La Dama y el Majadero.

La Dama y el Majadero.

            Al atardecer, al llegar el Majadero, traído como hojas secas por el viento, fueron ambos al río, a tomar de nuevo su color, la jornada terminaba por haber cruzado sus montañas y caminos a orillas de ese gran lago hasta llegar a ese valle rodeado de cimas entre la tierra y el cielo abundados por los trapiches con el jugo de la caña, los alambiques con el jugo del agave, algunos corrales, molinos y el sonido maraqueado del cascabel de esas serpientes del tipo crótalos. En su llegada le acompañaba el malestar que traía por aquella resaca y someterse a unos años de espera para tener que conocer algún día a una hermosa Dama cachetes de pétalos de rosa blanca y su terso en la mirada de niña intensa, que a la vez cortarían como cuchillos en cada puñalada o como los ojos que matarían anclados a su carácter, que en aquel momento apenas estaba dejando de ser una chiquilla, y este, pues, sin la intención o meta de que algún día tendría que conocerla.

            Callado por la calidez del viento, mientras el cobijo le conseguía un sol a la brasa, el Majadero caminaba entre su nuevo valle de nopal y apreciaba conseguirse en los mismos montes de donde había salido buscando nuevos horizontes. En una taberna, aquella tarde bailaba en su bienvenida con chicas del lugar y tomaba sus tragos de licor como sintiendo su alma vacía en un huerto. En aquel anochecer lúgubre, su mente se engulló de estupores entre la resaca de una noche que se hacía exigua, pues al día siguiente amanecería alistado como guerrero en una guarnición militar, ya que ese era el objetivo de su llegada a este lugar. Recién instalado entre armas y pelotones empezó a moverse hacia otras regiones en la que tenía que regresar algunos días o meses después, pues su valle no le era de estadía permanente y tendría que pasar los primeros años en esta situación para establecerse aquí, tal vez para siempre.

            Su vida a su paso se convirtió en jolgorio entre el oficio y el tiempo libre dedicado a los tragos, al baile, al trasnocho, a conquistar amores aquí, y en las ramificaciones de su periferia, los verdaderos no tomados en cuenta y la mayoría en equivocaciones. También a la garbea hacia los lugares inexplorados o a su lugar de nacimiento, en carruajes, hasta que llegó el momento de tener su propio caballo trasmontando con denuedo sobre los alcores, en la búsqueda de esas tabernas,  gritando mientras lo hacía:

– El orbe hasta el momento es mío.

La vida le interrumpió la emoción: “Aprovecha mientras puedas, pues algún día, esto te hará sentir un aborrecimiento inmenso”.

            En ese ir y venir del Majadero, en lo difícil y agotador de su trabajo, el disfrute de la vida entre tabernas y otros lugares, al pasar de los años empezó a sentir lo ofuscado de sus ojos de pájaro mientras se miraba en su espejo empañado y ver su imagen como la hez en el fondo de un pozo.

– Ya está bueno, me cansé de disfrutar la vida, me siento tedioso y buscaré en la misma algo distinto, otro tipo de abrigo –se reprendió.

            Es allí cuando pasó a la quietud de la vida entre las labores de guerrero y un nuevo comienzo, dejando atrás en su mayoría una gran cantidad de errores. Así transcurrieron  algunos años y sintió que en esa guarnición había pasado parte de su vida y juventud, y que aún le esperaba un “ahora es cuando”. Por lo que se despidió de las armas para siempre. Se adueñó de su valle y de un nuevo ambiente. Empezó a viajar por nuevos horizontes convertido en mercader y haciendo de estas tierras el lugar de su residencia para siempre.

            Una tarde enardecedora de mayo, el Majadero se encontraba en una hacienda al lado de la casa aldeana más grande, con una pared inmensa que parecía una pantalla con jardines de grama, azucenas y una que otras plantas silvestres, cuando de repente se impuso en su frente una hermosa Dama, sin poder evitarse se establecieron algunas palabras presentándose mutuamente y hablaron de sus quehaceres, ella cruzó sus pies, uno atravesado y el otro de punta como si fuese una flecha, cruzó sus brazos, movió sus labios bellos, con su cara de seria hacia arriba y hacia la izquierda por lo que al Majadero le dio una impresión de ser repugnante. Se despidieron y cada quien se fue a su brega. Al final del pasillo el Majadero caminó y pensó:

“¿Dónde antes habré visto a esta Dama tan cenceña?” y recordó: “¡Ah sí, ya lo sé!, ella camina y cruza la carretera siempre con un denuedo increíble y también recuerdo haberla visto en una oficina de atención al público”.

