María Santísima

María Santísima

“Iría al parque y se sentaría a respirar el aire fresco”, hoy más que nunca, porque el día está como para escribir un poema; sonreiría de la emoción que produce el cielo aterciopelado que, con brochazos de un lado a otro, dejaba estelas casi imperceptibles de las nubes esparciéndose por todo el firmamento azul; de no ser por el fatídico incidente que le costó su movilidad en las extremidades inferiores aquella mañana cuando un descuido permitió que su robusto cuerpo rodara escaleras abajo hasta dar con la calzada —comentó con un dejo de tristeza la mujer ante la mirada curiosa de quienes la observaban como queriendo juzgarla por lo ocurrido.

Se lamentaba —continuó, María Santísima— por no haberse quedado en casa; pero no, decidió ir a cumplir con su deber (una de sus tantas benditas costumbres que no provocaba envidia entres sus compañeros de labor). —Hizo una pausa casi forzada para secar sus lágrimas, luego agregó—: estaría más viva y habría continuado con su vida normal de dama hacendosa entregada a cuanto hacía. Pero las cosas tenían que pasar de otra manera, no como ella quería.

El detective simplemente tomaba nota en una pequeña libreta del hecho mientras ella observaba una y otra vez hacia el mítico parque construido para homenajear a las víctimas del cambio climático, tratando de no perder la compostura. De alguna manera se sentía culpable por no haber podido llegar a tiempo; pero un imprevisto familiar se lo impidió.

Desde entonces —prosiguió—, antes de dormir, cerraba sus húmedos y enrojecidos ojos, recreaba incontables veces la tenebrosa escena para no sentir aquel intento de homicidio culposo en contra de sí misma, pero al recobrar su conciencia y culminar el sueño que no sabía si era tal, tampoco, porque se confundían entre sí para darle más razones de estar triste, todo era igual o peor; no descansaba bien, las pesadillas eran frecuentes.

Siempre me comentaba —agregó la cuidadora— que soñaba que le faltaba parte de su cuerpo y cuando intentaba recuperarlo moviendo sus manos una y otra vez hasta quedar exhausta, volvía en sí y estaba tirada sobre la alfombra; su rostro mallugado ya no presentaba la hermosura de otros años.

El día parecía anormal con tanta perfección en lo alto y tanta belleza a su lado; resignada, colocó su móvil sobre el mueble y se dirigió a la ventana a observar el paraíso que tenía en frente; a veces era lo único que le quedaba cuando no venía la señora de servicio a atenderla, como hoy, sacarla al sol y hablarle de lo maravillosa que es la vida. Allí recordó que no había tomado el acostumbrado medicamento, alcanzó uno de los frascos, sin saber exactamente cual, y se dispuso a tomar las grageas para mitigar la pérdida de memoria que la desnudaba por completo en un oscuro vacío hasta hacerla perder en su propia casa.

¿De dónde la conocía? —Preguntó el funcionario.

—Por medio de una amiga quien me recomendó para cuidarla.

—¿Familiares?

—Nadie, o, mejor, ninguno, Señor. Tengo cinco años asistiéndola y jamás ha recibido visitas, llamadas, nada. Un día me dijo:

Mi nombre debería ser: Solita y no…—expresó con honda tristeza aquella mañana mientras realizaba su acostumbrado aseo personal —Mi corazón lloró toda la tarde; sentía que se me salía del pecho ante tanta desdicha junta.

Minutos después, sumida en un silencio casi sepulcral, notó que su cuerpo flotaba a la vez que el canto de las aves, las risas de los niños, las conversaciones de los adultos, el ladrido de los perros se diluía en el espacio; permaneció inmóvil mirando hacia aquel infinito que parecía devolverle a la vida a través del fino cristal, pero que se perdía en sus ojos intentado captarlo todo. Sin poder evitarlo, dejó caer lentamente sus pestañas y se abrazó suavemente con el sueño, atravesó la puerta, se dirigió al lugar mágico que la esperaba desde muy temprano y se sentó en su banca preferida a disfrutar del día, sobre todo, de su libertad, cuando fue sorprendida por la presencia de una cálida criatura que tomó su mano y la invitó a caminar.

La mujer abre la puerta con cuidado mientras pronuncia con suavidad un nombre: ¡Arianna!

Un grito de terror retumbó en la casa.

Quiso voltear, pero el infante se lo impidió.

Pronto aquel sitio iba quedando atrás mientras desaparecían del lugar fusionándose con el viento, la luz, pero, sobre todo, la paz.

Tulio Aníbal Rojas.
Venezuela.

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