigirse.

– Acá estoy mi niña –escuchó la misma voz sosegada.

La llamada salía de unos matorrales a un centenar de metros a su derecha. El silencio del ambiente le permitió escucharla como si fuera más cerca. Sus sentidos estaban alertas. La luna apenas era una uña creciente, sin embargo podía distinguir con claridad una estrecha vereda. Al llegar a los arbustos sintió el ruido de unas pisadas que se alejaban amortiguadas por las hierbas. Siguió el rastro fresco del paso de ese ser que le precedía hasta llegar a un arroyo con su rumor constante.

Unos chillidos agudos descendieron de los árboles, de inmediato volteó hacia arriba para ser testigo del vuelo atolondrado de una bandada de murciélagos en pleno festín.

Una bola de fuego saltó por entre los troncos de los árboles. Con las manos se restregó los ojos para estar segura de que no era un sueño, se le hacía ilógico que ese objeto en llamas no provocara un incendio en el bosque. Sus saltos eran erráticos y vio cómo se escondió detrás de un árbol bastante viejo. Debía investigar de qué se trataba. Cuando llegó al árbol rodeó su tronco ancho y vio a una anciana con sus cabellos canosos entrelazados en una trenza bastante gruesa, las arrugas de su piel morena hablaban de muchos años como los viejos pergaminos, pero de sus ojos brotaba un brillo juvenil aparentemente amistoso.

– Te estaba esperando mi niña.

– ¿Quién eres? –preguntó desafiante.

– Eso no importa mucho, puedo ser tu destino o tu conciencia.

– Eso es falso.

– Como tus ilusiones. Yo los hice venir a este rancho.

– ¿Qué quieres?

– Tu voluntad.

– ¿Para qué?

– Me vas a entregar el aliento vital de tu abuelo, lo necesito, porque los años que ha vivido me revitalizarán por otro siglo.

La rebeldía de la muchacha sobrepasó los límites del miedo, sin reflexionar se abalanzó sobre la anciana buscando acabar con ella, pero se quedó sorprendida al comprobar la fuerza de su oposición. De pronto unos brazos invisibles la jalaron hacia atrás para separarla de la mujer.

– ¡Eres una bruja maldita!, pero no vas a poder conmigo –gritaba en su impotencia- yo tengo lo que a ti te falta y jamás te lo voy a dar, a mi abuelo no le vas a hacer nada.

En el forcejeo logró liberarse de la fuerza que la retenía, se abalanzó sobre la bruja, le jaló de la trenza haciéndola caer, se aventó sobre ella y a horcajadas se puso a darle puñetazos en la cara. Una vez más sintió cómo una gran fuerza la levantó por los aires, como si fuese una muñeca de trapo, cayó de espaldas en la tierra, sintió sobre su pecho un peso enorme que no la dejaba respirar.

– ¡Suéltame, desgraciada hija del demonio!

Con la flexibilidad de sun cuerpo adolsecente logró zafarse de su agresora. El instinto de superviviencia la hizo levantarse de inmediato y salió corriendo de regreso a la cabaña, debía llegar antes que ella. En su carrera tropezaba con las ramas de los árboles y las rocas que parecían obedecer las órdenes de la bruja para no dejarla escapar. En una de esas, al caer sintió el agua del arroyo que la envolvió, la fresca humedad la reanimó para seguir adelante, sabía que ya no estaba lejos. Al salir del bosque, en el claro que mediaba para llegar a la casa grande, los murciélagos la atacaron pero se defendió a manotazos.

– ¡Abuelito!, ¡abuelito!, ¡nos están atacando, la bruja te quiere robar el alma!, pero yo no los voy a dejar, no permitiré que te hagan nada…

La respiración agitada y los movimientos bruscos de la adolescente despertaron al anciano, quien tardó unos segundos en darse cuenta de la situación. De inmediato se acercó a la cama de ella, con cariño empezó a controlar sus brazos, acariciándole los hombros.