            Con el transcurrir de los días y meses se consiguieron a orillas de los diarios caminos con sus saludos amenos, el Majadero con sus ocurrencias y la Dama habitualmente mal encarada, pero siempre con su perfume de nardo intenso y el del Majadero siempre repugnando en las fosas nasales de la Dama.

            Una noche de febrero, mientras el pueblo celebraba algunas de sus tradiciones, se encontraron por casualidad en un lugar destinado a la venta de dulcería y helados, al momento en que el Majadero iba a pagar lo que había pedido, se le adelantó ella sin darse cuenta, realizando el pago cuando no le correspondía, haciendo alarde de un insinuante desenfado. Antes de salir del sitio hablaron un momento y se compartieron la dirección del buzón de sus correos. A los pocos días empezó entre ambos una comunicación por este medio y así pasaron los meses entre los correos y unos que otros encuentros casuales del día a día, hasta que de repente el Majadero le manifestó:

– Me gusta mucho su amistad, ¿cómo hago para que siempre seas mi amiga?

– Nunca me juegues sucio, así de simple –ella le contestó.

            Ya casi terminando el año, una tarde de navidad, fría y de una nubosidad saturada de resplandores mortecinos, el Majadero venía de regreso de los lados donde comenzaba el pueblo, se encontró con la Dama en una encrucijada donde se miraban las flores, conversaron un poco más de media hora, ella se fue muy rápido con la mochila a la altura de su vientre, él caminó unos metros, se detuvo y volteó a verla, diciéndose:

“Me llena de alegría su presencia, me gusta y me fascina ella”.

La Dama le causó un gran problema, pues desde ese momento empezó a llevársela en sus pensamientos para siempre. Al otro día, cuando el Majadero se disponía a viajar a su tierra natal le hizo llegar a su correo un comunicado:

“Usted me gusta demasiado, me agrada y tenía mucho tiempo sin sentir algo parecido.”

A esto obtuvo como respuesta:

“Usted me vuelve a escribir algo así  y solo obtendrá de mí el más absoluto y oscuro silencio, no le hablo más, así que usted decide.”

            Al regreso del viaje, el Majadero se presentó ante la dueña de sus pensamientos, compartieron algunas ideas, anécdotas, reminiscencias y sueños.

            Días después el Majadero por casualidad de la vida solicitó unos consejos para la ejecución de una tarea de enriquecimiento para la vida,  abordando la experiencia y el quehacer de la hermosa Dama; así empezaron muchas reuniones y encuentros entre ambos, lo que aumentó una amistad incondicional, de apoyo y entendimiento.

            Él incrementó la manera de hacerle llegar misivas de amor, hasta que un día ella le escribió que fuera hasta su presencia, lo sentó y le dijo:

– Al grano, eres muy bueno detrás de una pluma, ¿qué propones?

Yo propongo una relación bonita –respondió muy nervioso.

Lo cual le causó mucha risa a la Dama.

            Una vez que terminó todo esto del encuentro, el Majadero empezó a buscar cualquier excusa para acercársele; ella de manera tenaz azuzaba sus cuchillos para ponerlos de manifiesto y alejarlo de su vida junto a sus sentimientos con su amargura y malas respuestas. El Majadero con sus actitudes se negó a hacerlo pues a pesar de su antipatía, los regaños y las malas respuestas, había descubierto a una niña remilgada, hermosa, consentida y falta de cariño, con una boquita que ponía hacia los lados o hacia arriba cuando estaba amargada, emanando una hermosa sonrisa. Esto le hacía soñar muchas noches y en algunas siestas de la tardes y al comentarle que jamás había soñado así con alguien tantas veces, ella le dejó claro:

– Eso es ansiedad, necio.

            Transcurrieron los días y una tarde el Majadero fue a verla de nuevo, la consiguió sentada, tenía sobre la mesa sus codos doblados, su cara encantada reposaba sobre sus manos grandes y bellas. Después de platicar unos minutos salieron a la carretera a despedirse, el Majadero le dijo:

 – Te amo.

             Esta se quedó parada en medio de la carretera y le dejó de hablar por unos días, él ante lo que sucedía se sintió cobarde y andaba escondido. De repente la Dama le llegó un mediodía y lo saludó:

– ¡Hola Majadero! esto que pasa entre usted y yo, a mí me gusta, has llamado mi atención.

Él con premura y sin remilgos fue tras ella.

