Galatea

GALATEA

Pigmalión olvidó terminar de esculpir sus pantorrillas y pies, «o, tal vez, no lo olvidó», pensó Galatea. El frío le estaba llegando a los hombros. No podía mover las piernas, estaba ahí, rodeada de figuras blancas, rígidas, de ojos muy abiertos que no la miraban, de hermosas manos que no se alargaban en un saludo de reconocimiento. Ella, al contrario, ya tenía algo de color en sus mejillas y sus cabellos eran castaños; hasta el rizo sobre su cara parecía tener movimiento, pero en ese oscuro lugar, casi pasaba desapercibido.

Galatea no sabía si podría hablar en voz alta, al estar sola, nunca había tenido necesidad de hacerlo más que en sus pensamientos. Probó, y su sonido, al principio ronco y tembloroso se fue haciendo cada vez más fuerte y claro, hasta volverse una canción. «Esta es mi voz», se dijo.

Tenía deseos de ver el mundo, de conocer; no de adornar la puerta de una villa, mirando eternamente a los que entran y salen, escuchando las palabras de admiración para el escultor. Se quedó quieta al percibir sonido de pasos, no quería mostrar que estaba viva, que tenía ideas y deseos; creyó que él no la comprendería.

Galatea no conocía el origen del portento, de su cuerpo de mármol mutado a uno flexible, ni por qué tenía voz y pensamientos. Escuchó a Pigmalión pedirle a los Dioses que ese pedazo de roca contuviera a una mujer viva, una que conservara para sí mismo. Ella no creía ser la respuesta a esas oraciones. Le tenía cariño a Pigmalión, pero no quería ser de alguien; quería, simplemente, ser.

Acaso lo pudiera amar, siempre y cuando él no la considerara su obra, pues ella estaba viva en la cantera mucho tiempo antes de que él empuñara un cincel. Era una hija de las montañas, las que surgieron en el parto de la Tierra, moldeadas por el viento. No era el producto de un taller de escultor. El milagro estaba hecho antes de que él dejara en los altares sus plegarias.

Sin embargo, seguía atrapada en el bloque de mármol, sus pies, apenas insinuados, no lograban tocar el suelo. Esperó, con toda su impaciencia, a que Pigmalión tallara la parte que faltaba, para salir, sin ser vista, cualquier noche, guardándose del rayo de luna, que podría delatarla.

Pigmalión no terminó, se negó a entregarla, diciendo que no había quedado bien y que fabricaría otra. El comprador, sin poder hacer más, aceptó.

Galatea, seguía ahí, de pie, rodeada de figuras concluidas y a medio esculpir. Él la llenaba de flores, de joyas, de pajarillos en jaulas adornadas. Nada de esto necesitaba, nada de esto era para ella. Se cansaba y se entristecía. Pigmalión creía que ella era feliz porque él era feliz de tenerla.

Galatea empezó a perder flexibilidad y color, sus ojos empezaban a dejar de ver alrededor, creyó que se volvería una escultura como las demás: pálida, sin pensamientos, sin alma. No quería llegar a la nada, no quería dejar de ser, pero los incipientes pantorrillas y pies eran duros, fríos e inamovibles.

Pigmalión le trajo otro regalo, le sonrió y le confesó, una vez más, lo feliz que era al tenerla solo para él. Una lágrima escurrió por la mejilla de Galatea; Pigmalión miró al techo, pensando que un hueco habría dejado caer esa gota en su cara perfecta, la limpió y la colocó en un sitio que creyó protegido y se fue. Galatea vio que estaba junto a la mesa de las herramientas. Tomó un cincel y un martillo, se agachó y acabó de esculpirse.

Su cuerpo se desprendió del resto de la roca. Bajó, tocó el piso, sintió los fragmentos de mármol lastimando sus plantas, pero los levantó con cariño, pues eran partes de sí que tuvo que arrancar para desvelarse.

Galatea dejó las herramientas en la mesa, abrió una ventana, acercó a las jaulas a la ventana y soltó a todas las aves. Después se encaminó a la puerta y cruzó por ella. En el pasillo vio a Pigmalión dormido en una silla; se acercó a él, acarició sus cabellos sin despertarlo y salió de la casa.

Marcela Patricia Quiñones González.

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