– Ssshh, sssh, ssshhh, ssshh. Tranquila hijita, aquí estoy.

En cuanto dejó de moverse bruscamente la joven, el señor la abrazó cariñoso, susurrándole palabras tiernas. Mientras le acariciaba el cabello, de manera gradual su respiración se fue normalizando.

– Ya mi pequeñita, ya pasó todo.

– No abuelito, ahí está afuera.

– ¿Quién?

– Una bruja horrible, te quiere robar el alma, dice que los años que has vivido le permitirán vivir otro siglo.

– No tengas miedo –le dijo mientras la mantenía abrazada-, Dios está con nosotros, no permitirá que nos pase nada malo.

De debajo de su camiseta sacó un pequeño crucifijo que atado a una correa de cuero colgaba de su cuello. Se lo puso a la joven.

– Esta cruz, símbolo del Redentor, nos cuida, las brujas le tienen pánico, al igual que el demonio. Tranquila, recemos juntos, así nunca podrá entrar a la cabaña. Padre nuestro que estás en el cielo…

La oración y las caricias del abuelo le devolvieron la calma y poco a poco el sueño la acogió nuevamente.

*****

El sol había recorrido

un par de horas en su camino ascendente cuando toda la familia se congregó en el comedor para desayunar. Como no cabían todos alrededor de la mesa, algunos se sentaron en los sillones de la sala. La esposa del caporal había preparado frijoles, huevos revueltos a la mexicana y se afanaba calentando tortillas de maíz para todos. Para terminar, el abuelo se sirvió un vaso de leche, partió por en medio una pieza de pan ranchero, le untó nata y le esparció encima azúcar, como lo preparaba su mamá cuando era niño, hacía más de sesenta años que no lo había vuelto a hacer.

Terminado el desayuno los niños se fueron al pequeño llano frente a la casa para jugar fútbol, los adultos se sentaron a verlos mientras platicaban sus cosas. El abuelo, inquieto como siempre, se puso en movimiento, no le iban a atar a una silla en ese lugar tan abierto.

Después de unos minutos de caminar solitario escuchó que corriendo se le acercaba su nieta adolescente.

– ¡Abuelito, espérame, yo voy contigo!

Cuando llegó hasta donde estaba le abrazó, luego lo cogió del brazo para caminar juntos.

– Tienes que caminar con mucho cuidado abuelito, no te vayas a tropezar, yo te voy a servir de bastón.

Poco avanzaron así, la mano de ella se deslizó hasta la mano de él y le cogió con fuerza su dedo índice.

– Me acuerdo mucho que cuando tenía como cinco años y me llevabas al parque, me pedías que cogiera fuertemente tu dedo para que no se te cayera.

En el camino las flores llamaron la atención de la pequeña, con su teléfono celular se puso a tomarles fotografías mientras el abuelo, para aprovechar las pausas en el paseo cortó algunas de ellas, luego las trenzó alternando sus colores blanco, amarillo, malva, hasta formar una guirnalda.

– Te quedó muy bonita abuelito, tienes mucha habilidad en tus manos.

– Ven, es para ti.

Ella dejó que se la pusiera sobre sus cabellos oscuros.

– Con el poder que me da la ascendencia de la sangre y la majestad de los años, te corono, mi pequeña princesita, por la gran valentía demostrada en tu lucha contra las injusticias de las brujas y los espíritus malvados; por la pureza que celosa mantienes en tu corazón inocente, para guiar todos tus actos con el amor a Dios, y por tu belleza que despunta como los botones de las flores, la cual dentro de poco habrá de abrirse en todo su esplendor. Esta corona habrá de resguardar para siempre tus buenos sentimientos.

Ella le abrazó fuertemente mientras la emoción el hizo expulsar un par de lágrimas.

– Vamos pequeñita, allá hay una mariposa que está posando para que le tomes una fotografía, y si te queda quieta, hasta se posará en la guirnalda.

Phillip H. Brubeck G.

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