            Fueron pasando los días, el Majadero le regalaba rosas y algunos detalles a su Dama. Un sábado por la mañana él partió a hacerle unos mandados y ella le pidió:

– Cuando se desocupe venga  y me da un abrazo, lo necesito.

Él trató de ir y venir muy rápido.

            Una mañana que estaba henchido de paz se le apareció con un ramo de rosas y durante la  merienda,  junto a un buen café, celebraron el aniversario de la profesión que ella ejercía. Así fueron pasando los días y el Majadero se daba cuenta que su Dama estaba muy agotada por las actividades de todos los días.

– No me gusta verte día a día entre  tanta  rutina, te veo cansada, te invito a encontrarnos en la ciudad de la provincia.

– Está bien, póngale usted fecha o se la pongo yo –contestó la Dama.

            Días después el encuentro se dio, en aquel ambiente de tanto silencio, entre un compartir muy ameno ocurrieron los primeros abrazos y besos entre la Dama y el Majadero. Cayendo la noche regresaron a su valle. Al pasar de nuevo los días, de repente la Dama dejó de hablarle al Majadero, este otra vez se ahogó de cobardía y empezó a esconderse para no encontrase con la Dama, una semana después no aguantó y le envió una misiva, en respuesta de ella le pidió fuera a verla.

– Aléjate, has llegado tarde a mi vida, Majadero.

– Jamás lo haré, siempre te estaré esperando –le respondió sentado.

            En cada compartir entre ambos se iban volviendo más confidentes y mejores amigos, se contaban sus secretos e historias vividas, todo esto, cada quien se lo llevaría a la tumba.

            El Majadero, sin darse cuenta y sin poder evitarlo se fue enamorando cada día más de la Dama, se preocupaba de sus insomnios y otros estados de salud del momento, buscaba siempre la forma de llevarle remedios, fármacos o naturales de su huerto botánico y el agua para su tinaja desde el aljibe, mientras más compartía con ella, sus días, sus tardes y parte de las noches se teñían de purpura y lila. Una tarde mientras compartían un buen café la Dama le hizo saber:

– Me agrada mucho su compañía.

– Me pasa lo mismo contigo, siento que no puedo vivir lejos de tu presencia.

Una mañana, muy cerca de una puerta se abrazaron y se besaron intensamente. Él le manifestó:

– Quiero amarte.

 – Bésame muy suave… quiero amarte bebé –le pidió ella.

            Días después el Majadero se fue de viaje por unas semanas a su tierra natal, durante ese tiempo se comunicaron a través de intensas misivas, al regresar lo recibió con mucha alegría y entusiasmo. En ese momento se le ocurrió la idea de invitarla de nuevo a un encuentro en la ciudad de la provincia.  A los días se dio en el mismo lugar donde había ocurrido el primero y en medio de un compartir muy ameno, descubrieron que les unía un lazo inmenso de mucha confianza y apego. Cayendo la tarde regresaron a su extenso valle, con el ruido estridente del viento sobre el carruaje.

            A medida que iban pasando los días, entre la Dama y el Majadero se unieron muchos lazos sin darse cuenta. Así el hombre le propuso reunirse nuevamente en la ciudad de la provincia, en el sitio de siempre, de esta manera les llegó el momento por primera vez de entregarse en brazos del amor y la pasión en medio de un compartir y acompañamiento muy intenso. Ella, al caer la tarde, se dirigió sola a su valle, él se quedó observándola como se veía desde la ventana de un carruaje. Este volvió a su valle el otro día por la tarde.

En unas de las siguientes mañanas mientras ambos compartían, se quedó mirándola fijamente a la cara y le dijo:

– Parece mentira o un sueño esto que está ocurriendo entre nosotros.

– Todo esto lo planificó usted, me fue estudiando poco a poco según mis debilidades –contestó la Dama de forma altanera.

– Usted pareciera no tener corazón –dijo con tristeza el Majadero.

Una tarde, él le escribió en un papel una misiva en la que empezando le expresaba:

“No puedo tener soluciones para todos los problemas de tu vida, ni respuestas a tus dudas y temores, pero sí puedo decirte que puedes contar conmigo para acompañarte a buscarlas juntos.”

A medida que iba leyendo la carta, entendía la cantidad de apoyo, amor y compañía que le regalaba y al final concluía:

“Te quiero de aquí al infinito Mi Dama”.

“Estas letras mías guárdalas en el sobre donde siempre guardas todo lo que yo te escribo y si algún día te sientes sola y triste, entonces lee esto, que hoy te dedico.”

