Un puro querer
“Era solo una perra, no llores así”, le dijo la amiga en la reunión a la que había ido con muy pocas ganas.
“Era solo una perra, está bien que te duela, pero a lo que sigue”, afirmó, con aire de conocedor, un compañero de trabajo al día siguiente.
“A las mascotas no se les llora tanto, no la compares con una persona, era solo una perra”, le dijo una vecina, muy amablemente, al verla con la nariz roja en la tienda.
“Oye, ¿has pensado en ver a un psicólogo? No es normal que te pongas así”, preguntó su jefe, al ver una fotografía de la perra en su escritorio. Sonrió de lado y le dijo: “lo pensaré”. Luego acomodó la fotografía en un lugar más conspicuo, haciendo todo el ruido posible.
Al hacer el informe, sus dedos se arrojaban como dagas sobre las teclas. Jaló la hoja de la impresora y un renglón quedó con las letras alargadas. Así lo entregó. Se lo devolvieron y lo echó al cesto de los papeles. Ya lo haría al día siguiente, si les parecía, si no, pues se tendrían que aguantar.
Algunos compañeros le habían puesto una mano en el hombro: “¡Tan bonita que estaba tu perra!”, pero nada más. Ese día no se paró en el descanso para almorzar. Sacó su desayuno y lo comió en su escritorio, cuando la oficina quedó sola. No quitó la mirada de la fotografía.
Salió del trabajo tarde, se fue caminando. Más de una hora, no estaba tan cerca. Vio un puesto de comida. Se oían los gritos: “¡Tacos!, ¡Tacos!”
Se escondía bajo un puesto de hamburguesas abandonado la primera vez que la vio, cuando trataba de alcanzar el autobús. Cuando regresó seguía ahí. Le aventó un pedazo de torta que le quedó del desayuno.
Al día siguiente, la perra rascaba el portón: tenía las costillas marcadas y el pelo de muñeca vieja. La dejó entrar a la cochera. Le dio algo de comer y le puso agua. Estaba tan desesperada que la comida terminó toda desparramada.
La perrita se la pasó dormida casi dos días completos. Al poco tiempo notó que las costillas ya no sobresalían tanto y que su pelo amarillo y algo duro se encendía con el sol del mediodía.
A diario salían de paseo, la correa nunca se tensaba, iban al paso. La perra no ladraba en la calle, pero si alguien se acercaba de modo sospechoso, se colocaba frente a la mujer, sin agresividad, pero alerta.
Grande, fuerte, cuando salía a pasearla, aunque nunca soltaba la correa, los niños que jugaban en la calle desaparecían. De vez en cuando, al regresar, comían una mandarina. Le compartía un gajo. Ella se quedaba parada, la perra se sentaba enfrente. Cada una comía su parte.
“A ti que la echaste a la calle, gracias por el favor. Si supieras lo que dejaste ir”. Pensó una vez mientras se ponía en cuclillas y hundía sus dedos en su pelo. La perra se quedó dormida con las caricias, respirando con calma. Ella se acomodó junto al hirsuto calor de su pecho.
Las despertó el timbre. Era una tía lejana, que repartía consejos no solicitados. Le dijo que no era bueno querer tanto a una mascota. Ella respondió: “Acepta el amor de donde viene”, y se dio media vuelta para aventar la pelota, que la perrita atrapó dando una voltereta en el aire.
Unos meses después una visita imprudente dejó la reja abierta al entrar. Muy tarde vieron que el tapete de la entrada estaba vacío. La buscaron por varias cuadras alrededor, pero no encontraron nada. La visita se despidió prometiendo que si no la hallaba, ella se comprometía a regalarle una nueva mascota. Se contuvo para no darle un portazo en la cara.
El animal llegó a los tres días, cubierta de cardos y pulgas. No le reclamó nada, le abrió la puerta, la limpió y le preparó su lugar para descansar.
Un día le descubrieron a la perrita una enfermedad. El paseo diario se hizo cada vez más corto. Ella le decía al llegar: “¿Verdad que me vas a durar otros diez años?” La perra entrecerraba los ojos, almendrados y oscuros, y ladeaba la cabeza.
El último día de paseo cayó al pasar la reja y ya no pudo levantarse.
Llovía.
La metió a la casa, la secó. En un momento tuvo que alejarse y la perra intentó seguirla, arrastrándose. Ya no se separó de ella.
La perrita fue apagándose. Se hincó a su lado, hablándole, acariciándola suave, tal vez ya ni la escuchaba. La respiración se fue haciendo pausada y ruidosa, hasta que se extinguió completamente. Su lengua se puso pálida. Le cerró los ojos, ¡esos ojos!
Guardó la vieja blusa que le sirvió para secarle el pelo.
Afuera llovía, adentro también.
La enterraron en el campo, para ser casa y cobijo de otras vidas.
Estos últimos días recordaba, insistentemente, la vez que llegó del trabajo y ella le brincó a los brazos. Sentía un dolor en la garganta como si algo duro estuviera atorado ahí sin poderlo tragar ni escupir.
Era solo una perra, solo un puro querer. En la tarde, cuando llegaba a la casa, sentía un mechón cálido y áspero en su mano vacía.
Marcela Quiñones.
México.



