Durmieron juntos…

DURMIERON JUNTOS…

Él jamás sabría qué significaba ese encuentro para María, la solitaria, que cargaba en su alma un sinfín de sentimientos encontrados y confusos: por un lado, una tristeza infinita, ya que acababa de dejar a sus dos hijos en ese país, tan lejano al suyo, y por otro, esa alegría que sienten los padres cuando sus hijos echan a volar…

¿Quién dijo que regalar alas no es doloroso? Pensando en esos últimos dieciocho años, en los que solo se dedicó a vivir para ellos, para que no sintieran la falta del padre, estuvieran bien y sobre todo prepararlos para este momento, en el que les tocara enfrentar la vida, lo hicieran como buenas personas.

Y esto, que le llenaba el alma de una mansa tranquilidad, hacía que esas horas muertas, en el aeropuerto pasasen sin muchos sacrificios, entre un libro, algunos cafés y pensamientos…

Al subir al avión que la llevaría de regreso a su tierra, tomó asiento en el lugar indicado, suponiendo que como siempre, le tocaría un compañero o que se quedaría dormido enseguida, o que no dijera una palabra en las trece horas que duraba el viaje.

Esta vez no fue así. Un hombre algunos años más joven que ella , se acomodó a su lado y desde la primer mirada y el primer saludo, sintió que este viaje sería distinto…

Charlaron amigablemente largo rato, refiriéndose sus vidas casi en detalle y en varias oportunidades, Javier dijo cosas que ella hacía tiempo no oía: Halagos propios de hombres hacia mujeres…

¿Sería porque el año anterior solo se dedicó a trabajar, atender a sus padres y esperar que se hiciera la hora para llamar a sus hijos por teléfono?

¿Sería porque cuando estaba sola cerraba su espíritu a todo y no deseaba salir, ni conocer gente, ni hacer nada nuevo?

¿Sería porque la última vez que intentó tener un romance, fue un verdadero desastre?

Serían tantas cosas…la cuestión era que había llegado a un punto en que se veía vieja, fea y solitaria.

Ahora, este hombre, la traía nuevamente al mundo, le decía cosas bonitas y la miraba con ojos interesados…

Por supuesto que los dos sabían que sería solo eso: las horas que duraba el vuelo, pues vivían en ciudades demasiado lejanas.

María dejó que sus sentidos se abrieran, oyó las palabras y se quedó muy quieta cuando Javier rozaba sus brazos distraídamente mientras dormían.
Él jamás supo ni se imaginó lo que significaron esas horas para ella: volvió a sentirse mujer, bella y fuerte…

Disfrutó de la tibieza del cuerpo masculino inundando su ser, multiplicándose en sensaciones olvidadas, perdidas a lo largo del camino.

Se dejó regalar miradas claras como el agua refrescante en un cálido atardecer en su tierra.

Y aunque al llegar a destino, ni siquiera se despidieron con un cálido beso, ellos dos, esa noche, durmieron juntos.

Antonia Russo.

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