            Empezaba a culminar el mes de noviembre y el Majadero le pidió que la noche del 30 le permitiera compartir con él, en los jardines y el corredor de su casona hasta las primeras horas de la madrugada, para platicar, compartir un regalo y esperar la navidad. Esa madrugada decembrina el Majadero le dijo a la Dama:

– En vista de una relación tan bonita como la que tenemos, que no sé con qué términos describirla, tal vez sea un filin o algo mucho más hermoso. Te propongo escribamos un documento en el que establezcamos algunas normas de nuestra relación, lo firmamos en original y copia para cumplirlo y así mantener la magia y el apego.

            Una vez redactado el documento con su objeto y las normas, fue revisado por la Dama, determinando que le faltaba más argumentos para que todo ello fuese más completo, por eso entre ambos lo concluyeron y lo firmaron para cumplirlo desde: el amor, cariño, besos, abrazos, fidelidad, compañía, apoyo, tiempo, discreción, confidencialidad, confianza, respeto, eternidad, comprensión, paciencia, comunicación, preocupación, lealtad, complicidad, altruismo, compartir, alegría, espiritualidad, cooperación, ternura, unión y atención, para un total de 27 aspectos, en la cual pusieron de manifiesto ser la palabra el único documento notariado para su cumplimiento.

             Unos días después la Dama manifestó hacia el Majadero un gesto de celos, a él le gustó mucho sin haber motivos para que tuviera que hacerlo, solo sintió la complacencia de haber despertado tal sentimiento en ella. A mediados de diciembre, fueron invitados a un concierto de piano, el espectáculo fue muy bueno, a tal punto que ella, al salir de allí rebozaba entusiasmo. Dos días más tarde, por circunstancias de la vida, la Dama hizo un desprecio al Majadero, tanto así que este se pasó de tragos de aguardiente y al final de esa tarde ella le habló de manera humillante, causándole un gran daño que le obligó a pasar la noche entre tragos e insomnio, un momento muy difícil para mantenerse vivo. A la tarde del día siguiente pudieron hablar de nuevo a través de un hermoso compartir dándose apoyo mutuo, abrazos y besos que curaban. Ella le hizo saber que cuando le emitiera una misiva el punto final de la misma significaba:

“Te quiero, te extraño, saludos, bendiciones y los mejores deseos.”

– El mío también significa lo mismo pero multiplicado al infinito –contestó el Majadero.

             Unos días después, la acompañó a la ciudad de la provincia a realizar compras y algunas actividades. Al volver de ese lugar se despidió de ella por motivos de un viaje, llevándosela en lo más profundo de sus pensamientos.

            En la distancia, la manera de comunicarse con ella fue a través de algunas cartas, informó que estaba enfermo, en sus respuestas ella le recomendaba cuidar su salud y acatar las prescripciones médicas. El Majadero le escribió unos versos donde la comparaba con “la luz de la  luna, con el café y las rosas mojadas por el rocío de la mañana, expresándole cuanto le amaba y extrañaba”  y ella le respondió:

“Entre existir siempre la luz de luna, café mañanero, rosas bañadas de rocío, te amo, te extraño, amanece la Dama hoy, con las mejillas ligeramente sonrojadas y los cabellos extendidos, con la certeza de que cada día será mejor”.

            Finalizando el mes de enero, el Majadero regresó un sábado por la mañana y se encontró con su Dama en un lugar gastronómico. Por ser tan temprano todas las sillas y mesas estaban vacías, observó en la cara de su amada mucha tristeza como si de su mirada salieran lágrimas por algunos asuntos que le agobiaban.

– He traído estas cosas para ti, siempre cuenta conmigo, estoy para apoyarte y cuidarte –dijo el Majadero.

– Cuídese, vaya y descanse, hablaremos la próxima semana –fue la respuesta de ella.

            Tres días de la semana siguiente se reunieron para conversar, compartir algunas cosas y apoyarse mutuamente como siempre lo habían hecho. La Dama se sentía enferma y el Majadero la acompañó a un estudio médico en la ciudad de la provincia, donde almorzaron, compartieron e hicieron algunas compras, regresaron cayendo la tarde a su inmenso valle. Días después, por causas de salud, de repente fue intervenida quirúrgicamente, por lo que hubo de mantener reposo y aislamiento, ambos para comunicarse día tras día tuvieron que revisar el buzón de sus correos.

