DONDE HAYA TINIEBLAS, PONGA YO LA LUZ.
Tal parece que el reino de las sombras se va adueñando del mundo, empieza por obnubilar la razón humana sin que las personas se den cuenta de ello.
La niebla del escepticismo se arrastra a ras del suelo, lenta y pesada, envolviendo todo a su paso. Cuando penetra en la razón de una persona le imbuye la duda, empieza por despojarle del sentido objetivo de las cosas, pues todo depende del cristal con que se miren; no tiene seguridad de si el objeto de su pensamiento es falso o verdadero, por lo que termina siendo dueño de su verdad sin importar que sea distinta a la de los demás.
Las tinieblas ofuscan el entendimiento, no permiten discernir entre el bien y el mal, y este se adueña del alma para fortalecer el imperio del pecado en todos los ámbitos de la vida, con el egoísmo, la soberbia, la violencia. La vida en sociedad es un caos. En esa densa oscuridad no se ven indicios de que nuestra vida pueda mejorar, perdemos la esperanza de un futuro mejor. Nos sentimos derrotados.
La tiniebla es una metáfora bíblica del mal, en contraposición a la luz del bien. El mal no deja ver el bien, lo mantiene a uno en el error, en el pecado. En este sentido se denomina a los dominios de Satanás como el reino de las tinieblas.
El octavo verso de la Oración de San Francisco reza: “Que allí donde haya tinieblas, ponga yo la luz”. En medio de esa noche nublada y oscura, al fondo brilla una estrella como el faro del puerto seguro al que debemos dirigir nuestra embarcación, y en medio de la tormenta se escucha la voz serena, firme, clara: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.” Es Jesús quien nos habla, la luz del mundo, nos da claridad en el corazón para conocerlo a Él, pues es “la verdad”, el bien supremo, pero además nos enseña a aplicar en la vida diaria la virtud.
Así, cuando veas que alguien se ha desviado del camino, debes ayudarle a volver a él, ser su guía, con el ejemplo de vida y la palabra. Si ves a tu hermano angustiado por las calamidades que atosigan su espíritu, dale el consuelo amoroso que requiere en ese momento. La pequeñez de las demostraciones de amor que brotan de lo más profundo del alma, nulifica el poderío de todas las armas del mal.
Esto nos lo recuerda constantemente el más pequeño, el humilde San Francisco de Asís. Si hacemos caso de su encomienda, con nuestros actos seremos un instrumento de la paz y del amor de Dios, y haremos este mundo mejor.
Phillip H. Brubeck G.