            Un poco antes del cumpleaños del Majadero, la Dama le hizo llegar un obsequio y el día del acontecimiento le hizo muy feliz a través de sus cartas:

“Eres especial, muy especial en mi vida y te quiero”.

La semana siguiente se mal entendieron por unos escritos que se enviaron y se acabó todo entre ellos.

“No podemos ni ser amigos” –escribió la Dama.

“Vuelve a mi vida no puedo vivir sin ti” –escribió tres días después el Majadero.

“Démosle continuidad, aunque no lo creas has tocado mi corazón y me hiciste llorar” –fue la resolución de la Dama.

            Todo esto ocurrió mientras se celebraron unas fiestas en el pueblo. A los pocos días el Majadero viajó a una llanura en las adyacencias del valle. Ella ya había sanado la dolencia por la cual reposaba y se encontraron de nuevo, esta vez con más profundidad y entrega en sus besos, abrazos y el apoyo que se daban de una u otra manera y se sanaban el alma.

 – Muero por hacerte el amor –dijo el Majadero.

– Deja que el momento llegue solo –manifestó la Dama.

             Planificaron un viaje a la ciudad de la provincia para compartir y descansar, pero este no pudieron realizarlo por razones ajenas a la voluntad de ambos.

            Él había descubierto que jamás en su vida había compartido así con alguien con tanta confianza y entrega como le sucedió con su bella Dama. Retomaron sus conversaciones, temas de interés y de entendimiento que parecían olvidados y la vez le dieron identidad a la relación. Enamorado le dijo:

– Cada momento, cada compartir y oportunidad de nuestras vidas quiero que lo vivamos a plenitud.

Sacó de su bolsillo un par de anillos y le dijo:

– Acéptalo vida mía, es el símbolo que identifica tu relación y la mía.

Ambos se los colocaron en sus respectivos dedos y se besaron.

Al pasar unos días conversaron mucho y se dieron cuenta de que se tenían el  uno para el otro.

– ¿Qué va a pasar con nuestras vidas? –preguntó el Majadero.

– En nuestras vidas, según la mitad de las posibilidades, me quedo contigo y con la otra mitad todo esto se puede acabar, es impredecible y según sea lo que pase, siempre quiero que exista entre los dos una gran amistad –contestó la Dama.

Se abrazaron y se besaron con mucha pasión y entrega.

– Quiero hacerte mío bebé; mío y de nadie más –dijo la Dama.

Cuando se despidieron ella le regaló una flor silvestre al Majadero.

– Puedes contar conmigo siempre para lo que sea –le dijo él.

– Apóyame con lo que tengas al alcance de tus manos, aquí siempre voy a estar –añadió la Dama.

 Noches después ella le hizo llegar un escrito poético:

“Te apresuras en  llegar a mi cima

a caminar entre mis caminos,

descubriendo centímetro a centímetro

la capa de mi extensa superficie.

Deseas profundizar en lo que conoces

y sacar de allí

lo valioso que yo proporcione,

probando la miel

que en mi amargura se esconde.”

El Majadero sorprendido por leer algo tan bonito de su pluma, le respondió:

“Gracias, qué hermoso mi bella Dama has escrito tu primer poema”.

Al día siguiente la Dama le envió otra nota:

“Eres un caballero de caminos de piedra conquistados, de valles y montañas inexploradas”.

En la siguiente mañana se encontraron para platicar un buen rato y concluyeron que ambos jamás querían separarse. En la noche la Dama le emitió una nota de dos palabras:

“Te extraño”.

Al hablar de nuevo personalmente el Majadero emocionado le preguntó:

– ¿Y eso que me extrañaste?

– Si te extrañé mucho, porque me dio la gana –contestó ella.

            En los últimos encuentros, el Majadero siempre le llegó a su bella Dama con alguna flor que se robaba en los jardines de las casas del pueblo oculto en el inmenso valle, disfrutaban de un buen café en compañía de alguna merienda, en aquella mesa y sillas ubicadas al final del corredor de su casona, mientras danzaban las ramas de los árboles del patio.

            En los siguientes días se encontraron en varias oportunidades, regalándose casi los días completos en un escondite que estaba más a la vista de todos, allí el sol se anclaba a  merced del caluroso viento, convirtiéndose en aire fresco al entrar por la ventana, ocupados en el sentir, placer, entrega y compartir de sus cuerpos y sus almas. Afuera en el jardín danzaron las mariposas, anduvieron las hormigas y las iguanas, ocultando el silencio que ocurrió adentro. Los días pasaron, ambos no dejaban de encontrase y disfrutar  cada momento vivido.

            Al Majadero, nunca le faltó la mala suerte, de repente se vio envuelto en un mal entendido que afectó a la Dama, quien empezó a molestarse con él. Una noche la preocupación de perderla por esa situación, no lo dejó dormir, por lo que, desvelado y nervioso, a la mañana siguiente se le presentó muy temprano a su casona y le explicó lo ocurrido. Entre tantas decadencias y miserias que les acompañaron a ambos y sumando los estados de salud de la Dama, lograron entenderse  un poco y trataron de sanarse con algunos abrazos fuertes y besos cortos.

Sobre la mesa en la que compartieron un refrigerio mientras conversaban, el Majadero le pidió que le permitiera escribirle unos versos para que los leyera:

 -Si quiere hazlo, si no me da igual –dijo la Dama.

Con la tinta sobre el papel expresó el enamorado caballero:

“Mi Dama, quiero sentir otra vez

juntos tocando el infinito cielo,

besándonos muy dulce y muy lento,

haciéndonos el amor de nuevo.”

Ella también con tinta sobre papel le escribió para que lo leyera solo abriendo unas comillas y cerrándolas de nuevo sin contenido textual alguno, pero de manera verbal le dijo:

– No me presiones, déjame tranquila, deja que las aguas vuelvan a la calma y veremos qué pasa.

Entonces el Majadero apretó sus manos y le suplicó que no lo dejara, pues no sabría vivir sin ella.

– Esté pendiente del buzón del correo, mi Dama –puntualizó cuando se despidieron con el sol cara de candela del mediodía.

             Hasta el momento habían existido y tal vez siguieron existiendo bellos momentos entre ellos, en cada amanecer, en cada noche y en algunos momentos tristes, de felicidad, de compartir, entrega y de apoyarse mutuamente como verdaderos amigos, confidentes y hasta amantes. Aunque sus vidas fueron complejas y con una infinidad de motivos que los separaran, siempre contaban con sus hombros para sostenerse.

 Una noche El Majadero le habló a la Luna:

– Detente y permíteme decirte lo que quiero de mi Dama lisonjera, y si no puedes entonces que me acompañen los relámpagos para iluminar la noche.

– Aquí me tienes detenida, platícame Majadero –contestó la Luna, con un sentimiento de lástima y tristeza. 

Él se sentó en el patio y continuó su diálogo con la musa de la noche:

– Hoy no será una noche cualquiera pues estoy bajo tu luz tenue, como tú sabes, cuando conocí a esa bella Dama en aquella hacienda, solo me faltó recomendarle al momento de despedirnos, que me matara si algún día me volviera a ver, pues jamás pensé que me dejaría dentro de este dédalo sin salida convirtiéndose en el éxtasis de mi vida, es tan bella aunque su corazón se cubra de nácar, sus mejillas sonrojadas, su pelo cuelga extenso más fino que todas las hebras de la luz, quiero palidecerla de amor y felicidad, no puedo vivir sin sus labios húmedos, sin el aroma de su ser que palpita en mi vida entera, con esas pupilas que cambian de color, quiero dormir junto a ese cuerpo helénico que parece arrancado entre las flores de este inmenso valle, la quiero junto a mí, de lo contrario el amor del mundo se volverá agonizante, me enseñó, sin estar preparado, que amar no es otra cosa distinta a ese instante preciso cuando mi corazón quiera estallar por la emoción que su presencia y sus recuerdos me brindan y también cuando de sorpresa me di cuenta del inmenso amor que siento por ella, y tan pequeño a la vez, comparado con la alegría que se desprende de toda su energía que vibra. La quiero junto a mí por el resto de mi vida. Deseo vivir con ella, sin importar, morir por ella.

– Ojalá y la vida, a medida que pase el tiempo, los mantenga unidos hasta verlos algún día caminando viejitos compartiendo sus bastones y sus remedios, pero para que esto suceda la Dama así debe decidirlo y atreverse. No te sientas necio, no te rindas, no pierda la esperanza, pues es lo único que te queda, siempre debes estar esperándola para que juntos puedan grabar con letras de hierro fundidas con sus calores esta historia, y de no ser así, entonces quedará escrita con tiza en las piedras del extenso valle esperando que caiga la lluvia, es mi querencia que sean felices aquí o en cualquier otro lugar a donde los llame el destino, acompañados junto a los latidos de sus corazones y sueñen juntos contando las estrellas, –contestó la Luna.

William García Molina.

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